El abrigo verde CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Lo que vino después no se pareció en nada a un final. Fue papeleo.

A Bergua lo encontraron donde lo habían dejado, en la butaca, de cara a un fuego apagado, y no opuso nada.

Cerca, junto al hogar frío, había otro hombre, con una parka gris verdosa, que no supo decir su propio nombre cuando se lo preguntaron y al que se llevaron aparte sin que nadie tuviera claro todavía en qué casilla ponerlo, si en la de los que hacían o en la de los que les hicieron.

Elena, que sí sabía quién era, no estaba allí para decirlo, y tampoco habría sabido en cuál.

La grabación, los dos registros y el permiso de actividad de la caja de galletas —el papel gris que ponía fecha a lo que la fundación hacía— no tocaban la muerte de Marta —de eso, ya lo sabía Elena, no iba a responder nunca—.

Tumbaban la leyenda del cuarto de siglo fuera del mapa.

Y caída la leyenda, la cinta de Nuria y la de la butaca, con las carpetas de la despensa detrás, dejaban de ser una historia y se volvían un procedimiento.

Cosas recientes, con fecha, que sí se podían probar.

El jirón de paño que se había bajado en una funda de plástico entró en el sumario con un número de pieza y sirvió para lo único para lo que servía: cotejado con el abrigo que la mujer llevaba puesto al morir y con el clavo de la jamba, acreditó una sola cosa, que era la que tenía: que aquel abrigo se había enganchado en aquel clavo.

Ni cuántas veces, ni cuánto tiempo. Fue el único momento de todo aquello en que a Elena le sirvió de algo haber decidido, en una puerta baja y con un guardia mirando, no avisar a nadie.

Y hubo otra entrega, más pequeña, que a Elena le costó más que ninguna.

Dijo dónde estaba la caja de plátanos —en un almacén municipal de Huesca, con la libreta de hule, la rebeca con su imperdible y las estampas con sus muertos escritos a lápiz— y el juzgado la reclamó.

De aquella caja y del cuerpo salió el mismo nombre.

Así fue como una mujer sin familia, sin fotos y sin un solo papel a su nombre volvió a llamarse Aurora Sanz en un expediente oficial.

La manta de cuadros que había bajado del monte pegada al pecho la entregó con lo demás, sin explicar del todo por qué la tenía, y no sirvió para nada.

Por Marta, no.

Eso Elena lo supo antes que nadie, porque para eso la habían hecho y porque no pensaba mentirse precisamente con esto.

El cuerpo llevaba dieciocho años en la tierra: diría que era Marta —el ADN lo dijo a finales de enero, con la frialdad de un número—, pero no diría quién la bajó por el ramal, ni quién esperaba en el coche, ni cómo murió.

La goma azul no acusaba a nadie. Y lo único que ataba aquella tarde a aquel hombre vivía en un solo sitio del mundo, detrás de los ojos de Elena, y ella, mejor que ningún fiscal, sabía lo que valía un testigo así.

No lo declaró. Pudo haberlo hecho —subirse a una sala, contar el ramal, el coche, Boira , la mano— y no lo hizo, porque conocía el final de esa película: la desmontaban en veinte minutos con su propio libro, y de paso ensuciaban lo único limpio que le quedaba, que era no haber usado de prueba lo que no lo era.

Marta dejó de estar desaparecida. Después de dieciocho años en un limbo en el que no estaba ni viva ni muerta, sin siquiera un día en el calendario al que ir, un juzgado firmó por fin un papel que decía que Marta Vázquez había muerto, y eso, que sonaba a nada, lo cambiaba todo, porque se podía enterrar.

La enterraron en Hecho, en la tierra de los suyos, al lado del padre que la había buscado cuadrícula a cuadrícula hasta que el cuerpo no le dio más.

Fue un entierro de pueblo, corto, de cierzo y paraguas negros.

Carmen estuvo. De negro, recta, con las manos quietas cruzadas sobre el bolso —las mismas que Elena había heredado sin saber de dónde—.

No lloró delante de nadie. Al acabar, mientras la gente se iba, le dijo a Elena una sola cosa, en voz baja, sin mirarla: que ya estaba, que ya podían descansar todos, que para qué remover más.

A Bergua lo procesaron por lo de Ansó, por la fundación, por lo reciente y fechado.

Respondería —o no— de todo menos de Marta.

Su nombre, el que durante un cuarto de siglo no había estado en ningún sitio, salió por fin en los periódicos, en el mismo Heraldo que su padre había doblado por la página exacta, solo que con dieciocho años de retraso y por un costado.

La fotografía llegó a primeros de marzo, en un sobre de ventanilla con el membrete de la comarca y un sello de registro de salida de mediados de febrero.

Llevaba tres semanas en el suelo del portal de la consulta cerrada, entre la publicidad y los recibos.

Elena lo abrió de pie, sin quitarse el abrigo.

Lo había pedido a finales de noviembre, desde la mesa de su cocina, cuando todavía creía que buscaba otra cosa.

Buscaba coches. Quería saber quién había podido subir un turismo hasta la cancela del ramal la tarde del catorce de septiembre de dos mil ocho, y si alguien lo había anotado en algún sitio; así que rellenó el impreso que correspondía, pagó la tasa que correspondía y pidió lo que hubiera en el expediente del control de accesos a la Selva de Oza de aquel verano.

Le contestaron once semanas más tarde, que es lo que tardan estas cosas, con una copia de doce folios y una carta cortés advirtiéndole de que la información se facilitaba sin garantía de integridad.

Los doce folios eran listas de aforo, el contrato de la caseta y tres partes de incidencia.

El tercero era del domingo catorce. A las cinco menos cinco de la tarde, un turismo mal estacionado obstruyendo el paso; se localizó al conductor; se retiró sin más consecuencias.

Y grapada al parte, para acreditarlo, una fotografía.

La fotografía era del coche. Un coche cualquiera con el morro metido donde no debía, la barrera levantada, el poste, el cartel de la cota, media caseta y, detrás, el arranque de la senda. Lo que el que la hizo quería que se viera estaba en el centro y estaba nítido. Lo demás no le importaba.

En el borde derecho, cortada por el encuadre, de espaldas, había una chica.

Se le veía la mitad. Un anorak claro, una coleta, una pierna a medio paso, el brazo izquierdo colgando.

No se le veía la cara y no se le iba a ver nunca.

Elena estuvo mucho rato con el folio a la altura de los ojos, en el portal frío, haciéndose una a una las preguntas que le habría hecho a cualquiera que le llevara aquello a la consulta: si el borde de una fotografía identifica a alguien —no—; si un anorak claro identifica a alguien —no—; si un sitio y una hora, solos, identifican a alguien —tampoco—.

Después subió a casa, sacó del armario la caja de su padre y buscó las de aquel agosto.

La encontró a la tercera: ella, en las mesas del camping, con el mismo anorak, mirando a la cámara con cara de que le fastidiara.

Puso las dos hojas juntas encima de la mesa de la cocina y las tuvo así hasta que se le enfrió el café.

No lo llevó a ningún sitio. No lo fotocopió, no llamó a Otal, no telefoneó al juzgado.

Sabía lo que haría un abogado con aquello, y sabía que tendría razón.

Y aun así había, archivado desde antes de que ella supiera leer un expediente, un parte administrativo con su fecha, su hora y su sitio, y grapada a él una chica de quince años con su anorak a la entrada de Oza la tarde del catorce de septiembre.

Y había, en otro archivo, una declaración firmada por ella y avalada por un psicólogo, que decía que aquella tarde estaba en casa de su abuela.

Los dos papeles no podían ser verdad a la vez.

El del sello decía dónde estuvo, y lo decía sin querer, escrito por alguien a quien ella no le importaba.

La fotografía no decía con quién iba. No decía adónde, ni a qué hora bajó, ni si bajó, ni qué hizo con la mano. La chica del borde camina sola hacia el hayedo porque el encuadre acaba ahí, y lo que hubiera un metro más allá se quedó fuera para siempre.

Aurora Sanz salía así en la única fotografía en la que salió. Una mano en el borde, cortada por el encuadre, atendiendo.

Elena la guardó en la carpeta del caso, que ya no era un caso.

De las tres horas se le asentó una sola cosa, y no la que le habría servido: dónde estuvo. Lo demás se quedó donde estaba: en el único sitio del mundo donde había vivido siempre.

Subió a Las Fuentes un domingo de aquel marzo, porque su madre la llamó y porque el nombre de aquel hombre llevaba tres semanas en los periódicos.

Carmen tenía el Heraldo doblado encima del mueble, por la página exacta, con un vaso de agua puesto encima para que no se abriera. No lo mencionó. Puso la mesa, sirvió, se sentó, comió lo que se come cuando no se tiene hambre, y esperó a que Elena hubiera terminado.

—Ese hombre estuvo aquí —dijo—. En el pasillo. Le cogí el abrigo.

—Sí.

—Le hacía café.

Elena no la ayudó.

Carmen estiró el mantel con el canto de la mano, dos veces, en el mismo sitio.

—Yo no lo traje —dijo—. Lo trajo el médico.

—Ya.

—Vino a ayudarte a ti.

Y ahí estaba la pregunta, entera, sin signos, esperando lo único que su madre quería de aquel domingo: que le dijeran que sí, que vino a ayudarla, que lo que hubo en aquel cuarto con la puerta cerrada fue lo que ella creyó que era.

—No —dijo Elena.

Carmen no preguntó qué fue entonces. Se quedó con las manos en el regazo, muy quieta, mirando el mantel, y aguantó allí sentada el tiempo que hizo falta, que fue bastante.

—Aquella tarde yo no estaba en casa de la abuela, mamá —dijo Elena.

Su madre levantó la cara.

—Tú estabas delante cuando lo firmé —dijo Elena—. Ponía que sí.

—Yo no lo leí.

—Ya lo sé.

No le dijo que no era culpa suya. No le dijo que cualquier madre habría abierto aquella puerta, ni que a ella también la habían escogido, ni ninguna de las cuatro o cinco cosas verdaderas que tenía a mano y que habrían cerrado la tarde.

Se quedó callada, dejando a su madre con lo que había, que era todo lo que iba a tener.

Carmen se levantó, recogió los platos y los fregó de espaldas, sin ruido, dejando bajar cada uno al escurridor con aquel cuidado suyo de no molestar a nadie con el estrépito de la loza. Tardó más de lo que hacía falta. Cuando volvió, traía el trapo en la mano y no se sentó.

En la puerta, mientras Elena buscaba las llaves, le subió el cuello del abrigo con las dos manos y se lo dejó bien puesto.

—Está helando —dijo.

A Julián Espés lo dejaron libre un martes de marzo, trece años y cuatro meses después de entrar.

No lo sacó la caída de Bergua. Lo sacó la rueda.

Entre la documentación que el tribunal de la revisión reclamó al juzgado de origen apareció, cosida al final del atestado y sin foliar, una diligencia de once días antes del reconocimiento: a la testigo le habían enseñado en comisaría un álbum con la fotografía de Espés dentro.

Con eso, y con la composición de la rueda —cinco figurantes, dos fuera de la edad descrita, uno que sacaba una cabeza al resto—, el dictamen de Elena dejó de ser una opinión sobre cómo se contamina un recuerdo y pasó a describir lo que constaba en el propio sumario.

La identificación se cayó, y con ella la condena.

Elena no fue a la vista. Pero el día que Espés salió fue hasta la puerta de la prisión, se quedó al otro lado de la calle y lo vio salir con una bolsa de deporte y la hermana que había envejecido esperándolo.

No se acercó. Lo vio meterse en un coche viejo y arrancar hacia trece años que no le iban a devolver, y sintió una cosa limpia, sin mezcla, que llevaba mucho sin sentir: había servido para algo.

Por el camino de vuelta, conduciendo, le cayó encima lo otro, sin aviso: que el mismo instrumento con el que acababa de sacar a un inocente de la cárcel no había servido, y no iba a servir, para lo suyo.

Espés tenía una sala donde lo que le hicieron se había probado entero.

A ella una fotografía mal encuadrada le había devuelto el sitio, y nada más.

Paró en un área de servicio, sin necesitarlo, y se quedó un rato con las manos en el volante, como su padre, hasta que se le pasó.

El expediente del Colegio no se archivó.

El «particular» que había presentado la queja no dio nunca la cara, y cuando el apellido de quien movía aquellos hilos empezó a aparecer en los autos, la mitad de la denuncia se quedó sin suelo: nadie sostuvo ya que una laguna amnésica de la adolescencia la inhabilitara para dictaminar.

La otra mitad no dependía de quién la hubiera firmado.

Era verdad, y era suya. Había tratado fuera de consulta, sin protocolo, sin historia clínica y sin un consentimiento que aquella mujer no estaba en condiciones de dar, a una persona enferma; y había vuelto a subir cuatro veces sabiendo lo que hacía y para qué le servía.

Lo reconoció por escrito, en un pliego de cinco folios, con esas palabras y sin adornos, y peleó lo demás.

Salió una amonestación con dos votos particulares, uno por blanda y otro por dura, y la resolución se publicó en el boletín con su nombre y sus dos apellidos, que es donde queda.

El despacho de Anadón no volvió a llamarla. No hubo carta ni conversación de ruptura: la lista de peritos que llevaba siete años empezando por ella dejó de empezar por ella, y luego dejó de tenerla.

Volvió a abrir la consulta del paseo Sagasta en abril.

La sala era la misma, los plátanos volvían a tener hoja, el cierzo había aflojado.

Colgó otra vez la placa y no aceptó ninguna pericia nueva: rechazó tres aquel mes, sin dar explicaciones que no le pedían.

Dejó de sentarse en las salas y se quedó con los pacientes.

Volvió a Zaragoza con una caja menos en un trastero y un anillo menos en el meñique, y con una cosa que no había tenido al subir y que no constaba en ningún auto: a su hermana muerta, sabida muerta, enterrada con su nombre.