CAPÍTULO 45
Volvió al valle en mayo, cuando se fue la nieve y el hayedo se llenó de aquel verde nuevo, casi insolente, que dura dos semanas y no se parece a ningún otro verde del año.
Subió sola. Dejó el coche en la campa de la cancela, donde dieciocho años atrás había esperado un coche con el motor en marcha, y donde ahora solo había hierba mojada y un mirlo.
Subió a pie hasta la piedra, hasta donde se acaba el hayedo y empieza la roca, al sitio que ninguna batida encontró y que ahora era un hoyo cerrado y removido, cubriéndose de verde él también.
No quedaba nada que buscar. Marta estaba abajo, en el cementerio de Hecho, con su nombre, sus dos fechas y su padre al lado.
Aquel sitio de arriba ya era solo tierra.
Se sentó en la losa gris, la misma en la que se había sentado Aurora a verla cavar, y se quedó un rato sin pensar en nada, con el sol nuevo en la cara.
Y allí, sin ceremonia, sin decidirlo del todo —igual que la otra vez, cuando tampoco había sabido que decidía—, hizo lo último que le quedaba por hacer en aquel valle.
Cogió la frase que llevaba desde diciembre sin poder con ella —no estaba enfadada contigo— y, por primera vez, no la peritó.
No le buscó las costuras. No se preguntó si era de Marta o si era una piedra que un hombre había dejado puesta donde sabía que haría falta.
La dejó ser verdad. Eligió creerla, sabiendo que no podía probarla, igual que había elegido creer lo otro, lo de la mano, en la nieve.
Y por un momento —un momento de mayo, con el verde nuevo y el sol— pesó menos.
Se permitió que su hermana no estuviera enfadada con ella.
Se permitió, después de dieciocho años, no haber sido culpable de nada que no se pudiera perdonar.
Fue, casi, paz.
Y entonces, justo dentro de la paz, le llegó el escalofrío.
Porque aquella calma tenía una textura que ella conocía mejor que nadie vivo.
Era demasiado completa. Llegaba demasiado limpia, demasiado a tiempo, demasiado a la medida de lo que necesitaba para poder seguir.
Tenía la forma exacta de las cosas en las que su oficio le había enseñado a no creer: la memoria que no falla en nada, el consuelo que encaja perfecto.
Y debajo de la calma —lo oyó un segundo, nítido, y se le heló la nuca— estaba la voz.
La buena. La de la radio, la del cuarto con la puerta cerrada, la que le había dicho a una niña de quince años cruza, deja aquí lo que pesa, es normal no acordarse.
La que llevaba toda la vida siendo su calma sin que ella lo supiera.
Acababa de hacer, ella sola, sentada al sol, lo que aquel hombre les hacía a los demás: quitarse lo insoportable y quedarse a vivir.
Y no supo, no iba a saberlo nunca, si aquello que sentía era suyo o se lo habían puesto.
Si el perdón era de Marta o el último regalo de él.
Se quedó muy quieta en la piedra, con el sol encima y el frío por dentro, sosteniendo las dos cosas a la vez porque ya no había modo de soltar ninguna.
Y al final hizo lo único que se puede hacer con una verdad que no se deja probar ni desmentir, lo que había aprendido en aquel valle y le iba a durar lo que le quedara de vida: la dejó estar.
Se levantó. Bajó por el hayedo nuevo hacia el coche, despacio, con el perdón de su hermana puesto encima como quien se pone un abrigo que a lo mejor es suyo y a lo mejor se lo dieron, y que abriga igual sin que se llegue a saber.