CAPÍTULO 43
No cerró el puerto, pero Aurora no llegó a los coches.
Fue unos metros antes, en el último repecho, donde la pista hace una ese y hay un poyo de piedra que los pastores usaban para cargar.
Aurora se soltó del brazo de Otal con una suavidad que no admitía discusión, se sentó en la piedra de cara al valle blanco y se quedó así, como quien ha llegado adonde iba.
Otal miró a Elena. Elena miró a Aurora. Y lo entendieron los dos a la vez, sin decirlo, que aquello no era una parada para descansar.
Elena se arrodilló delante de ella en la nieve.
La mujer respiraba poco y despacio, y por la cara le fueron pasando, una tras otra, como nubes bajas, las que habían vivido dentro: hubo un momento de la cocina amarilla, un murmullo de la radio y de subirle la manta a doña Sagrario, y se le ablandó la cara de cuidadora; hubo el momento plano, sin nadie, la voz de las dos en punto.
Y al final subió la joven. La de prisa. La que se filtraba desde el fondo del pozo.
Y Marta —lo que de Marta quedara cosido en aquella mujer, que Elena no sabría nunca cuánto era— hizo lo último que iba a hacer en el mundo, y no fue una despedida bonita.
Fue mandona. La voz joven se quejó, con un resto de aquella prisa teatral que lo llenaba todo, de que tenía frío, de que por qué la habían sentado ahí, de que ella quería bajar a dibujar la luz antes de que se fuera, que siempre igual, que nunca la dejaban.
Quiso el sitio para ella. Y a Elena, de rodillas en la nieve, oír a su hermana protestar —vanidosa, mimada, viva— por una luz que llevaba dieciocho años apagada le hizo más daño que cualquier perdón, porque era Marta entera: la que se subía al muro del Paco a hacer equilibrios porque todo en ella tenía público, la que le había tirado el anillo de un gesto de teatro y le había dicho guárdamelo, y como me lo pierdas, te mato.
Esa Marta. No una santa. Una hermana mayor insoportable y deslumbrante a la que ella había querido hasta la rabia.
Elena se sacó del meñique el anillo —plata baja, la vuelta de trenzado, dieciocho años guardándolo, primero sin saberlo y luego sabiéndolo— y lo deslizó en el dedo de Aurora, en aquella mano quieta y fría y ligera que había llevado a Marta dentro hasta el final.
Toda la vida había sido la que guarda, la de la mano que se abre.
La abrió. Por una vez no guardó: dio. Y le cerró los dedos de la mujer encima del anillo, despacio, para que no se cayera en la nieve.
La voz joven se apagaba. Y antes de irse del todo, sin que Elena le preguntara nada —Elena había jurado no volver a preguntarle nada a aquella mujer—, dijo otra vez, muy bajo, la frase con la que llevaba meses sin poder:
—No estaba enfadada contigo.
Y esta vez Elena no apartó la pregunta. La dejó entrar entera, con su filo: que para no estar enfadada tenía que haber pasado algo, y que ella no iba a saber nunca qué, igual que no iba a saber nunca lo otro, que a lo mejor era lo mismo.
Que aquella frase podía ser un perdón de Marta, llegado por el camino imposible de una moribunda con los recuerdos de otra cosidos encima; o podía ser, con la misma exactitud, una piedra más que un hombre de voz buena había dejado puesta donde sabía que un día haría falta, calculada para que Elena se la creyera y pudiera seguir viviendo.
Lo más tierno, otra vez, lo menos fiable.
No se podía probar. No se iba a poder nunca.
No la creyó ni la dejó de creer. La sostuvo, sin más, como se sostiene a un moribundo: sin pedirle papeles. Ya habría tiempo, abajo, en los años, para decidir qué hacía con ella. Allí, en la nieve, solo la sostuvo.
Y entonces, en el último aliento, pasó una cosa que Elena no esperaba.
Por la cara de la mujer, después de Marta, después de doña Sagrario, después de la voz plana, cruzó algo que no era de nadie de fuera.
Pequeño y propio. Un fastidio de mujer mayor a la que le molesta dar trabajo.
Y dijo, con una voz cansada que no se parecía a ninguna de las otras porque era, por fin, la suya:
—Qué lata doy. Con lo que no me gusta molestar.
Aurora Sanz, de un pueblo de Soria o de Teruel que ya no era nada, que se había pasado la vida cuidando moribundos y que se moría disculpándose por dar trabajo, soltó el aire y no cogió más.
Se quedó de cara al valle, con el anillo de Marta en el dedo y las manos por fin quietas del todo, sin nadie dentro que se las moviera.
Y con ella se murió Marta otra vez. Lo poco de Marta que seguía vivo en algún sitio del mundo, en los pliegues de una desconocida, se apagó cuando se apagó la desconocida, y esta vez no había dónde cavar.
Elena se quedó arrodillada delante de las dos muertas que eran una sola mujer, y por segunda vez en muy poco lloró, pero distinto: el primer llanto había sido de horror; este era de huérfana.
Había perdido a su hermana a los quince años y acababa de perderla otra vez a los treinta y tres, y la segunda, contra todo pronóstico, no dolió menos.
Otal se quitó la gorra. Arriba, muy lejos, en algún punto del blanco, un hombre de parka subía hacia una casa con un fuego, y no lo sabía, y no le habría servido de nada saberlo.