CAPÍTULO 42
Bajaron de la casona cuando la nevada aflojó lo justo para ver tres pasos por delante.
A Bergua lo dejaron donde estaba, en la butaca, de cara al fuego; no había adónde llevárselo en un valle cerrado, ni manera de bajar a la vez a un viejo y a una moribunda, y Otal, que había sido guardia cuarenta años, lo resolvió en dos frases: se aseguraba la prueba y se bajaba a por quien tenía que subir.
A Marta la dejaron en el porche, bajo la lona, con sus cuatro piedras, una noche más sola que ya no le quitaba ni le ponía nada.
La mujer del abrigo verde no quería separarse del bulto.
La separó Otal, con cuidado, pasándole un brazo por la espalda, y ella se dejó, porque ya casi no pesaba ni para resistirse.
La pista bajaba en eses bajo la nieve. Otal delante, abriendo, con Aurora colgada del brazo; Elena detrás, con la grabación en el bolsillo del pecho pegada al cuerpo. Llevaban veinte minutos cuando lo vieron.
Estaba en la curva de la cancela, donde la pista se ensancha y esperaban los coches.
De pie. Quieto. La parka gris verdosa oscurecida en los hombros por la nieve, las manos caídas y vacías.
Los esperaba. Era el único sitio por el que se bajaba, y él lo sabía, y se había puesto justo ahí, donde llevaba toda la vida poniéndose el que se pone donde le mandan.
Elena se paró. Otal se paró. Y por primera vez en todo aquello el hombre de la parka no estaba lejos, ni de espaldas, ni cruzando una calle: estaba a diez metros, de cara, y se dejaba ver.
Era más joven de lo que ella había supuesto y más viejo de lo que tenía: cuarenta y pocos llevados como sesenta.
Y tenía —Elena lo vio de un vistazo— las manos quietas.
Las de Aurora. Las de su madre. Las de alguien a quien enseñaron, hace mucho, en un cuarto, a no moverlas.
Nadie tuvo que decirle quién era. Lo había visto ya tres veces sentado enfrente, en una butaca de consulta, en una cocina de Ansó, en el rincón de una borda.
Era otro de los de la casa. El que se había quedado.
Llevaba toda la vida fabricado para una sola cosa, y era esta: que nadie bajara de aquel valle con lo que Elena llevaba en el bolsillo. Estaba en el sitio, a la hora, con el cuerpo entre ella y los coches. No tenía más que no apartarse.
Se apartó.
No lo anunció. Dio dos pasos a un lado y se quedó otra vez quieto, de cara al monte, dejando el paso libre.
Y cuando Otal, con las manos torpes de frío, no acertó a sacar el coche de la nieve apelmazada contra la rueda, el hombre de la parka se acercó —Elena se tensó entera, y no pasó nada—, se agachó y, con dos brazadas de una fuerza que hasta entonces nadie le había visto usar, apartó la nieve para que la rueda mordiera.
Lo hizo sin esperar las gracias, sin levantar la cara, con el gesto mil veces repetido del que cumple órdenes.
Era lo único que sabía hacer con las manos cuando ya no había orden que cumplir: servir.
Le habían quitado todo menos el gesto de obedecer, y obedecía al vacío.
Al incorporarse quedó un segundo cerca de ella, lo justo para que Elena le viera los ojos, que no tenían detrás nada que ella no conociera.
Pensó en preguntarle el nombre. No lo hizo.
Sabía lo que iba a encontrar: la misma contracción mínima que había visto en Aurora el primer día, la de quien busca dentro un dato que le quitaron y da con el sitio vacío.
No iba a hacerle eso. A uno de ellos, ya no.
Habló él. Una sola vez, con una voz plana, sin color, la voz recitada que Elena conocía de las dos en punto, de la cocina de Ansó, la de los que dicen las cosas después de quitarles el peso:
—Bajen antes de que cierre el puerto. Por la mujer. No aguanta arriba.
Por la mujer. La había cuidado a su manera todos aquellos años: vigilándola, frotándole las marcas del rincón, subiendo hasta su puerta para dejarle la huella en el umbral y volverse sin llevársela.
La había guardado como lo guardaban todo.
Y lo último que le quedaba de persona lo gastaba en eso, en decirle a la que venía a hundir a su amo que se diera prisa, por la enferma.
Después se volvió y echó a subir por donde ellos habían bajado, hacia la casona, hacia el fuego y el viejo, metiéndose en la nieve que lo borraba a los pocos pasos.
Iba al único sitio que conocía, de vuelta con el único que le había dado una forma, aunque la forma fuera esa.
Elena lo vio subir hasta que el blanco se lo tragó.