CAPÍTULO 41
La pregunta de Bergua se le quedó dentro un rato largo, calentándose al fuego con él, hasta que Elena hizo lo que hacía en las salas cuando un recuerdo no pasaba la prueba: dejó de mirar el recuerdo y miró alrededor.
Un testimonio que solo vive en una cabeza no vale nada.
De acuerdo. ¿Y lo que no vive en ninguna cabeza?
¿Lo que está escrito, firmado, fechado, archivado en un registro al que él no le había metido la mano cuando ella tenía quince años porque entonces no se le ocurrió que aquella niña fuera a buscar tan lejos?
Se sacó del bolsillo interior dos papeles doblados en cuatro, gastados de llevarlos encima, y los desdobló despacio sobre la rodilla, sin levantarse.
—Nota simple del registro de la propiedad —dijo, con la voz plana del perito, no la de la hermana—.
Esta casa. El paco de Agüerri. Comprada en septiembre de dos mil uno por la Fundación Leteo, «para la salud de la memoria».
Dice quién compró. No dice quién compareció.
Y el registro de fundaciones, que dice quién es Leteo: patrono fundador y director técnico, Adrián Bergua.
Bergua no se movió. Pero algo en la quietud cambió de calidad, como cambia el aire antes de que se note el frío.
—Es público —siguió Elena—. Lo pedí hace tres semanas, en diez minutos, por internet.
No pasa por mi cabeza. No lo recuerdo yo: lo guarda el Estado.
—Levantó los ojos hacia él—. Y el problema es tuyo, no mío.
Porque tú llevas un cuarto de siglo contándole a quien quiera oírlo que estás fuera del mapa, que te retiraste, que no se sabe dónde.
Cuarenta entrevistas, lo has dicho tú hace un rato.
Cuarenta veces sin una fecha. —Sacó la segunda hoja—.
Menos una. Huesca, una emisora pequeña, de madrugada.
«Me marché de Aragón en el noventa y nueve.
» Y en dos mil uno tu fundación compraba esta casa.
Lo dejó respirar. No tenía gran cosa con que seguir: una corazonada vieja y nada que perder, que es justo con lo que se prueba una hipótesis cuando ya no queda otra. Así que la probó. Lo dijo despacio, sin énfasis, casi como una concesión:
—Claro que esto no dice que estuvieras tú.
Leteo compró la casa, y Leteo no eres tú: son unos estatutos, tres patronos y un gestor.
Una fundación compra por poder. Lo firma un apoderado, lo firma un patrono que no ha subido nunca, y el que compra no pisa el pueblo.
Tú estabas fuera. Tú no pisaste esto. —Volvió a doblar el papel—.
La casa la compró un papel, no un hombre.
Tu obra no es tan tuya como te gusta creer; cualquiera pudo levantártela mientras tú estabas fuera del mapa.
Y algo se movió. No por el papel: por la frase.
Tu obra no es tan tuya. La había soltado sin saber si daría en algo —una sola vez, en una sala de vistas, lo había visto no poder resistirse a demostrar delante de todos que aquel método era suyo antes que de nadie—.
Pero dio. No en el crimen, que él cargaba sin que le temblara el pulso; en la obra.
Le habían puesto el cuerpo de Marta a unos metros bajo una lona y no se había agrietado. Le tocaron la autoría y se agrietó.
—La compré yo.
Lo dijo en voz baja, casi sin querer, con la ofensa antigua del hombre a quien le atribuyen su vida a un desconocido. Y, una vez empezado, ya no pudo parar: el duelo le había dejado la vanidad a la intemperie, y la vanidad hablaba sola.
—No fue ningún apoderado, ni ningún patrono, ni ninguna mano a distancia.
La compré yo, en persona, en septiembre del dos mil uno, ante el notario de Jaca, sin poderes ni intermediarios, a la familia que tenía la Reclusa.
Con mi nombre. Adrián Bergua. No me escondí detrás de nadie para comprar mi propia casa.
—La voz se le había puesto dura, de orgullo herido—.
Leteo la levanté yo. El nombre lo elegí yo.
No pienso dejar que me la repartan ahora tres patronos de papel, ni tú, que vienes a quitármela también.
Un cuarto de siglo fuera del mapa, dices.
—Una risa breve, seca, dolida—. Un cuarto de siglo aquí, niña. En el único mapa que importa.
El fuego chasqueó. Nadie dijo nada durante un segundo entero.
Elena esperó a que a él se le asentara la satisfacción. Después se encogió de hombros, muy poco, y miró la sala como quien tasa una casa.
—La casa la compraste tú. De acuerdo. La casa es piedra. —Dejó pasar un segundo—. Lo de dentro lo llevaba gente. —Y no dijo más.
Fue suficiente. Él tardó dos segundos en contestar y no volvió a callarse.
—Gente. —Repitió la palabra como una impertinencia—.
Tres patronos que exigía el notario y que en veinticinco años no han subido ni a comer.
Un gestor de Sabiñánigo que lleva la memoria anual y no ha visto el pasillo del fondo.
Una señora de Pamplona que puso dinero por un hijo suyo.
Ninguno de los tres sabría decirte qué es un ejercicio.
—Ya.
—El de la puerta lo escribí yo. —Se había incorporado un poco en la butaca—.
En el noventa y siete, en una libreta, antes de que existiera esta casa.
Puerta baja, madera vieja, la pregunta, el nombre.
Si el nombre sale, la puerta se abre; si se duda, se cierra y se empieza otra vez.
Está en todos los cuadernos que acabas de manosear en la despensa, y está en todos porque lo escribí una vez y no dejé que nadie lo tocara.
La cadencia también es mía: el metrónomo a cuarenta y cuatro, no a sesenta, porque a sesenta el cuerpo se pone a la defensiva.
Eso lo aprendí yo en catorce años de equivocarme.
Otal, junto a la puerta, no se había movido.
—Y no admití a todo el que subió, que es lo que ninguno de vosotros entiende. Rechacé más de los que admití. —Se le puso una nota de desprecio doméstico—. Las altas las daba yo, y las daba tarde, porque irse a medias es lo peor que le puede pasar a una persona. Eso es lo que le pasó a la de Ansó.
Elena no movió la cara.
—A esa la trabajé poco y mal, y ese fue mi error, no el suyo.
La dejé en el corro con las demás cuando tenía que haberla tenido en el cuarto de trabajo todas las mañanas.
Se me fue medio hecha, sin cerrar, con las dos vidas encima.
—Chasqueó la lengua—. Por eso se pasó veinte años sin dormir. Y por eso al final habló.
—¿Y la de arriba? —dijo Elena.
—La de arriba está terminada. —Lo dijo con una calma absoluta, y era, de todo lo que había dicho en aquella noche, lo único que sonó a amor—.
Dieciséis años. Todas las mañanas de dieciséis años menos los que estuve malo, y los que estuve malo se los recuperé después.
La cocina se la puse yo. Los azulejos amarillos, la radio de las dos, la vieja de la silla, la pastilla de la tensión: eso lo elegí yo, pieza a pieza, porque una persona no se sostiene sobre un vacío, se sostiene sobre una habitación pequeña que le gusta.
Y encima de esa habitación puse a tu hermana.
—Volvió la cara al fuego—. Dieciséis años sin una recaída.
Ni un solo día en que se despertara sin saber quién era.
Enséñame tú, con toda tu ciencia, un tratamiento que haga eso.
—Dieciséis años —repitió Elena.
—Dieciséis. Y aquí no ha entrado nadie más a decidir nada.
Todo lo que hay en esta casa lo diseñé yo y lo apliqué yo, y llevo veinticinco años sosteniéndolo solo, y me parece muy bien que ahora bajéis todos a repartiros la culpa, pero el trabajo era mío.
—Y entonces, ya sin rabia, con un cansancio antiguo, dijo lo último—: No es un crimen tener método. Es lo único que tuve.
Elena se permitió, por fin, mirar a Otal.
El viejo guardia le devolvió la mirada con una cara que ella le conocía de los expedientes viejos: la de quien acaba de oír, con sus dos orejas, a un hombre situarse a sí mismo en un sitio, en una fecha y en un trabajo que llevaba veinticinco años negando.
No hizo falta decirlo. Otal lo había oído.
Otal lo escribiría esa misma noche, con la hora, con la letra de las novedades que llevaba cuarenta años redactando, y aquello ya no iba a estar solo dentro de la cabeza de Elena.
Elena se llevó la mano al bolsillo del pecho, despacio, y apagó la grabadora del teléfono que llevaba en marcha desde antes de entrar en la casa.
No lo hizo a escondidas. Lo hizo delante de él, para que lo viera, porque ya daba igual que lo viera.
La cadena de custodia la sabía de memoria; se la había enseñado una muerta, la de Ansó, que también había dejado su voz guardada para que sirviera cuando ella ya no estuviera para repetirla.
Lo que Nuria había contado desde dentro —qué se hacía en aquella casa, en qué orden, con qué palabras— acababa de encontrar, en aquella butaca, quién lo firmaba.
Bergua miró el teléfono. Miró a Otal. Y por primera vez en toda la noche se le borró de la cara la mansedumbre. No fue miedo: fue la cara del que comprende, demasiado tarde, que no lo han vencido, que se ha vencido él, con su propia boca, por no poder soportar que le dieran su obra a otro.
Elena no había alzado la voz ni lo había tocado.
El recuerdo de la mano seguía sin probar nada, y no iba a probarlo nunca.
Pero había dejado de pelear por la verdad que vivía en su cabeza y se había llevado la otra, la que estaba en un papel del Estado, en la cinta de un teléfono y en la memoria de un guardia civil retirado.
Se guardó el teléfono, se levantó y salió al porche, a la nieve, donde su hermana estaba debajo de una lona con una piedra en cada esquina y una mujer vieja se había quedado dormida sentada al lado.
Se sentó con las dos a esperar a que aflojara.
Dentro, en la sala, el fuego siguió encendido un rato largo sin que nadie lo atendiera.