CAPÍTULO 40
La bajaron envuelta en una lona del refugio.
Lo que quedaba de Marta cabía, sin que doliera menos por eso, en los brazos de Otal, que la llevó él solo todo el descenso, despacio, sin dejar que Elena lo ayudara, como quien carga una cosa que no se reparte.
La dejaron en el porche de la casona, fuera de la nieve pero no del frío, porque dentro no había un sitio decente donde ponerla y porque Elena no fue capaz de meter a su hermana en aquella casa, en esa precisamente, ni muerta.
Quedó allí, a unos metros de la puerta, bajo la lona, con una piedra en cada esquina para que el temporal no la destapara.
Tantos años buscándola, y ahora había que ponerle piedras encima para que el viento la dejara en paz.
La mujer del abrigo verde se sentó al lado, en el suelo del porche, junto a la lona, y no quiso entrar. Se quedó allí, con la nieve cayéndole en los hombros, velando un bulto sin saber del todo a quién velaba, salvo que era suyo. Otal le echó una manta por encima y la dejó estar.
Elena entró. Bergua seguía donde lo había dejado horas antes, en la butaca de orejas, de cara al fuego, con la manta sobre las rodillas, como si en todo el tiempo que ella había pasado cavando él no hubiera hecho otra cosa que esperar a que volviera con lo que había subido a buscar.
No le preguntó si la había encontrado. Lo sabía por la cara.
Otal entró detrás de ella y se quedó de pie junto a la puerta, sin sentarse, con el frío todavía encima, y Bergua le dirigió una mirada cortés, sin alarma ninguna, la del anfitrión que registra una visita más y no le concede importancia.
—Siéntate ya —le dijo a Elena—. No te tienes en pie.
Y Elena se sentó, porque era verdad.
—La has encontrado —dijo él, sin triunfo, con una especie de cansancio—.
Y ahora vas a hacer lo que llevas toda la vida haciendo, lo que te enseñé a hacer: vas a pensar en frío lo que acabas de sentir en caliente.
Quizá esta noche no. Pero lo vas a hacer, y cuando lo hagas vas a llegar exactamente adonde he llegado yo, así que, ya que estás deshecha, te lo ahorro.
Elena no dijo nada. No le quedaba con qué.
—Tienes un cuerpo —siguió Bergua, y lo dijo con suavidad, mirando el fuego, no a ella—.
Bien. Un cuerpo demuestra que una chica de diecisiete años murió en este monte hace mucho.
No dice quién. No dice cómo. No me pone a mí en este valle ni un solo día de mi vida; yo llevo un cuarto de siglo fuera del mapa, lo sabe medio país, lo he contado en cuarenta entrevistas.
Y, desde luego, no te pone a ti de su mano.
Eso, lo de la mano, solo lo dice una cosa en el mundo.
—Volvió por fin la cara hacia ella, despacio—.
Un recuerdo. El tuyo. Y dime tú, que de esto sabes más que cualquiera vivo: ¿cuánto vale ese recuerdo?
Y Elena la supo entera, de golpe, porque era verdad, porque la respuesta era suya antes que de él, porque la había dado cinco días atrás en una sala de vistas, con otra mujer en el sitio en el que ahora estaba ella.
—El lunes —dijo Bergua, leyéndole el pensamiento como se lo había leído siempre— te sentaste delante de un tribunal y desmontaste, pieza a pieza, con tu propio libro en la mano, la certeza de una mujer que llevaba quince años recordando mal.
Lo hiciste brillante, me consta. Pues bien.
—Una pausa, sin crueldad, casi con pena—.
Ponte tú ahora en ese banquillo, con lo que crees haber recordado hoy, y hazte el interrogatorio que le hiciste a ella.
De dónde te viene la certeza. Cuántas veces te la has confirmado tú sola, subida tras subida.
Y encima: un recuerdo aparecido dieciocho años después.
De golpe. En el sitio mismo. Bajo el peor estrés de tu vida.
Justo encima de lo que más miedo te daba encontrar.
En una mujer con una laguna amnésica documentada en su propia historia clínica.
—Bajó la voz, no para amenazar, sino como quien cierra una cuenta—.
No llegas a la tercera pregunta. Lo sabes mejor que el tribunal.
Te has pasado la vida explicándole al mundo, con todo detalle, exactamente por qué a ti no se te puede creer.
El fuego chasqueó. Afuera, al otro lado de la puerta, se oía el viento sobre la lona y nada más.
—Y esto es lo que quiero que entiendas bien, porque es lo único que de verdad importa —dijo, y por primera vez se inclinó un poco hacia ella—.
No es un truco. Ojalá lo fuera; un truco se rompe en cuanto lo ves.
Esto no se rompe, porque no es mentira: es verdad.
La trampa no la monté la semana pasada con una queja al Colegio, ni hoy.
La monté hace dieciocho años, el día que vi a una niña rota con una cabeza prodigiosa y decidí no perderla.
No te dejé crecer por descuido, Elena. Te dejé crecer, estudiar, irte lejos, hacerte la mayor experta de España en cómo se fabrica un recuerdo falso, porque el día que abrieras la boca para contar el tuyo, tu propia boca te llamaría loca.
Tu prestigio. Tu libro. Tu ciencia. No hay defensa contra eso, porque la defensa eres tú.
Eres la testigo perfecta: la que sabe demasiado para que la crean, y recuerda demasiado mal para defenderse.
—Se recostó otra vez, sereno—. Te hice, con mucho cuidado, tu propio peor abogado.
Por eso te dejé llegar hasta aquí. No tenía nada que temer de que llegaras.
Lo de hoy lo tenía previsto desde que tenías quince años.
Y Elena, con el cuerpo de su hermana a unos metros bajo una lona y una piedra en cada esquina, tocó un fondo que no era el de la tarde.
El de la tarde lo había tocado en la nieve, con la goma azul en la mano, y tenía lágrimas.
Este era otro, más frío, seco, el del que ya no siente porque ha terminado de entender.
Había subido al valle a por la verdad. Había cavado la verdad con las manos en suelo helado.
Había pagado por ella con lo poco que le quedaba sin tocar.
Y la tenía: dentro, y a unos metros, bajo una lona.
Y no servía para nada. Y lo peor, lo que la dejaba sin sitio donde apoyarse, no era que él lo dijera.
Era que tenía razón. La verdad no servía, y no servía de verdad, y la había vuelto inútil exactamente la misma mano que la había vuelto experta, porque eran, lo había sabido siempre y ahora lo sentía en los huesos, la misma mano y el mismo día.
Bergua volvió la cara al fuego con la tranquilidad de quien acaba de demostrar un teorema y no espera aplausos porque la demostración se basta sola.
Y la pregunta se le quedó a Elena clavada en el pecho, sin respuesta posible en aquella sala caliente, mientras afuera nevaba sobre una lona con cuatro piedras y una mujer vieja que velaba a una muerta y un viejo se calentaba las manos en su casa, a salvo, como había estado dieciocho años y como pensaba seguir estando: de qué le servía una verdad que solo vivía en la única cabeza del mundo que él había tocado.