CAPÍTULO 39
Apareció despacio, como aparecen las cosas que han esperado mucho: primero una curva pálida que la tierra negra no terminaba de soltar, y que Elena tomó por una piedra hasta que Otal, con dos dedos, apartó el barro de alrededor y dejó a la vista lo que era.
De lo que apareció no hay mucho que contar.
El tiempo, y la tierra, dejan poco, y lo poco que dejan no se cuenta.
Bastó una cosa, pequeña, terrible de tan pequeña: enredada todavía entre lo que había sido un brazo, una goma, de las de entonces, con dos bolas de plástico azul.
La que Marta se ponía para sujetarse el cuaderno de dibujo bajo el brazo.
Lo único de su hermana que el tiempo le devolvía entero era eso.
Y con el sitio —el sitio exacto, la última haya, la primera piedra, el frío, el olor a tierra abierta— le vino lo que la hipnosis y los fármacos y los cuadernos escritos al amanecer no habían podido devolverle nunca.
No vino como un dato. Vino entera, de golpe, con su luz y su frío y su música, con toda la autoridad de lo que de verdad se ha vivido —que era, lo supo hasta deshacerse, justo la autoridad que aquel hombre sabía darle a lo que no se ha vivido—. Y se la llevó de la nieve.
Tenía quince años y llevaba todo aquel verano sabiendo una cosa que un hombre de voz buena le había enseñado, despacio, con paciencia, fuera de casa —en el banco de la plaza, en la cuesta de vuelta, en las horas muertas en que esperaba a su hermana a la puerta del sitio adonde iba—: que Marta estaba enferma.
No de cuerpo. De algo peor, de algo de dentro que no se veía y que la iba a matar si nadie hacía nada, y que Marta no lo sabía, y que no se le podía decir, porque los enfermos así, si se enteran, huyen, y se pierden, y se mueren solos.
En su casa no lo supo nadie. Aquel hombre no tenía todavía nombre ni horario ni permiso de nadie, y no le hizo falta: le bastaba con ser el único adulto del verano que le hablaba de su hermana como si Elena fuera capaz de entenderlo.
El nombre y el permiso vendrían después, en octubre, por otra puerta y con las gracias de su madre.
Que había un sitio donde la podían ayudar.
Que tenía que ser con cuidado, sin que Marta se asustara, como se lleva a alguien a una fiesta sorpresa.
Y que solo Elena podía hacerlo, porque Marta confiaba en Elena, porque Elena era la pequeña, la que guardaba las cosas, la de la mano que se abre.
Que era un acto de amor. El más grande. Salvarle la vida a tu hermana sin que ella lo supiera.
Se lo creyó. Claro que se lo creyó: tenía quince años, quería a Marta más que a nada, y se lo decía la voz más buena del mundo, la que la entendía, la única que parecía saber qué le pasaba a ella también. Se creyó lo que hacía falta creer para poder hacer lo que ya la habían preparado para hacer.
Comieron en las mesas del camping. Hacia las cinco menos diez, Marta cogió el cuaderno, se lo puso bajo el brazo con la goma azul, y dijo ven, acompáñame a la Corona, que sola me aburro, y echó a andar hacia el hayedo, volviéndose una vez, solo una, para comprobar que la pequeña la seguía.
Y la pequeña la siguió. Subieron juntas por el sendero, con la sombra verde cerrándose encima, hasta el claro donde el camino se parte.
Y allí, donde la senda marcada subía a los círculos de piedra, Elena tiró de la mano de su hermana hacia el otro lado, hacia el ramal cómodo, el sin marca, el que baja.
Por aquí, que te enseño una cosa. Lo dijo con la voz de quien prepara una sorpresa bonita.
Y Marta se paró.
Miró el ramal. Miró después la senda buena, la de la Corona, la que llevaba media hora diciendo que quería subir.
Y miró a su hermana, y en la cara se le puso una cosa que la niña de quince años no supo leer y que la mujer de treinta y tres, dieciocho años más tarde, leyó de un tirón, porque llevaba siete años cobrándosela a testigos en las salas: no era extrañeza. Era reconocimiento.
—¿Quién te ha dicho que bajemos por ahí? —dijo.
Y otra vez, más bajo, sin soltarle la mano:
—Elena. ¿Quién te lo ha dicho?
La pequeña no contestó, porque tenía una sorpresa que guardar y quince años para guardarla, y porque le habían explicado que si Marta se enteraba, huiría.
Marta se quedó mirando el camino de abajo un tiempo largo, más largo del que hacía falta para ver que allí no había nada que enseñar.
Después echó a andar ella primero, y esta vez fue su mano la que tiró, no la que se dejaba.
Bajaron por el camino fácil, de la mano, catorce minutos, con el río sonando a la derecha y el viento de papel en las hayas.
Y al final del ramal, en el ensanche, junto a la cancela, esperaba un coche oscuro con el motor en marcha, la calefacción puesta, olor a tapicería caliente y a pino, y dentro un hombre, y en la radio, baja, una canción que Elena no había vuelto a oír sonar desde aquella tarde y que ahora, por fin, oyó entera: Boira .
Una canción lenta, de niebla, que Marta cantaba aquel verano y que a Elena se le había caído de la cabeza junto con todo lo demás.
Y la última cara de Marta —la que el recuerdo le ponía ahora delante y no le iba a quitar ya nunca— miró el coche, y al hombre, y la mano pequeña dentro de la suya. Miró las tres cosas por ese orden y no dijo nada. La mano de Marta apretó la suya una vez. Y subió al coche.
O así se lo daba el recuerdo. Porque aquel apretón era exactamente lo que una niña rota necesitaría creer para poder seguir viviendo, y exactamente lo que un hombre que fabricaba recuerdos le habría puesto dentro, piadoso, sabiendo que lo necesitaría.
Lo más tierno de la tarde era lo que menos podía fiarse.
Esas eran las tres horas. O su principio. El resto —la casa, la ventana alta, la puerta del ejercicio, la voz buena diciéndole que cruzara— ya no le hizo falta verlo. El principio era ella.
Y en el fondo del pozo, de rodillas en la nieve y la tierra negra, con la mano sin guante a un palmo de la goma azul, Elena hizo lo único que no sabía no hacer, lo que la habían construido para hacer y que ahora se le volvía contra ella misma: se peritó.
Cogió aquel recuerdo recién nacido y le aplicó, por costumbre, la única vara que tenía, la suya, la que usaba en las salas para deshacerles a otros sus certezas. Y el recuerdo no pasó la prueba.
No porque fuera falso. Porque no había manera en el mundo de saber que fuera verdadero.
Había aparecido exactamente como aparecen los recuerdos que ella enseñaba a no creer: de golpe, completo, en el sitio mismo, bajo el peor dolor de su vida, justo encima de lo que más miedo le daba encontrar.
Cualquier perito del país lo descartaría, y ella la primera, la más dura.
No probaba nada. Podía ser lo que pasó. Podía ser, con la misma exactitud, lo que un hombre de voz buena le había sembrado dentro a los quince años para que un día, si llegaba hasta aquí, lo encontrara y se lo creyera y se rompiera del todo.
Y no había, no iba a haber nunca, una sola prueba de aquella mano que pasara por fuera de su cabeza.
Ese era el fondo del pozo, y no era el cuerpo. El cuerpo era horror, pero era un horror limpio, de los que se entierran y se lloran. Esto era lo otro: que del gesto no iba a saberlo jamás, apareciera lo que apareciera. Las dos versiones la dejaban en el mismo sitio. Las dos eran ella.
Y allí, con todo en contra, sin una sola certeza a la que agarrarse, Elena eligió.
Eligió creerlo. No porque estuviera probado —ella misma acababa de demostrarse que no lo estaba—, sino porque era el único relato que encajaba con todo lo que sí era cierto, y porque la otra versión, la cómoda, la del estaba en casa de la abuela, la de la culpa limpia y soportable del que no estuvo, no era suya: se la había regalado él.
La había recogido él, en un expediente, el día cinco.
Llevaba dieciocho años viviendo dentro de la coartada que le habían cosido para que no estorbara.
Y creer lo otro era lo primero que hacía desde los quince años que no se lo hubiera dictado aquel hombre.
No creerlo habría sido más fácil. Habría sido, también, seguir obedeciéndole.
Y entonces, por fin, dieciocho años tarde, Elena lloró.
El llanto le venía de mucho más abajo, le subió por el pecho y le rompió la respiración y la dobló sobre la tierra abierta, y lloró sin medida, fea, ruidosamente, como no se había permitido llorar en toda su vida adulta.
Lloró por Marta, por la goma azul, por la cara del último segundo.
Y lloró por la niña de quince años a la que habían usado para llevarla, que también estaba muerta desde aquella tarde, enterrada en ella sin tumba ni nombre.
Lloró por las dos a la vez, porque eran la misma tarde y no había manera de llorar por una sin llorar por la otra.
Otal se había quitado la gorra y estaba de pie al borde del hoyo, mirando la nieve, dándole la única intimidad que aquel sitio permitía. La mujer del abrigo verde lloraba también, en su losa, despacio, sin saber del todo por quién, con la vida de Marta filtrándosele por las grietas por última vez.
La pregunta con la que Elena había subido al valle —qué hice yo aquella tarde— se le contestó allí, a medias, del único modo en que iba a contestársele nunca: no con un esto hice, sino con un esto elijo creer que hice, sabiendo que no podré probarlo.
Y debajo de esa, abriéndose ya, estaba la otra, la última, la que la acompañaría hasta el final del valle y más allá:
si se podía vivir habiéndolo hecho —o habiéndolo creído sin remedio, que para el peso daba igual— sin que nada de fuera dijera nunca cuál de las dos.