CAPÍTULO 38
Subieron a donde se acaba el hayedo y empieza la piedra.
Otal iba delante, leyendo el monte con los pies; Elena detrás, con la pala y el pico del refugio al hombro; y entre los dos, despacio, parándose cada pocos pasos a coger aire que ya no le entraba bien, la mujer del abrigo verde.
No habían tenido que convencerla. Cuando Elena bajó de la casona y subió a buscarla a la borda, Aurora estaba en la puerta, de pie, abrochada hasta el cuello, esperando con la cara vuelta hacia la ladera, sabiendo adónde iban antes de que nadie se lo dijera.
Subía a su propio paso, que era poco, agarrada al brazo de Elena en los repechos, y no era un GPS lo que subía: era una mujer yendo, por su pie, al sitio donde estaba enterrada la dueña de los recuerdos que le habían cosido encima.
El sitio era el que ella había dicho. La última haya, torcida, con media copa arrancada por algún rayo viejo; y después, ya sin árboles, la primera piedra grande, una losa gris medio hundida en la ladera, con la nieve cuajada encima. No más arriba. Donde nadie buscó.
Apartaron la nieve con las manos y con la pala, hasta dejar la tierra negra a la vista, y empezaron a cavar.
El frío no era un decorado: era un tercero que trabajaba en contra.
La primera cuarta de tierra estaba helada en una costra dura que el pico mordía con un ruido de hueso, saltando esquirlas que no eran de hueso.
Debajo, la tierra cedía más, negra, apelmazada, con raíces finas que había que cortar a golpes.
Otal cavaba sin gastar de más, parando a respirar antes de necesitarlo.
Elena cavaba mal, demasiado deprisa, demasiado fuerte, y a los diez minutos tenía la camisa pegada a la espalda bajo la parka y las manos, dentro de los guantes, en carne viva, y le daba igual.
Cada palada que sacaba y echaba a un lado era una palada menos entre ella y lo que había debajo.
La mujer del abrigo verde se sentó en la losa gris, encogida, y se quedó mirando el hoyo crecer.
No dijo nada en mucho rato. Una vez, sin que viniera de nada, con la voz blanda de doña Sagrario, murmuró algo de una manta, de subirle la manta a alguien; otra vez, con la voz joven, la que se filtraba, dijo muy bajito un nombre de perro que Elena conocía, el de los veranos de Hecho, el que solo sabían dos hermanas, y se le quebró la frase a la mitad.
Elena siguió cavando y no levantó la cabeza, porque levantar la cabeza era llorar, y todavía no.
Fue Otal el que paró primero, apoyado en el pico, para respirar y mirar la ladera, y al hacerlo se quedó quieto un punto de más, y Elena, que había aprendido a leer las quietudes de Otal, levantó la vista.
En el borde del claro, donde las últimas hayas se cerraban en sombra gris, estaba el hombre de la parka.
Quieto. De pie. Las manos vacías y caídas.
No se escondía: miraba, como había mirado en el Tubo, en la farmacia, en la iglesia.
Estaba más cerca de lo que había estado nunca, lo bastante cerca para hacer lo que fuera que hubiera subido a hacer, y Elena, sola en el hoyo, con Otal a tres pasos y un viejo y una moribunda por toda compañía, entendió de golpe lo expuesta que estaba, y entendió que él también lo veía.
No hizo nada.
Durante un tiempo que se estiró sin medida, el hombre de la parka se quedó mirándola cavar la tumba de su hermana, y no bajó, y no avisó, y no se fue.
Y le pasó algo por la cara —Elena estaba lejos y nevaba, y aun así lo cobró, porque era su oficio cobrar eso—: algo que no era la quietud del cazador que espera.
Era más lento, más cansado, casi humano.
La cara de un hombre que mira a otro hacer una cosa que a él lo han fabricado para impedir, y no la impide, y no sabe del todo por qué.
Duró lo que dura un copo en cruzar la luz.
Después se volvió, sin prisa, y la sombra de las hayas se lo tragó.
Otal soltó el aire que llevaba aguantando. No dijo nada. Elena tampoco. Pero lo archivó, con la mano todavía en la pala, en la parte de ella que no descansaba: un hombre de Bergua no duda. Ese había dudado. Y no supo qué hacer con el dato, salvo guardarlo hasta que encajara en algún sitio.
Volvió a cavar. La pregunta le subía con cada palada, más nítida cuanto más hondo, y por fin se la dejó hacer entera, porque tapársela ya no servía de nada a un metro de la respuesta: qué iba a encontrar ahí abajo.
A Marta. O lo que le había hecho a Marta.
No sabía cuál de las dos cosas la asustaba más, y sospechaba, con un frío que no era el de la nieve, que eran la misma.
El pico, en la mano de Otal, dio entonces contra una cosa que no sonó a piedra ni a raíz.
Sonó distinto: sordo, blando por dentro de algo duro.
Otal se quedó parado con el pico en alto.
Bajó la mano despacio. Y, sin mirar a Elena, soltó la herramienta y se arrodilló al borde del hoyo, y empezó a apartar la tierra con las manos.