CAPÍTULO 37
Dejó la carpeta donde la había encontrado. Llevarse un papel de aquella casa le pareció, de pronto, una cobardía: una manera de irse con una versión en el bolsillo en lugar de con la verdad en el cuerpo. Salió de la despensa y entró en la sala de las butacas.
Bergua no se volvió. Estaba sentado de cara al fuego, en la butaca de orejas, con una manta de cuadros sobre las rodillas y un vaso de algo caliente entre las manos, y desde atrás era solo un viejo más en una casa de montaña, de los que el invierno deja quietos junto a la lumbre.
Elena lo rodeó y se puso delante, entre él y el fuego, para verle la cara.
Cuatro días atrás, en el pasillo de un tribunal, aquel hombre estaba erguido, dueño de todo.
Ahora tenía la cara de quien ha dejado de dormir: la piel floja, los ojos hundidos en una pena que ya no se molestaba en tapar. La casa entera olía a final.
—Siéntate —dijo—. Has subido andando con este temporal. Estarás deshecha.
Elena no se sentó.
Él la miró un rato, sin prisa, con aquella ternura propietaria que a ella le helaba más que cualquier amenaza, y no se defendió de nada, porque no venía a defenderse.
—Arriba, en la borda, se está apagando —dijo, y no hizo falta que dijera quién—. Lleva dentro a tu hermana, ya lo sabes. Se me van las dos otra vez, juntas, en una semana.
—¿La mandaste tú? —dijo Elena.
—No. —Lo dijo sin darle importancia, que fue lo que se la dio—. A esa no la mandé. Se me fue. Dieciséis años sin bajar de este valle si nadie se lo decía, y un día bajó sola. —Bebió, despacio—. Le aflojé la correa, nada más. Lo demás lo hizo ella. Eso también pasa.
—Lo que lleva dentro no lo saqué de Marta.
—Seguía mirando el fuego—. Marta no me dio nada; para eso era resistente.
Casi todo me lo diste tú. El perro. El muro del Paco.
La mesa con sol y la risa esa que se te escapa.
Me lo contaste tú, a los quince años, en aquel cuarto, con un detalle que no he vuelto a encontrar en nadie.
—Movió el vaso—. No hay mejor material en el mundo que una hermana pequeña que se acuerda con amor.
Por eso le sale tan verdadera. Por eso la gente que la oye hablar de sí misma no duda nunca.
Elena tuvo que apoyar la mano en el respaldo de la butaca de enfrente.
—Tú crees que lo que hago es romper a la gente —siguió él, en el mismo tono—.
No rompo a nadie, Elena. A las personas les crece dentro una cosa que no pueden cargar, y se hunden con ella, y se pasan la vida hundiéndose.
Yo se la quito. No borro: quito lo insoportable y dejo a la persona vivir.
—Le brilló un instante aquella pena vieja, la del pasillo del tribunal, la de la pieza que no salió—.
A casi todos les funciona. A unos pocos, no.
A esos también los quise. No sabes cuánto.
Era un hombre mostrándose, sin vergüenza y sin orgullo, ante alguien de quien hacía mucho que no admitía juicio.
—Te he dejado subir —siguió— porque ibas a cavar de todas formas, y porque hay una cosa que puedo darte yo y que no puede darte nadie más en el mundo.
—Dejó el vaso en la mesita. Por primera vez la miró del todo, y debajo de la voz apareció la otra voz, la buena, la de la radio—.
Tus tres horas. Las tengo. Puedo devolvértelas enteras, ahora, aquí, sin que te rompas la espalda en la nieve, sin que desentierres lo que vas a desenterrar.
En una hora. Limpias. —Una pausa, sin crueldad, casi con lástima—.
Pero no vas a quererlas. Nadie quiere lo que hay en las suyas. Por eso me las traen.
Y Elena lo sintió: el tirón, real, vergonzoso. Acabar ahora. Saberlo sin cavar, sin el frío, sin la piedra. Lo deseó con todo el cuerpo cansado durante un segundo entero, y el segundo le dio asco y le dio paz a la vez.
Y lo rechazó, porque por debajo del cansancio seguía funcionando lo único que de verdad era suyo, lo que él no había podido quitarle porque ni siquiera sabía que estuviera allí: el oficio.
Una verdad que le diera aquel hombre sería una verdad escrita por aquel hombre.
Le devolvería las tres horas como le había metido todo lo demás: con su letra, a su medida, reescritas para que pesaran lo que él decidiera.
Lo que él le diera no sería su memoria. Sería su última reescritura.
—No —dijo Elena—. No quiero que me las cuentes tú. Las voy a cavar.
Bergua la miró un rato largo, y en su cara no hubo rabia ni amenaza. Hubo otra vez la pena, y debajo de la pena algo que a Elena le costó reconocer porque no esperaba encontrarlo nunca en él: lástima.
—Ve, entonces —dijo, y volvió la cara al fuego—. Cava. —Y ya sin mirarla, en voz baja, se permitió lo único que sonó a despedida—: Siempre fuiste la mejor. Hasta para esto.
Elena salió de la casa al frío blanco, hacia donde Otal esperaba de pie junto a los coches, y echó a andar hacia el hayedo.