CAPÍTULO 31
—No lo querrá con azúcar —dijo Bergua, tendiéndole el vaso—. La gente que piensa bien lo toma amargo.
Elena no lo cogió. Se quedó frente a él, en el pasillo casi vacío, con el ruido de la sala apagándose detrás de las puertas, y por un momento ninguno de los dos hizo nada.
Él sostuvo el vaso un segundo más, sin incomodidad, y luego lo dejó en el alféizar de la ventana, con cuidado, como quien aparta una cosa que ya ha cumplido su función de prueba: ofrecí, ve usted qué cordial.
—Está magnífica ahí dentro —dijo, y lo dijo con un orgullo sin doblez, terrible de tan limpio—. La he disfrutado. Hacía mucho que no me cruzaba con alguien que pensara a ese nivel. —Sonrió, breve—. Aunque no debería sorprenderme.
—¿Por qué no debería sorprenderle?
—Porque siempre supe que llegaría lejísimos.
Lo dijo bajando un poco la voz, y ahí, en el registro confidencial, en la cadencia tranquila de quien ha dicho cosas tranquilizadoras toda su vida, la voz cambió.
Se volvió la de la radio que Elena había oído sin querer una madrugada de noviembre y había tenido que apagar con el corazón en la boca sin entender por qué.
Se volvió la voz de debajo de todas las voces, la que llevaba dentro desde antes de tener palabras para nombrarla, la voz buena, la de médico, la del cuarto con la puerta cerrada diciendo es normal no acordarse, cruza, deja aquí lo que pesa.
El cuerpo de Elena la reconoció antes que la cabeza.
Se le quedaron las piernas lejos, el pasillo se ladeó un grado, y supo, con esa certeza física que no se discute, lo que su cabeza llevaba semanas temiendo y posponiendo: que aquella voz había estado dentro de ella toda la vida.
Que de esa voz estaba hecha su calma. Que cuando ella se serenaba en los peores momentos con una frialdad que siempre le había parecido un don raro y propio, lo que hacía era oír, sin saberlo, a aquel hombre.
No se cayó. Apoyó una mano en la pared, despacio, como quien comprueba una textura, y aguantó.
—Usted me trató —dijo. No fue una pregunta.
—Yo ayudé a una niña que se estaba muriendo de pena —respondió él, sin un titubeo, sin bajar la mirada, con una mansedumbre que era mil veces peor que cualquier confesión—.
Una niña de quince años que no dormía, que no comía, que se castigaba por algo que no era culpa suya.
La ayudé a soltar un peso que la habría hundido.
Le enseñé a vivir sin lo que no podía cargar.
—Ladeó la cabeza, observándola con una ternura clínica, satisfecha—.
Y mírela. Mire en lo que se ha convertido esa niña.
La mejor de su promoción. La que escribe los libros que los demás citamos.
La que hoy casi me gana. Yo no le robé nada, Elena.
Le quité una piedra y le di una vida. No todos los días puede uno ver tan bien hecho su mejor trabajo, sentado enfrente, discutiéndole de tú a tú.
Su mejor trabajo. Lo dijo sin jactancia, casi con humildad, como un artesano viejo que reconoce, sin presumir, que una pieza le salió perfecta.
Y le brilló algo en los ojos al decirlo —no triunfo: otra cosa—.
Algo cálido y propietario y, debajo, una pena vieja, como si junto a aquel mejor trabajo cargara también una pérdida que no pensaba nombrar, otra pieza, otra chica, una que no le había salido para enseñarla en una sala de vistas.
Elena entendió entonces lo que la dejó más sola que en toda su vida.
Había subido a aquel pasillo dispuesta a enfrentarse al hombre que la odiaba, al monstruo que la había destruido.
Y no había odio. No había ni rastro. Aquel hombre no la había deshecho por crueldad ni por interés: la había deshecho convencido de que la salvaba, y la había seguido toda la vida, en silencio, orgulloso, como se sigue a un hijo, y la quería.
La quería de verdad, a su manera enferma, como se quiere lo que uno ha hecho con sus manos.
Y eso —descubrió, con las piernas todavía flojas y la espalda contra la pared fría del pasillo— daba muchísimo más miedo que el odio.
Al que te odia puedes vencerlo. Del que te quiere como a una obra suya no te escapas nunca.
—Tiene buena cara —dijo Bergua, suavizando el tono, y dio un paso, y antes de que ella pudiera apartarse alargó la mano y le rozó el dorso de la suya, apoyada en la pared, apenas un instante, con la yema de los dedos, el gesto exacto con que se comprueba que una pintura ya está seca—.
Cuídese estos días. Duerme poco. Se le nota.
—Recogió su carpeta del alféizar—. Ahí dentro vamos a seguir discutiendo, y la voy a tratar como lo que es, una colega de altura.
Pero permítame que, fuera, una vez, le diga lo que no podré decirle ahí: estoy muy orgulloso de usted. Lo he estado siempre.
Volvió a entrar en la sala, erguido, sereno, saludando con la cabeza al ujier.
Elena se quedó sola en el pasillo, junto al vaso de café enfriándose en el alféizar, con la marca de unos dedos secándosele en el dorso de la mano y una pregunta que ya no era ¿es él?
, porque eso lo sabía ya el cuerpo entero.
La pregunta nueva, la que la acompañaría hasta el final, era otra, y no tenía respuesta que la dejara dormir: qué sentía exactamente por ella el hombre que la había fabricado, y por qué eso, su orgullo, su ternura, su estoy orgulloso de usted, le daba más miedo que dieciocho años de cualquier crueldad imaginable.