El abrigo verde CAPÍTULO 30
69%

CAPÍTULO 30

La sala de vistas del Tribunal Superior olía a moqueta vieja y a calefacción, y a Elena, que había declarado como perito decenas de veces, le pareció aquella mañana el sitio más peligroso en el que había estado en su vida, y no por nada que se viera.

Llevaba desde la mañana del domingo sabiendo que una mujer de Ansó había muerto dormida en su cocina la noche misma en que habló con ella. No se lo había contado a nadie. Se sentó, sacó los folios y los alineó con el canto de la mesa.

Julián Espés estaba al fondo, entre su abogado nuevo y una hermana que había envejecido esperándolo.

Trece años. Un hombre de cincuenta que había entrado en prisión con treinta y siete por una agresión que, sostenía la revisión, no había cometido, condenado sobre una identificación en rueda contaminada antes de celebrarse: una cara que la testigo llevaba meses viendo en los periódicos.

Bergua entró a las diez menos cinco.

Lo reconoció antes de saber que era él, porque lo había imaginado tantas veces que la realidad le resultó casi decepcionante: sesenta y muchos, alto, seco, pelo blanco bien cortado, traje gris sin estridencias, la cortesía atenta de los médicos buenos de antes.

Saludó a la sala con una inclinación de cabeza.

Saludó al letrado contrario. Y cuando sus ojos pasaron por Elena no la esquivaron ni la clavaron: se posaron un instante, con una calidez tranquila, de reconocimiento.

Elena declaró primero, y lo hizo bien. Desmontó la identificación pieza a pieza, sin tecnicismos que perdieran al tribunal, con la autoridad de quien ha escrito el libro que los demás citan. Vio asentir al presidente y vio a la hermana de Espés agarrarse a cada frase.

Luego le tocó a Bergua, y no la atacó. Eso fue lo primero que la descolocó.

Un contraperito busca la fisura y levanta la voz culta.

Bergua le dio la razón. Empezó elogiando «el excelente trabajo de la doctora Vázquez, cuyos criterios, dicho sea sin adulación, son referencia en este país».

Y con esos mismos criterios —los de ella, los de su libro, citados por capítulo casi de memoria— empezó a construir, despacio, lo contrario de lo que ella había dicho.

Tomó las nueve señales de contaminación que Elena había enumerado y, una por una, con aquella cadencia de sobremesa, mostró al tribunal por qué aquella identificación no las cumplía, sino que las resistía.

Usó sus propias matizaciones —las prudentes, las honestas, las que ella había puesto en el libro para no exagerar— como cuñas para abrir su dictamen por dentro.

«La propia doctora advierte, y con razón, que no toda identificación tardía es inválida…

». «Como bien señala ella en la página…».

Cada frase empezaba dándole la razón y terminaba volviéndola contra Espés.

Y Elena, escuchándolo, se oyó a sí misma.

Aquella manera de entrar en un razonamiento por la rendija de la honestidad ajena, de no contradecir de frente sino vaciar por dentro con cortesía, era como pensaba ella, como interrogaba un recuerdo, como trabajaba.

Estaba viendo trabajar a su propio método en las manos del hombre que se lo había puesto dentro a los quince años, con la puerta cerrada.

El letrado contrario remató. Con la misma suavidad deslizó que existía «una cuestión deontológica pendiente» sobre la perito de la revisión, y que constaba, por su propia hoja clínica, «una laguna amnésica documentada», por lo que tal vez procediera «valorar con cautela su especial autoridad para dictaminar, precisamente, sobre los límites de la memoria».

Lo dijo sin crueldad, casi con pena. La queja del Colegio no necesitaba resolver nada: había llegado puntual a la sala a hacer su único trabajo, que era que el tribunal mirara a Elena un segundo distinto.

El presidente tomó nota. No dijo nada, pero tomó nota.

Y entonces Bergua, en vez de aprovechar el golpe, intervino conciliador para decir que «la trayectoria de la doctora Vázquez está fuera de toda duda» y que él «no se sumaría jamás a poner en cuestión su valía profesional, que conoce y admira».

La defendió de su propio aliado, con elegancia, delante de todos, y dejó en la sala la sensación de que aquel hombre ecuánime y generoso era el adulto razonable del asunto, y ella la joven brillante pero tocada a la que él, magnánimo, protegía.

Cuando el presidente anunció un receso de veinte minutos, Elena recogió sus papeles con las manos firmes, demasiado firmes, otra vez aquella calma prestada.

Y al levantar la vista para salir al pasillo a respirar, lo vio a él de pie junto a la puerta, esperando, con dos cafés de máquina en las manos, uno tendido hacia ella.