El abrigo verde CAPÍTULO 29
67%

CAPÍTULO 29

Nuria la llamó el sábado por la mañana, y esta vez fue ella la que buscó a Elena.

—Es que… mire, es que ayer me llamó el guardia.

El viejo, el que estuvo aquí antes. —Empezaba por el final, se paraba, volvía a empezar—.

Me dijo lo del lunes. Que usted se sienta el lunes delante de él, en Zaragoza, en un juicio, con jueces y todo.

¿Eso es verdad? Porque si es verdad… Espere.

Es que llevo toda la noche. No he dormido.

—Es verdad.

—Ya. —Un silencio largo—. Pues eso. Que quiero contárselo. Todo. Pero grabado. No me fío de mi cabeza, ni de la suya, con perdón, ni de que mañana me siga atreviendo. Si lo cuento, que no dependa de que yo siga viva para repetirlo. Esta noche me ha parecido una tontería y luego no.

Elena subió esa tarde. Grabó con su permiso y con las dos cosas dichas en voz alta al empezar: la fecha y el nombre de Nuria, y que consentía. Lo hizo como una pericial, porque una grabación así solo vale si nadie puede tumbarla luego.

Nuria habló casi dos horas en la cocina, sin mirar al teléfono apoyado en el azucarero, con las manos alrededor de una taza que no bebió.

No fue una declaración ordenada, sino lo que Elena esperaba: pedazos, vueltas atrás, silencios, cosas dichas tres veces y otras empezadas y no terminadas. Debajo del desorden estaba todo.

Contó cómo entró. Que aquello se presentaba como ayuda: para chicas que no levantaban cabeza, para duelos que no cerraban.

Que empezabas llevando a una conocida que lo estaba pasando mal a unas charlas, a unos ejercicios, a una casa del monte donde un hombre de voz buena te hacía sentir que alguien sabía por fin qué te pasaba y cómo arreglarlo.

Que cuando querías darte cuenta ya no llevabas a las chicas: las entregabas.

Y que para entonces estabas tan dentro que meter a otra era la única forma de no mirar lo que te habían hecho a ti.

—A su hermana la conocí. A Marta. —Levantó los ojos por primera vez—.

Coincidí con ella allí dentro, los últimos meses.

Era de las que no se dejaban. ¿Sabe lo difícil que es no dejarse en ese sitio?

Casi todas acabábamos cruzando la dichosa puerta porque era más fácil que resistir.

Marta no. Marta quería salir. Lo decía. Lo intentaba.

Y eso allí no se podía. —Se le quebró algo—.

Yo ya no sabía… Ella entraba y yo ya no.

No sé decirlo de otra manera. Me daba vergüenza mirarla.

Elena dejó que la cinta corriera.

—El día que lo intentó de verdad… —Nuria bajó tanto la voz que Elena tuvo que acercar el teléfono—. El día que de verdad quiso irse, no estaba sola.

—¿Quién estaba con ella?

—Una niña. Una cría más pequeña. La hermana. —Tragó—. La pequeña estuvo allí, aquel día. Yo la vi. No sé qué pasó, porque a mí me sacaron antes, y no sé si la trajeron o vino. Pero la vi. Estuvo.

En el silencio de aquella cocina, a Elena se le abrió el suelo.

Ella no había estado allí. Estaba en casa de la abuela aquella tarde: eso era lo que sabía, lo que constaba, lo que le había dado toda la vida la culpa limpia y soportable del que no estuvo. Tres horas en blanco, sí, pero en blanco en casa. Esa era la forma de su laguna.

Si había estado allí y no se acordaba, su laguna no tapaba una ausencia. Tapaba una presencia. Y eso no terminaba de encajar, porque a quien solo mira no suele hacerle falta olvidar que miró.

El terror cambió de dirección dentro de ella, físicamente, como gira una corriente. Llevaba semanas preguntándose qué le habían hecho a ella: la pregunta de una víctima, que dolía y se podía cargar. La que se abrió en aquella cocina era otra. Qué hice yo aquella tarde.

Apagó la grabación con dedos que ya no sentía.

Le dijo a Nuria lo que se le dice a quien acaba de entregarte algo que no se puede devolver, y le pidió que cerrara bien y que no le abriera a nadie.

Bajó de Ansó en la noche con dos horas de cinta en el bolsillo y, antes de acostarse, sin saber todavía para qué, volcó el archivo en dos sitios más.

Se enteró el domingo, por Otal, que la llamó con una voz que no le había oído nunca.

—La de Ansó. Nuria. La han encontrado muerta esta mañana.

Monóxido. La estufa de butano, vieja, de las de tiro, en una casa de piedra cerrada a cal y canto contra el frío: había estado haciendo su trabajo toda la noche, sin ruido, mientras el pueblo dormía.

Dieron con ella los del bar, cuando no bajó a por el pan ni cogía el teléfono.

La Guardia Civil hablaba de accidente doméstico, y era una explicación sin una sola grieta: cada invierno se lleva así a dos o tres viejos solos de los pueblos, dormidos, sin enterarse.

Ni una marca encima, ni una puerta forzada, nada que investigar.

Otal, que todavía tenía quien le contara cosas, supo esa misma semana lo que no salió en ningún parte.

En casa de Nuria no apareció un teléfono, ni una cámara, ni una cinta, ni un papel escrito de su mano sobre nada de aquello.

La casa de una mujer carcomida dieciocho años por una culpa amaneció limpia de esa culpa: alguien había tenido tiempo, entre la grabación del sábado y la mañana del domingo, de entrar, llevarse lo que hubiera y dejar la estufa encendida a su espalda.

La firma de siempre: no un crimen, un accidente; no una desaparición, un traslado; no una herida, un descuido.

El coche, en cambio, no lo tocaron. En el maletero apareció una caja de galletas con papeles viejos de la época de la fundación, y entre ellos un permiso de actividad sellado, con una fecha.

Un papel administrativo, gris, de los que nadie mata por ellos.

Elena lo anotó sin saber aún para qué servía; solo sabía, desde esa semana, que las fechas de los papeles, a diferencia de los recuerdos, no se reescriben sin dejar marca.

Lo otro que supo Otal lo explicaba todo. El sábado había estado aparcado media tarde, en la calle de Nuria, un coche con matrícula de Zaragoza. En Ansó, en diciembre, eso se ve y se cuenta.

Nadie había oído lo que Nuria dijo. No hacía falta. No la habían matado por lo que contó: la habían matado por haber tenido tiempo de contarlo.

Las dos horas —la fecha dicha en voz alta, el consentimiento, la voz— seguían enteras en el teléfono de Elena y en dos sitios más, porque había grabado pensando como una perita y no como una hija. Por una vez, algo se les había escapado.

No le sirvió de consuelo. Nuria no era inocente: había entregado chicas, y si en dieciocho años nadie la había tocado era porque callaba.

Dejó de callar el sábado, y lo hizo por Elena, y a Elena la cuenta le salía igual la hiciera por donde la hiciera: ella la había sacado del único sitio donde la dejaban viva. Eso lo iba a cargar.

Otal lo dijo una sola vez, al final de la llamada de aquel domingo, sin adornarlo.

—Yo la llamé el viernes. Le dije lo del lunes.

Elena hizo la cuenta despacio, y era la primera vez que la hacía con otro y no consigo misma.

—Tú le diste una fecha —dijo—. Lo demás lo decidió ella, y lo otro lo decidió otro.

Otal no contestó. Se oía el viento en la línea.

Esa noche no apuntó hipótesis. Guardó la cinta, comprobó las dos copias y se quedó mucho rato sentada en la cocina a oscuras, con el abrigo puesto. El lunes a las nueve y media tenía que estar en el Tribunal Superior.