CAPÍTULO 28
Otal la esperaba en la puerta del refugio de Gabardito con la pelliza echada por encima, y no la invitó a entrar enseguida. La dejó subir los últimos metros por la nieve pisada.
—Han venido a preguntar por mí.
Dentro, la estufa de leña, dos vasos, el orujo que servía sin preguntar.
Elena dejó que se le calentaran las manos y se lo contó casi todo, porque había subido a eso y porque no le quedaba nadie más a quien contárselo: el nombre de Aurora Sanz, la fundación del final de la pista, y el nombre que figuraba al frente, Adrián Bergua, que era además el perito contra el que iba a sentarse el lunes en Zaragoza.
Le contó la consulta, la línea en el expediente, la queja.
No le contó lo de sus propios cuadernos. Eso no se lo contaba a nadie.
Otal escuchó sin interrumpir, dándole vueltas al vaso, y no se sorprendió de Bergua. Se quedó callado un rato largo, mirando la estufa, y al final se hurgó la herida con el dedo, a propósito.
—La orden de bajar el dispositivo en el 2008 no la di yo porque me diera la gana.
Elena esperó.
—Lo he contado siempre como si la hubiera dado yo.
Dieciocho años diciéndome que me rendí pronto, que si aquella cría apareció muerta en algún sitio fue porque yo cerré el grifo.
—Bebió—. Esta semana, dándole vueltas a tus preguntas, he sacado mis copias y me he puesto a leerlas como si no fueran mías.
Y hay una cosa que llevo dieciocho años sin querer mirar.
La orden de reducir vino con una recomendación.
De arriba, sí, pero arriba la había metido alguien de fuera.
Un asesor. Un colaborador que estaba con la familia, con la madre, ayudando, de esos que ponen en los casos con menores.
Decía que prolongar la búsqueda era cruel, que reabría el trauma de la familia, que había que dejar descansar.
Y yo, que tenía a media comandancia encima para cerrar, me agarré a eso.
A que un experto dijera que lo humano era parar.
—La miró—. Nunca supe el nombre del experto.
Lo tramitó otro. Yo solo me quedé la culpa.
A Elena se le quedó el orujo a medio camino.
—Un colaborador. Con la familia. Un psicólogo.
—Algo así. No lo sé. Hace dieciocho años.
—Frunció el ceño, lo pensó un momento y añadió más despacio—: Lo raro es que de aquellos días me acuerdo de unas cosas con un detalle que no es normal, palabra por palabra, y de otras no me acuerdo de nada.
Me acuerdo de la frase exacta de que prolongar era cruel.
La tengo grabada como si me la hubieran dictado. Pero no me acuerdo de quién me la dijo.
Elena conocía esa forma del recuerdo. La había visto en Nuria y en Aurora y la acababa de leer en sus propios cuadernos: lo que se recuerda demasiado bien, palabra por palabra, suele ser lo que a uno le pusieron.
A Otal le habían dejado dentro la frase que justificaba el cierre, bien clara, para que se agarrara a ella, y encima la culpa, que era el mejor cerrojo de todos, porque un hombre que se cree culpable no pregunta quién lo hizo culpable.
Bebe. Se castiga. Y calla dieciocho años.
—Otal. ¿Y si esa frase no la pensaste tú? ¿Y si te la pusieron para que cerraras tranquilo?
Vio en su cara, un segundo, el mismo vértigo que ella había sentido en su cocina con los cuadernos, y vio cómo se cerraba: a los setenta años prefería seguir siendo el culpable que se conocía antes que el manipulado que tendría que volver a abrirlo todo.
—No. —Se levantó a echar leña que no hacía falta—. No me vengas con esas. La di yo. Punto. Bastante tengo con lo que tengo para que ahora me digas que ni eso es mío.
—No te lo digo para quitarte la culpa.
—Pues no sé para qué me lo dices.
—Te lo digo porque a mí me lo hicieron entero. Y reconozco el trabajo.
Otal se quedó de espaldas, con el atizador en la mano, mucho rato.
No dijo que la creía ni dijo que no. Cuando volvió a sentarse había cambiado de tema y le habló de lo concreto: del hombre de la parka, parado dos veces esa semana en la pista, mirando el refugio sin acercarse; de una hoja de servicios pedida en la comandancia por una revisión administrativa que no existía.
Lo contó como un parte. Debajo del parte estaba lo otro: que a él también lo rodeaban, que lo sabía, y que por eso quería que se fuera.
—No vuelvas por aquí antes del juicio —le dijo al despedirla, ya de noche, en el umbral—. Lo que tengas que hacer con ese hombre, hazlo abajo, con togas delante. —Le puso una mano en el hombro, una vez, pesada, torpe—. Y ándate con ojo. No por mí. Por ti.
Elena ya bajaba hacia el coche cuando lo oyó otra vez desde la puerta.
—Hay otra que lo sabe. La de Ansó.
Se paró en la nieve.
—No la asustes.
—Lleva dieciocho años asustada. —Otal miró el valle negro—. Voy a llamarla.
Bajó la pista con los faros abriéndose paso entre los pinos y la sensación, nueva y mala, de que en toda aquella historia no quedaba una sola memoria limpia: en Aurora, en Nuria, en Otal, en Carmen, en ella.
Cuando salió a la carretera general y vio a lo lejos las luces de Jaca, soltó el aire.
Se había acabado el valle. El lunes el frente era otro, público, con luz, con taquígrafa, y por primera vez en dieciocho años iba a tener a Adrián Bergua sentado a tres metros, obligado a hablar.
Tenía muchas ganas de verle la cara.