CAPÍTULO 27
La vecina le había dado, sin que se lo pidiera, lo que Elena necesitaba para seguir: el nombre de la sobrina que se había quedado con todo.
Pilar Bandrés, la hija del hermano de doña Sagrario, que había vendido el piso y se había llevado lo que valía algo.
Vivía en Huesca. Había muerto el año anterior.
Pero tenía un hijo, Javier, que cogió el teléfono a la tercera y, cuando Elena le explicó lo justo —que buscaba a una mujer que había trabajado cuidando a su tía abuela—, tardó en situarse y luego dijo, con la indiferencia tranquila del que no ha pensado en una cosa en dieciséis años porque no había nada que pensar:
—¿La interna? Pues mire, lo gracioso es que creo que todavía tengo una caja de sus cosas. En el trastero. Mi madre la guardó por si volvía a por ella, y no volvió, y ahí se quedó. Yo la heredé con el resto del trastero, ya ve qué herencia. Si la quiere, se la doy. Me hace hasta un favor.
Quedaron el jueves en un garaje comunitario de las afueras de Huesca.
Javier era un hombre de cuarenta y muchos, amable, con prisa, que abrió un trastero lleno de lo que llena los trasteros —una bici, garrafas, un belén— y sacó de un estante alto una caja de cartón de plátanos, blanda por los años, cerrada con una solapa metida en la otra. No pesaba casi nada.
—Tenga. No sé ni qué hay. Trastos. —Dudó un segundo, por educación—. ¿Era familia de usted?
—No —dijo Elena—. No tenía familia.
—Ya. —Javier asintió, sin saber qué hacer con eso, y miró la caja con un poco más de respeto del que le había tenido en dieciséis años—. Pues nada. Que descanse, la mujer, donde esté.
Elena se llevó la caja al coche y no la abrió en el garaje. La abrió luego, en un área de servicio vacía de la salida de Huesca, con el motor en marcha para no helarse, sobre el asiento del copiloto, como quien abre algo que hay que abrir con las dos manos.
Una vida entera cabía allí, y sobraba sitio.
Una rebeca de lana azul marino, doblada con un cuidado que dolía, con un imperdible en el cuello por si saltaba un botón.
Unas zapatillas de andar por casa, de cuadros, gastadas por el mismo lado las dos.
Un devocionario negro, deshojado de tanto pasar las páginas, y dentro, prensadas, un montón de estampas de santos, y por detrás de cada estampa, escritos a lápiz con una letra menuda y derecha —su letra, la de verdad, la que nadie le había tocado—, nombres y fechas.
Don Mariano, 1994. La señora Pepa, 1999.
Doña Sagrario. La de doña Sagrario sin fecha, porque a doña Sagrario no llegó a enterrarla.
Era su lista. Sus muertos. Las personas a las que Aurora Sanz había cuidado hasta el final, una detrás de otra, durante toda una vida de ir de casa en casa, y a las que rezaba por su nombre.
Una mujer que coleccionaba, como otras coleccionan fotos de hijos, las estampas de los viejos que había acompañado al morir.
No había una sola foto de ella. En el fondo de la caja, dos fotos: una de doña Sagrario joven, de novia, y otra de un grupo en una romería, viejos al sol, comiendo, y en el borde, cortada por el encuadre, una mano de mujer que servía vino y un trozo de mandil.
Eso era lo más de Aurora Sanz que existía en el mundo.
Una mano sirviendo. La que hacía las fotos, la que ponía el vino, la que no salía nunca, porque siempre estaba al otro lado, de pie, atendiendo.
Y debajo de todo, una libreta de tapas de hule.
La de las cuentas de la casa, pensó al principio, y casi lo era.
Eran las anotaciones del cuidado de doña Sagrario, día por día, con esa misma letra menuda y derecha.
Lunes: bien. Comió todo. La tensión 14. Pastilla de las dos.
Martes: mala noche, se queja de la cadera.
Aviso al médico. Jueves: hoy buena. La he sacado a la solana, le ha gustado.
Página tras página, años de mañanas, la temperatura de una anciana, lo que comía, si había sol, si se quejaba, si reía.
El amor de una mujer que no sabía escribir cartas de amor, escrito en el único idioma que tenía: la pastilla de las dos, la manta, la solana cuando salía el sol.
Elena pasó las páginas hasta el final, despacio, porque ya sabía lo que iba a encontrar y necesitaba verlo.
Las anotaciones llegaban hasta un martes de marzo de 2010. Martes: bien. Ha preguntado por su hermana, le he dicho que vendrá. Pastilla de las…
Y se cortaba. No al final de la página: a media línea. La frase no terminaba. Después, hojas en blanco hasta el final de la libreta, lisas, sin una sola marca, los años que vinieron y que nadie escribió.
Ahí estaba el segundo exacto. No editado, no cortado con regla, no limpiado por nadie: simplemente interrumpido, a media palabra, el martes en que un coche subió a aquella calle estrecha de Jaca y se llevó a la mujer que estaba escribiendo, y la frase se quedó sin pastilla y sin punto, y la libreta esperó dieciséis años en una caja de plátanos a que alguien la terminara de leer.
Elena cerró la libreta. La guardó, con la rebeca, las zapatillas y los muertos de Aurora, y dejó la caja en el asiento de al lado, abrochada con el cinturón, sin pensar por qué, salvo que era de las que abrochan las cosas que importan.
Le quedaba poco tiempo y mucho que hacer.
La vista de Espés era el lunes, y antes tenía que subir una vez más al valle a cerrar lo único que aún le faltaba, y para eso tenía que ver a Otal.
Pero eso era a partir de mañana. Esa tarde, en el área de servicio, con el motor en marcha y la caja abrochada en el asiento de al lado, Elena solo hizo una cosa más, la que no le servía para el juicio ni para Bergua ni para nada: sacó la libreta, buscó la última línea, y debajo de la frase sin terminar, en el primer hueco en blanco, no escribió nada. Solo apoyó la mano encima un momento.