CAPÍTULO 26
Empezó por donde se empieza a buscar a un muerto: por las esquelas.
A la mañana siguiente, en el despacho, con la persiana medio bajada y el móvil boca abajo —ya no escribía nada que importara cerca de un aparato que se encendía solo—, Elena puso en fila lo poco que tenía de la cocina de azulejos amarillos.
Una mujer mayor que ya no andaba. Pastilla de la tensión a las dos, con el telediario.
Olor a cocido. Una cuidadora interna. Y un nombre que no se inventa: Sagrario.
Esa tarde condujo a Jaca. Fue mirando el retrovisor más de lo necesario, porque ya era una mujer a la que miraban, pero en la autovía vacía de diciembre no la seguía nadie, o nadie que ella supiera ver.
La casa de doña Sagrario había sido un segundo piso en una calle estrecha del casco viejo, encima de una ferretería.
En el rellano, la puerta de enfrente tenía un felpudo gastado y, detrás, una mujer de setenta y tantos que abrió con la cadena puesta y la quitó en cuanto Elena dijo que venía preguntando por la Sagrario, que en paz descanse.
—Ay, la Sagrario —dijo la vecina, y se le suavizó la cara como se suaviza a la gente cuando le preguntan por sus muertos y hace años que nadie lo hace—. Pase, pase, que hace un frío. Cuarenta años de vecinas fuimos. ¿Usted de qué la conocía?
Elena dijo una verdad recortada: que estaba localizando a una persona que había trabajado cuidando ancianos en la zona por aquellos años, y que le constaba que había cuidado a doña Sagrario.
—La Aurora —dijo la vecina, sin dudarlo, y a Elena se le paró algo dentro al oír el nombre dicho así, en voz alta, por alguien que la había conocido viva—.
Aurora Sanz, sí. La que cuidó a la Sagrario los últimos años.
Una santa, oiga. De esas calladas, que no molestan, que están siempre.
Le hacía el cocido, la lavaba, la sacaba a la solana cuando había sol.
La Sagrario sin la Aurora no habría llegado a los noventa, se lo digo yo.
—¿Sabe de dónde era? ¿Tenía familia?
—De fuera. De un pueblo de Soria, creo, o de Teruel, de esos pueblos que ya no son nada.
Familia no le conocí ninguna. Las internas de entonces eran así, mujeres solas que iban de casa en casa cuidando a viejos, y cuando se les moría el viejo se buscaban otro.
No tenían casa propia. La casa era la del viejo que tocara.
—La vecina bajó la voz, ya en confianza—.
La Aurora llevaba años con la Sagrario. Era su casa, en el fondo, aunque no fuera suya.
Yo creo que se querían como madre e hija, las pobres.
—¿Y cuando doña Sagrario murió?
La vecina se quedó pensando, y en su cara pasó algo que no era exactamente sospecha, sino el recuerdo de una cosa que en su día le pareció rara y que llevaba dieciséis años sin tener a quién contar.
—Pues esa es otra. La Aurora desapareció antes.
Unas semanas antes de que la Sagrario se nos fuera.
—Frunció el ceño—. Un día estaba y al otro no.
Vino un coche, dijeron que se la llevaban a otro trabajo, que la Sagrario ya iba para la residencia y no hacía falta interna.
Y la Sagrario, pobre, que ya no regía, no preguntó.
Y los sobrinos menos. Llegaron, metieron a la Sagrario en la residencia donde murió a las tres semanas, vaciaron el piso y vendieron.
De la Aurora no se ocupó nadie. ¿Quién se iba a ocupar?
Si no tenía a nadie. Una mujer sola que cuida a una vieja sola: cuando faltan las dos, no queda ni quien lo note.
Elena le hizo la pregunta despacio, sabiendo ya la respuesta:
—¿Alguien la buscó? ¿Se puso alguna denuncia?
—¿Denuncia de qué, hija? Si no había desaparecido, se había ido a trabajar.
Eso dijeron. ¿Quién va a denunciar que una interna cambia de casa?
—La vecina se encogió de hombros, con una pena vieja—.
Yo alguna vez pensé, mira tú, nunca volvió ni a por sus cosas, ni una postal por Navidad, con lo de bien que se llevaban.
Pero una piensa esas cosas un rato y luego tiene su vida. Me dio pena y se me pasó. Como a todos.
Como a todos. Sin malicia ninguna, en un rellano frío, la vecina acababa de decir el principio entero del Método. No habían tenido que esconder a Aurora Sanz: la habían borrado a plena luz, con un coche y una frase —se la llevan a otro trabajo—, y el mundo había asentido y seguido con su vida.
Marta había desaparecido y un padre se había muerto peinando laderas once otoños. Aurora Sanz había desaparecido y la única que lo había notado, una vecina, había pensado «qué raro» y había puesto la cena.
Por eso la habían elegido para meterle dentro a Marta. Su invisibilidad no era un descuido del que se aprovecharon: era su única cualificación. Necesitaban un cuerpo que nadie reclamara para guardar a una niña que no paraban de reclamar.
—¿Tiene una foto de ella? —preguntó Elena, casi sin voz—. De la Aurora.
—Uy, no sé. De la Sagrario igual. De la Aurora… ¿quién le hacía fotos a la Aurora? —La vecina lo dijo y se oyó decirlo, y por un momento las dos mujeres se quedaron calladas en el rellano, entendiendo lo mismo—. Pobre cría. Ni una foto le hicimos. Estaba siempre, y no la miró nadie.
Elena bajó las escaleras de la casa de doña Sagrario con un nombre entero por fin —Aurora Sanz— y con la certeza de que el nombre no le servía para devolvérselo a nadie, porque no había nadie esperándolo.
Lo había buscado para saber a quién estaba deshaciendo en una iglesia fría.
Ya lo sabía. Estaba deshaciendo a la única persona del mundo a la que nunca, ni entera ni rota, había buscado nadie.
Salvo ella. Salvo Elena, que la buscaba ahora para terminar de gastarla.
Se sentó en el coche, sacó la libreta, y debajo de doña Sagrario escribió el nombre, y lo subrayó una vez, despacio, porque le pareció que era lo mínimo que se le debía a una mujer a la que nadie le había hecho ni una foto: que alguien, una vez, escribiera su nombre con cuidado.