CAPÍTULO 25
La segunda llamada fue mucho peor que la primera, porque casi no fue una llamada.
Begoña le pasó el teléfono con la cara descompuesta, y al otro lado solo había una respiración y, muy de vez en cuando, una palabra suelta que tardaba en llegar, como si la mujer tuviera que ir a buscar cada una a un sitio distinto y lejano.
Iglesia. La de… San. Hoy. Antes de que. Sola.
Y un nombre de calle, a medias. La línea se cortó sin despedida.
Elena supo dos cosas a la vez, sentada con el teléfono muerto en la mano.
La primera, dónde. San Pablo, la iglesia del barrio donde la mujer ya había estado una vez, semanas atrás, dejándose ver.
La segunda, la que pesaba: que volver a sentarse al lado de aquella mujer y tirar de ella iba a terminar de hacer lo que la primera vez solo empezó.
Lo había visto en Delicias. Sabía, sin margen de duda, que cada cosa que le sacara se la sacaría de la carne, no del archivo, y que ya casi no le quedaba carne.
Fue igualmente. Cogió el abrigo y fue, y en el trayecto no se permitió llamarlo de otra manera que lo que era: ir a gastar lo que quedaba de una persona para acercarse a otra que ya estaba muerta.
La iglesia de San Pablo a las seis de la tarde de diciembre estaba casi vacía, fría, con dos o tres ancianas repartidas por los bancos delanteros rezando lo suyo y un olor a cera y a piedra húmeda que a Elena le recordó, sin querer, a una borda.
La mujer estaba en el último banco, en la penumbra, con el abrigo verde abrochado y la cabeza baja, y de lejos parecía una vieja más rezando.
De cerca no rezaba. Temblaba, muy quieta, con las manos en el regazo, y cuando Elena se sentó a su lado no se volvió.
—Ha venido —dijo, y la voz le salió de muy abajo—. No sé para qué le he dicho que venga. Ya no me acuerdo de qué quería darle.
—No tenemos que hacer nada —dijo Elena, y era mentira, y las dos lo sabían a su manera.
Empezó igual que en la estación, por las ventanas, por lo de fuera.
No le hizo falta mucho. La mujer estaba tan abierta ya, tan sin tapas, que la memoria salía casi sola, sin que Elena tuviera que tirar; le bastaba sostenerle el borde.
Y eso, que parecía un alivio, era lo peor de todo, porque significaba que dentro ya no había paredes que protegieran nada.
Salió la continuación de las tres horas.
Después del coche, una casa. Una casa grande, de piedra, con cipreses, al final de una pista.
Una habitación con una sola ventana muy alta.
Y un ejercicio. El ejercicio de la puerta, dijo la mujer, con la voz de quien repite un nombre que le enseñaron.
Una puerta pintada en una pared, o una puerta de verdad, no estaba claro, y una voz de hombre, la misma de antes, la buena, la de médico, diciéndole que cruzara, que al otro lado no había nada que doliera, que dejara aquí lo que pesaba antes de pasar.
Cruzar la puerta y dejar al otro lado. Una y otra vez. Hasta que pesara menos.
Elena lo anotaba sin escribir, con el frío subiéndole por dentro, y empujó un poco más, porque la casa estaba cerca de algo y lo sabía.
—¿Quién cruzaba la puerta? —preguntó, bajito, en la penumbra de la iglesia.
Y ahí, en vez de mezclarse como en la estación, la mujer hizo algo que Elena no había previsto y que la dejó sin aire: por la grieta que Elena acababa de abrir, en lugar de salir más de la casa, salió la mujer. La de verdad. La de debajo.
—Hay una cocina —dijo, y la cara se le ablandó de golpe, dieciséis años más joven—.
Con azulejos amarillos. Y la radio puesta, la de las noticias de las dos, y un olor a cocido.
Y doña Sagrario en la silla, que ya no anda, y me llama, hija, hija, súbeme la manta, y yo le subo la manta y le doy la pastilla de la tensión a las dos, con el telediario, todos los días.
—Sonrió. Sonrió de verdad, por primera vez desde que Elena la conocía—.
Yo cuidaba a doña Sagrario. Eso es mío. Doña Sagrario era mía. Yo era de las que cuidan.
A Elena se le quedó el lápiz quieto. Doña Sagrario.
Un nombre. Real. Suyo, no implantado, salido de la única zona de aquella mujer donde todavía vivía alguien que no era ni Marta ni una pieza de Elena, sino una tercera, una mujer que había pasado su vida subiendo mantas y dando pastillas a las dos, invisible, buena, de las que cuidan a las viejas que no tienen a nadie, hasta que un día desapareció y nadie subió la manta a preguntar por ella.
Y Elena, que tenía delante por fin a la persona entera, la real, la que cuidaba, hizo lo que había ido a hacer. Volvió a la puerta.
—Doña Sagrario está bien —mintió, suave, como mentía él—. Quédese tranquila con eso. Ahora dígame la casa otra vez. La habitación de la ventana alta. ¿Qué dejaba al otro lado de la puerta?
Vio el momento exacto en que lo hizo. Vio a doña Sagrario apagarse en la cara de la mujer como se apaga una bombilla, vio la cocina de azulejos amarillos cerrarse otra vez, vio cómo, para entrar otra vez en la casa de piedra, la mujer tenía que soltar lo único cálido que le quedaba, y lo soltó, porque Elena se lo pidió.
La sonrisa ya no estaba. Volvió la voz plana.
—Una niña —dijo, mirando al altar—. Al otro lado de la puerta se quedaba una niña.
Elena dejó de respirar.
Pero la mujer no siguió. No podía. Se había vaciado hasta el fondo del fondo, y lo que vino después no fue más memoria: fue el final.
Se volvió hacia Elena por primera vez, y la miró con unos ojos en los que ya no había nadie buscando, ni resistiendo, ni contando los días.
Los ojos de alguien que ha dejado de pelear porque ha perdido hasta el sitio desde donde se pelea.
—¿Usted me conoce? —preguntó, con una cortesía espantosa, de desconocida en una sala de espera—. Perdone. Me parece que la conozco y no sé de qué. Estoy un poco cansada hoy.
No quedaba suelo. La última vez había bajado sola, había llamado, había resistido. Esta vez no se acordaba de que estaba resistiendo. Elena la había ayudado a olvidar incluso eso.
Una de las ancianas de delante se levantó, hizo la genuflexión, y al fondo, en la puerta de la iglesia, contra la luz gris de la calle, había aparecido la silueta de un hombre grande con una parka, que no entró, que esperó.
La mujer del abrigo verde lo vio, y no se asustó.
Se levantó despacio, se alisó el abrigo con las dos manos —el mismo gesto manso de doña Sagrario subiéndose la manta—, y echó a andar por el pasillo central hacia la silueta de la puerta, sin que nadie la obligara, sin mirar atrás, como quien vuelve a casa porque ya no tiene otro sitio del que irse.
Elena se quedó en el banco. No la siguió.
Tenía la casa, la habitación, la puerta, la niña que se quedaba al otro lado.
Tenía un nombre, doña Sagrario, que mañana la llevaría a saber por fin quién era la mujer a la que acababa de terminar de borrar.
Lo tenía todo, y se quedó sentada en la iglesia fría con la pregunta nueva clavándosele despacio, la única que importaba ya y la que no tenía permiso de hacerse: quién era la mujer que vivía debajo de su hermana, y qué estaba haciendo ella con esa mujer.