CAPÍTULO 24
El viernes por la mañana la consulta estaba como siempre, y esa fue la primera cosa que no encajó.
Elena lo notó de pie en la puerta, con las llaves en la mano, antes de saber qué notaba. Begoña aún no había llegado. La sala de espera, las revistas en su sitio, las dos butacas, la mesa del despacho despejada: el orden estaba demasiado completo.
Tardó en localizarlo. El ordenador.
Lo había dejado apagado el domingo, con el mismo gesto de siempre, lo último antes de coger el abrigo.
Ahora la pantalla estaba negra y el piloto latía en naranja: encendido en algún momento entre el domingo por la tarde y aquella mañana, y vuelto a dormir.
Lo tocó y le pidió la contraseña, como debía.
Quien hubiera entrado había salido cerrándolo todo, con la cortesía del que no quiere que se note y a la vez quiere que se note: la pantalla negra decía aquí no ha pasado nada y el piloto naranja decía sí ha pasado.
Begoña llegó a las nueve, se quitó el abrigo, puso la cafetera, y a la pregunta de Elena —si había venido alguien esos días, desde que ella se fue— contestó con una naturalidad que lo volvía todo peor.
—El de la alarma —dijo—. El técnico. Vino a la revisión, la del contrato, la anual. Estuvo un rato, miró la centralita, firmó el parte y se fue. Majísimo. —Removió el azúcar—. ¿Por?
—¿Qué revisión anual?
—La del mantenimiento. —Begoña dudó, por primera vez—. La que toca. ¿No tocaba?
No tocaba. Elena había discutido ella misma el presupuesto y lo había dejado en el básico, sin mantenimiento.
No se lo dijo con esas palabras, porque en la cara de Begoña estaba empezando una culpa que no le correspondía, y porque decirlo en voz alta —dejaste entrar a alguien— era justo lo que se buscaba aquella mañana en aquella consulta: que las dos desconfiaran la una de la otra.
—Nada —dijo—. Cosas del seguro. No te preocupes.
Se encerró en el despacho. Sacó del cajón con llave la carpeta de la mujer del abrigo verde —la llave la llevaba encima— y comprobó lo único que le importaba: sus notas de las dos sesiones, escritas a mano aquellas dos noches.
Estaba todo, en orden. Las cuatro trampas del primer día, el nombre del perro elidido, las tres hipótesis, la tercera sin formular.
Lo leyó dos veces antes de encontrarlo, porque estaba escondido en el sitio donde se esconde lo que se quiere que acabes encontrando tú solo: al final de la primera sesión, debajo de su última anotación, una línea más en tinta azul, con una letra pequeña y pareja, inclinada, apretada. Cuatro palabras.
Es normal no acordarse.
Elena se quedó muy quieta. No la había escrito ella; lo sabía con la parte de la cabeza que sabe las cosas de verdad.
No usaba esa tinta ni escribía frases de consuelo en un expediente técnico.
Y al mismo tiempo la otra parte, la que llevaba dieciocho años sin poder fiarse de sí misma, miró aquella letra menuda y pareja —la letra dictada de los cuadernos del 2008, su propia letra de entonces— y no pudo jurarlo.
Cualquier perito grafólogo diría que la había escrito ella, y tendría razón, porque en cierto modo la había escrito ella: la Elena de quince años a la que entrenaron a copiar esa frase exacta cuarenta veces seguidas.
No se habían llevado nada. Habían dejado algo: en su propia mano, la orden que le copiaron de niña.
No decía para ni aléjate . Decía es normal no acordarse, y dejaba que ella sola decidiera si aquello significaba que un desconocido había forzado su carpeta o que se estaba volviendo loca y escribía cosas que olvidaba haber escrito.
Las dos lecturas servían. Querían ver si la frase todavía funcionaba, si bastaba con susurrársela al oído para que la niña obediente cerrara la carpeta y se apartara.
Se sentó. Sacó el móvil y fotografió la página, la línea, la tinta, con la misma frialdad con que había fotografiado las dos fechas en la pantalla.
Hubiera escrito ella aquella línea o no, el mensaje era el mismo, y significaba que había acertado.
No se molestan en susurrarle al oído a quien no se está acercando.
Guardó la carpeta y se la llevó del cajón.
Al salir a mediodía, cruzando hacia el parking por la acera del paseo, lo vio: al otro lado de la calle, junto al escaparate de una farmacia, un hombre grande, de cincuenta y tantos, con una parka gris verdosa de monte y unas botas que no eran de ciudad.
Miraba el escaparate con esa quietud sin gasto que Elena había descrito una noche en una nota y que Otal había dejado de beber al oír.
Pasó un tranvía entre los dos. Cuando dejó de pasar, en el sitio del hombre no había nadie.
Elena cruzó hasta el coche con la carpeta apretada contra el costado, y solo cuando echó el seguro se permitió notar que tenía las manos firmes, demasiado firmes, de una calma aprendida hacía mucho, en un cuarto, con la puerta cerrada, de un hombre de voz amable.
Anadón la llamó el lunes, y por el tono supo que no era por Espés.
—¿Hay algo que tengas que contarme? —Anadón era de los que envolvían, y no envolvió—.
Acabo de comer con el letrado de la otra parte.
Y al café, de pasada, me suelta que confía en que el tribunal valore con cuidado la solvencia de la perito de la revisión.
Que hay una queja contra ti en el Colegio.
Deontológica. Y que da por hecho que yo ya lo sabía.
—Una pausa—. Yo no lo sabía, Elena. Y el de enfrente disfrutó cosa mala de que no lo supiera.
Habían avisado a su abogado antes que a ella, y el orden no era casual.
—No sé de qué queja me hablas —dijo, y era verdad.
—Pues llegará. Estas cosas llegan. —Anadón bajó la voz—. Ven al despacho. Hoy.
La notificación le llegó por burofax esa misma tarde, cuando ya estaba sentada a la mesa de reuniones bajo los tomos de jurisprudencia que nadie abría: la apertura de un expediente informativo a raíz de una queja presentada por «un particular» que prefería reservar su identidad.
No la acusaba de nada falso; esa era su elegancia, la misma que la de la línea en la carpeta.
Decía que la colegiada Elena Vázquez actuaba como perito en un procedimiento que la tocaba personalmente, por guardar relación con la desaparición de su propia hermana en circunstancias nunca esclarecidas; que había sido vista «en actitud obsesiva» recorriendo el valle de Hecho y abordando a vecinos; que mantenía «encuentros no protocolizados» con una persona vulnerable a la que trataba fuera de consulta; y que su propia historia clínica —una laguna amnésica documentada de la adolescencia— comprometía su idoneidad para dictaminar, precisamente, sobre la fiabilidad de la memoria.
Pedía, con la prudencia de quien sabe que no hace falta pedir más, que el Colegio «velara por el buen nombre de la profesión».
Cada frase era verdad. Reunidas dibujaban a una mujer a la que ningún tribunal del mundo debería escuchar hablar de memoria.
—Elena. —Anadón se quitó las gafas y la miró por primera vez no como a su perito, sino como a un problema—. ¿Es verdad? ¿Lo de tu hermana? ¿Lo del valle?
—Es verdad.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Lo miró y vio a qué había venido la queja, y no era a apartarla del caso, todavía no. Era a esto: al segundo exacto en que su abogado, el hombre que se jugaba a un inocente con ella, empezaba a mirarla con un cinco por ciento de duda.
—Porque si te lo decía —respondió al fin— me mirabas como me estás mirando ahora.
Anadón tuvo la decencia de no negarlo.
Volvió a casa de noche, con la copia de la queja en el bolso junto a la carpeta de la mujer del abrigo, y fue conduciendo cuando le subió el vértigo de verdad.
Alguien había sabido exactamente qué cuatro cosas suyas, puestas en fila, la convertían en alguien a quien no se cree.
Y no eran trapos sucios rebuscados. Eran ella.
Le habían enseñado a no acordarse, y luego la habían dejado crecer, irse, estudiar, hacerse autoridad justo en la única disciplina que, el día que la usara contra ellos, se le volvería en la mano. Su carrera entera podía no haber sido una huida del daño sino la última pieza del daño.
Aparcó frente al portal y se quedó un rato con las manos en el volante y el motor apagado. Un trabajo así —entrar en una vida, sembrarle un descrédito a medida, activarlo dieciocho años después en la semana justa— no se monta contra una mujer que se equivoca de camino.
Mañana llamaría a Anadón para decirle que no se apartaba. Esta noche iba a releer la queja entera, no para defenderse de ella, sino para aprender de ella. Quien la había escrito conocía a Elena por dentro mejor que Elena. Y un retrato que te hace tu enemigo, si lo lees al revés, es un mapa de él.