INTERLUDIO III
INTERLUDIO III
Antes tenía una manera.
Lo que dolía era de ellos. Lo que no dolía era mío.
Así me buscaba, de noche, palpando: esto duele, fuera; esto no duele, guárdalo.
Tenía pocas cosas que no dolieran y me las sabía contadas.
Una cocina. Unos azulejos amarillos. Alguien que me pedía agua y yo se la llevaba.
No dolían. Eran el suelo donde ponía los pies para saber que todavía estaba yo, debajo de todo.
Vino una y tiró.
No la culpo. Tenía buena cara. Tiraba con buena cara, como él, como todos los que tiran con buena cara.
Me preguntó cosas pequeñas y yo abrí la mano y le di lo que pidió, y cuando se fue volví a palpar mi suelo y el suelo no estaba.
La cocina ya no era mía. Los azulejos se habían pasado al lado que duele.
La señora del agua: ya no sé si existió.
Ahora todo duele. Y si todo duele, ya no puedo separar lo de ellos de lo mío. Es la misma carne. Me crece para dentro y no sé cuál cortar.
Bajé una vez. Sola. Eso fue mío, lo último mío. Me lo están cobrando: lo noto en cómo me miran cuando me traen la comida.
Quería una sola cosa que no doliera.
Me he quedado sin suelo.