El abrigo verde CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Amaneció y no había dormido, y por primera vez en semanas no le importó.

Algo se le había quedado quieto por dentro durante la noche, en algún momento entre la frase de febrero y el amanecer; no era calma, era otra cosa, más útil.

Frío de quirófano. Se hizo un café, se sentó a la mesa de la cocina con los cuadernos todavía abiertos donde los había dejado, y miró todo aquello como lo que era: no su vida, su caso.

Lo tenía entero, por fin. No le faltaba ninguna pieza grande, solo el orden.

La mujer del abrigo verde no estaba loca ni decía la verdad: las dos cosas a la vez, porque la habían construido.

La habían vaciado de sí misma y la habían rellenado con la vida de otra.

Y el que construía —el mismo que había estado dentro de su familia, sentado en su cuarto de niña, invitado por su madre— la esperaba dentro de diez días en una sala de Zaragoza: Adrián Bergua.

Hasta ahí, la síntesis. Era lo de menos. Lo importante era lo que hizo Elena con ella, que no fue derrumbarse otra vez —ya se había derrumbado, esa parte estaba hecha— sino algo que no había hecho en dieciocho años: dejar de buscar a Marta.

Porque Marta no estaba en ningún sitio del que se vuelve.

Lo había sabido en el monte, en el ensanche donde esperó un coche, y lo había estado esquivando desde entonces como esquivaba el borde del pozo.

Esa mañana dejó de esquivarlo. Su hermana subió a un coche una tarde de septiembre de hace dieciocho años y no bajó nunca, y su padre se había muerto peinando una ladera por la que Marta no anduvo.

No quedaba nadie a quien encontrar. Llevaba media vida haciéndose la pregunta equivocada.

Cogió el lápiz y, en la última página en blanco del cuaderno azul, debajo de la letra de la niña, tachó esa pregunta. ¿Dónde está Marta? Una raya. Estaba muerta. La pregunta también.

Quedaban otras dos, y esas sí estaban vivas, y eran peores.

¿Qué me hicieron a mí.

¿Qué hice yo aquel día.

No las escribió. No hacía falta escribir lo que ya no se va a olvidar.

Y entonces, sentada a las siete de la mañana en una cocina fría, con las dos preguntas asentadas en el sitio donde dieciocho años había vivido la otra, Elena sintió el alivio.

Eso fue lo que más asco le dio de sí misma y lo que más la sostuvo: que aquello, que era lo peor que le había pasado nunca, fuera también un alivio.

El alivio del que deja de buscar a un desaparecido y empieza a perseguir a un culpable.

Dejar de ser la que pregunta y volverse la que va a por la respuesta.

Miró las pruebas otra vez, una por una, pero ya no como heridas.

El anillo en la mesa. Los ejercicios copiados cuarenta veces.

La foto de la pantalla en el móvil, con las dos fechas juntas.

Las tres líneas de Delicias. Hasta esa noche habían sido las marcas de lo que le habían hecho.

Ahora eran otra cosa. Eran lo que tenía contra él.

Incluso lo que peor llevaba —el agujero de tres horas que la había avergonzado toda la vida, la laguna que invalidaba su palabra— dejó de ser su punto débil mientras lo miraba y se convirtió en lo único que la ponía dentro de aquella casa cuando nadie más podía entrar.

Ella era la única prueba viva del trabajo de Bergua que sabía leerse a sí misma.

Nadie en el mundo estaba mejor equipado para destripar a aquel hombre que la persona a la que aquel hombre había construido.

Iba a usar contra él lo que él le había dejado dentro.

A las ocho llamó a Anadón.

—No me aparto —dijo, antes de que él hablara—. Sigo de perito en lo de Espés.

Lo oyó soltar el aire, aliviado, al otro lado.

—Menos mal. Me tenías…

—Pero necesito una cosa. —Cogió el boli—. Todo lo que haya sobre Bergua. No su informe, eso ya lo tengo. Él. Su carrera, sus publicaciones viejas, de los noventa. Dónde trabajó. Y, sobre todo, dónde dice que estuvo ese cuarto de siglo que cuenta que estuvo fuera. Quiero las fechas. Todas.

Una pausa.

—Elena, es el perito de la otra parte. Para rebatirle no necesitas su biografía, necesitas…

—Tú consíguemelo.

Otra pausa, más larga, la de un abogado que nota que su perito acaba de dejar de prepararse para un juicio y ha empezado a preparar otra cosa, y decide no preguntar cuál.

—Te lo consigo —dijo Anadón.

Colgó. Se quedó con el teléfono en la mano y supo, con la misma frialdad con que sabía las demás cosas esa mañana, lo que acababa de poner en marcha.

Hasta entonces había sido ella la que miraba.

Una mujer haciendo preguntas en un valle, removiendo registros de noche, leyendo cuadernos viejos: invisible, una hija más volviendo a una herida vieja.

En el momento en que se sentara en aquella sala y empezara a tirar de las fechas de Bergua delante de él, dejaría de ser invisible.

Él la vería mirar. Y un hombre que borra a la gente cuya ausencia no hace ruido sabría que ella había dejado de ser silenciosa.

Lo sabía y lo hizo igual. Era el precio de la única puerta que tenía.

Recogió los cuadernos, volvió a ponerse el anillo, y antes de levantarse pensó, un segundo, en la otra mujer.

En la que en aquel mismo momento estaría en algún cuarto de aquella casa del monte, perdiendo lo poco que le quedaba de sí misma, cargando dentro las piezas de Elena que no encajaban y que la estaban matando.

Para llegar a Bergua iba a tener que seguir tirando de ella. Iba a gastarla hasta el final.

Lo sabía, y se levantó, y fue a prepararse para el juicio.

A esa hora, lejos, la mujer del abrigo verde despertaba en una cama que no era suya y buscaba, debajo de todos los nombres que le habían puesto, uno que fuera el suyo.