El abrigo verde CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Tampoco durmió esa noche. Volvió del piso de su madre, se sirvió un vaso de vino que no se bebió, y a la una de la mañana bajó al trastero y subió la caja: la que tenía desde el funeral de su padre, sin abrir del todo, con los cuadernos del instituto y los diarios de adolescente que una se lleva de la casa de los muertos sin saber para qué.

La puso en la mesa de la cocina y encendió la luz de encima.

Antes de abrirla se quedó mirándose la mano.

El anillo llevaba veinticuatro días en su meñique, desde el trastero, y se había acostumbrado a su peso pequeño y a la costumbre nueva de hacerlo girar, una vuelta, dos, cuando pensaba.

Lo hizo ahora, y al hacerlo le volvió, como le volvía siempre, la mesa del camping, el sol en la madera, Marta quitándoselo con los dientes de un tirón y poniéndoselo en la mano abierta.

Guárdamelo, que para dibujar me estorba.

El recuerdo lo había recuperado en el trastero, cuando cogió el anillo de la lata y el frío del metal le subió por el brazo.

Antes de eso no estaba, y lo sabía con una precisión que no admitía discusión, porque lo tenía documentado en su propia letra, anotado en su expediente la noche de la consulta: no recuerdo ningún anillo .

Ni la entrega, ni la mesa. Un hueco pequeño y silencioso en una parte del día que ella creía conservar entera.

Lo dejó por escrito antes de tenerlo. La mujer del abrigo lo tenía antes que ella.

Aquel gesto no estaba escrito en ningún sitio y no lo había contado nunca a nadie.

Marta estaba muerta. Y ella lo había perdido tan limpiamente que ni siquiera sabía que lo había tenido, hasta que un anillo frío en un trastero se lo devolvió. Y había aparecido entero, exacto, hasta el detalle de la mano que se abre, en la boca de una mujer a la que no conocía de nada.

Los recuerdos no se caen de uno y aparecen, completos, dentro de un desconocido al otro lado de la provincia.

Alguien había abierto un cajón que era suyo, había sacado una cosa pequeña y la había puesto en otra mujer.

Una tarde de su infancia, una mesa con sol, su hermana viva: se lo habían quitado a ella y se lo habían dado a la mujer del abrigo, que lo guardaba ahora con el mismo cuidado con que Elena, de niña, había guardado el anillo.

Y la pregunta era peor que la cuenta. Si le habían quitado eso —un gesto, una mesa, una tarde—, ¿qué más le habían quitado?

¿Cuántos de los huecos que tenía por toda la vida, esos que siempre había achacado al duelo, a la edad de entonces, al desastre de aquellos meses, no eran huecos sino sitios vaciados?

Y, sobre todo: si parte de lo que faltaba en ella estaba en la otra, ¿cuánto de la mujer del abrigo verde era, en realidad, ella misma?

Empezó a sacarse el anillo. El dedo se había hecho a él y no salió a la primera: tuvo que tirar, girarlo, mojarse el nudillo con la lengua y tirar otra vez, hasta que cedió de golpe y se le quedó en la palma, pequeño y tibio de su propio calor.

Debajo había quedado un surco pálido, una marca hundida donde el metal había estado apretando sin que ella lo notara.

Cerró la mano alrededor de él, fuerte, hasta que el trenzado se le clavó en la palma.

Después lo dejó en el bolsillo del abrigo, colgado del respaldo de la silla, y abrió la caja.

No se leyó como hija. Se leyó como perita. Era la única manera de soportarlo, y resultó ser la peor.

Empezó por el cuaderno de tapas azules de 2008, y al principio todo era una cría de quince años: la letra grande, redonda, apretada en los finales de línea, escrita con boli rojo o verde según el humor, con corazones en las íes durante una época vergonzosa de septiembre.

El instituto, una amiga, un chico. Vida.

Y en una página de mediados de septiembre, la vida se cortaba.

Marta no ha vuelto. Tres palabras solas en mitad de la hoja.

Después venían páginas que a Elena, leyéndolas a los treinta y tres, le costó sostener: la letra perdía la forma, se hacía grande y temblona, hundía el boli en el papel hasta casi pasarlo.

¿Dónde está. Dónde está. Por qué no la buscan en.

Yo sé que ella no se. Papá ha vuelto sin.

Frases sin terminar, la letra de una niña gritando en un cuaderno porque no la dejaban gritar en casa. En cada línea preguntaba.

Hasta octubre.

En octubre la letra cambiaba, y no de un día para otro: a lo largo de tres o cuatro semanas, hasta convertirse en una caligrafía menuda y pareja que Elena no reconoció como suya hasta que comprobó tres veces que era el mismo cuaderno. Una letra educada. Una letra de alguien a quien le dictan.

Y entre esas páginas, las costuras.

Encontró las hojas cortadas que ya conocía del trastero, siete, segadas a ras del lomo con un corte de regla.

Pero ahora, leyendo lo de antes y lo de después con ojos de oficio, vio lo que en noviembre no había visto: que no faltaban al azar.

Lo cortado caía justo donde la niña había vuelto a preguntar por Marta.

El boli rojo grande reaparecía un par de veces entre la letra pequeña, la cría volviendo a su mano de antes y a su pregunta de antes, ¿y si Marta está , y ahí, justo ahí, empezaba un corte.

Editaban las recaídas. Le quitaban las páginas donde se acordaba.

Y entre cuaderno y cuaderno, intercaladas, las otras hojas.

Páginas enteras de una misma frase copiada, renglón tras renglón, treinta, cuarenta veces, con la letra pequeña y aplicada de los castigos del colegio. Solo que no eran castigos. Las leyó de pie, porque no pudo seguir sentada.

Es normal no acordarse de todo. Es normal no acordarse de todo. Es normal no acordarse de todo.

Página entera.

Preguntar no la trae. Estoy en casa. Estoy a salvo. No necesito acordarme para estar bien.

Otra.

Las cosas de casa se quedan en casa. No hay que contar los ejercicios.

Ahí tuvo que agarrarse al borde de la mesa.

No hay que contar los ejercicios. Por eso, a los treinta y tres años, perita, especialista en cómo se fabrica un recuerdo, no había tenido ni la sospecha de que a ella se lo hubieran fabricado: porque a los quince le habían hecho copiar, con su propia mano, cuarenta veces, la orden de no contarlo, y la orden había aguantado dieciocho años.

Buscó la frase del trastero, la media línea que había sobrevivido a un corte: …

y él dice que es normal no… La encontró tres cuadernos más allá, dictada, copiada cinco veces seguidas: Don Adrián dice que es normal no acordarse de aquel día.

Aquel día. No de Marta, no del verano: de aquel día.

Había un día concreto del que le habían enseñado a no acordarse, y Elena, de pie en su cocina a las tres de la madrugada, sintió el borde de las tres horas como se siente el borde de un pozo en la oscuridad, con la punta del pie, sin verlo.

Cerró ese cuaderno. El anillo le había enseñado que le habían quitado cosas.

Esto era otra cosa: lo que le habían puesto a hacer.

La sentaron a su mesa y le pusieron la mano a trabajar contra ella misma, a escribir su propio olvido.

Sus cuadernos, lo único que había creído enteramente suyo, eran el sitio donde más la habían tenido.

Iba a guardarlo todo. Tenía la caja medio cerrada cuando se le cayó, de entre dos cuadernos, una hoja suelta, doblada en cuatro.

Era de febrero. La letra ya era la pequeña, la quieta, la educada, pero esto no era un ejercicio dictado: era una entrada de diario, escrita sola, con sus palabras de niña.

Hoy he dormido toda la noche. Mamá llora menos. Don Adrián dice que ya casi estoy curada y que soy la que mejor lo ha hecho de todas. Hoy casi no me he acordado de ella en todo el día.

Y debajo, en una línea sola, con la letra pequeña y contenta de una niña de quince años a la que acababan de enseñar a estar bien:

Estoy mejor.