CAPÍTULO 21
El piso de su madre en Las Fuentes olía como había olido siempre, a lejía suave y a membrillo, el olor de una casa que se barre todos los días la tenga quien la tenga.
Carmen abrió con el delantal puesto y la cara que ponía cuando Elena llegaba sin avisar: alegría primero, y enseguida, debajo, el cálculo de qué venía a remover esta vez.
Le dio un beso, le quitó el abrigo, la hizo pasar a la salita de los muebles encerados y las fotos, y se fue a poner agua sin preguntar, porque poner agua era lo que Carmen hacía en lugar de preguntar.
Elena miró las fotos de la cómoda mientras la oía en la cocina: ella y Marta de pequeñas, el padre con el coche, la comunión, los veranos.
Todas arregladas, todas a su distancia exacta.
En medio había un hueco, un círculo más limpio en la madera donde durante años había habido un marco y ya no había nada, y Elena no preguntó por él tampoco.
Carmen volvió con la bandeja, el café, las pastas de siempre que nadie comía. Se sentó enfrente, se alisó el delantal sobre las rodillas, y esperó, porque ya sabía que su hija no había venido a tomar café.
—Mamá —dijo Elena—. Quiero que me hables de aquel otoño. Del de después de Marta. De cuando yo no estaba bien.
Las manos de Carmen se quedaron quietas sobre el delantal.
—Estabas malísima —dijo, despacio, eligiendo—.
No dormías. No comías. Te pasabas el día en la cama mirando la pared, o te ibas y te encontrábamos en el monte, en sitios.
Una niña de quince años. Yo creía que te perdía a ti también.
—Tragó—. Tu padre se iba al monte a buscar a una y yo me quedaba en casa cuidando a la otra para no perderla. Así estábamos.
—Vino alguien a ayudar.
Carmen la miró, y en su cara pasó eso que Elena había visto en la mujer del multiservicio, en Otal, en Nuria: el reconocimiento de una puerta que se creía cerrada para siempre.
—El doctor Lacasa —dijo Carmen, muy bajo—.
El médico de entonces. Me dijo que había un hombre que ayudaba con esas cosas.
Con el shock de los niños. Que era psicólogo, de los buenos, y que no cobraba, que lo hacía por caridad, por ayudar a las familias que pasaban por…
por lo nuestro. —Se le humedecieron los ojos sin llegar a llorar—.
Yo qué iba a hacer, Elena. Estabas dejándote morir delante de mí.
Vino, y era un hombre amable, tranquilo, con una voz que calmaba.
Hablaba contigo en tu cuarto, con la puerta cerrada, una hora, dos. Hacíais ejercicios, decía. De memoria.
Elena no se movió. Apuntó el apellido por dentro y lo dejó donde cae lo que todavía no tiene sitio. Lacasa. El médico de entonces. El que puso la primera pieza y el que, si seguía vivo, estaría en algún pueblo de la comarca con su placa vieja en un portal, saludando por la calle.
—¿Cuánto tiempo vino?
—Aquel otoño y aquel invierno. Una vez por semana, a veces dos.
—Carmen juntó las manos—. Y funcionó, hija.
Eso es lo que tú no… A las pocas semanas dormías.
Volviste a comer. Volviste al instituto.
Dejaste de irte al monte. Volviste a ser una niña.
Yo le daba gracias a Dios cada noche por aquel hombre. Le habría besado los pies.
—¿Cómo se llamaba?
Carmen dudó. Fue una duda pequeña, de un segundo, pero Elena la vio, y vio que su madre llevaba dieciocho años sin pronunciar aquel nombre y que pronunciarlo le costaba como descoser algo.
—Adrián —dijo—. Don Adrián. Nunca supe el apellido. Nunca hizo falta. Venía cuando lo llamaba el doctor y se iba, y no quería ni un café.
Adrián. En la boca de su madre, en la salita de las fotos, el nombre que Elena había sacado de un registro a las dos de la madrugada, el nombre del perito que la esperaba dentro de once días en una sala de Zaragoza.
El mismo. En esta casa. Sentado en su cuarto de niña, con la puerta cerrada, una hora, dos, una vez por semana, todo un invierno, haciendo ejercicios de memoria con una cría de quince años que había dejado de dormir.
Y al otro lado de la puerta, una madre dándole gracias a Dios.
De todo eso no le dijo nada: ni lo que era aquel hombre, ni de dónde venía, ni qué casa dirigía en el monte, ni a quién se había llevado a ella. No le cabía soltárselo.
Había subido las escaleras de aquel piso con un reproche armado, listo, justo.
Y lo tenía delante: una mujer de setenta y tantos años, con el delantal puesto, que había perdido a una hija y, muerta de miedo de perder a la otra, había agarrado la única mano que se le tendió.
El reproche no encajaba en aquella mujer. Resbalaba.
—¿Por qué me preguntas esto ahora? —dijo Carmen, y le tembló la voz—. ¿Qué pasa, Elena? ¿Qué he hecho?
—Nada, mamá. —Y se odió un poco por la facilidad con que lo dijo—. Estoy revisando cosas de entonces. Por un caso.
Carmen la miró, y por un instante Elena tuvo miedo de que lo viera todo, de que aquella mujer que se había pasado la vida no preguntando para que no se apagara la luz preguntara por fin. Pero Carmen bajó los ojos a su delantal y lo alisó otra vez, y eligió, como había elegido siempre, no saber.
Elena se levantó para irse. No podía estar más rato en aquella salita sin que se le notara lo que llevaba dentro.
En el recibidor, mientras se ponía el abrigo, Carmen se quedó delante de ella, pequeña, dudando, con las manos a medio levantar.
Y al final hizo lo único que le quedaba: le subió el cuello del abrigo, con las dos manos, y se lo dejó bien puesto, y le pasó los dedos por la solapa para alisarla, ese gesto de toda la vida que Elena llevaba metido en sus propias manos sin haber sabido nunca de dónde le venía.
—Abrígate —dijo Carmen—. Que andas pálida.
Elena la dejó hacer. No la abrazó. No le devolvió el gesto.
En el rellano, con la puerta ya cerrada a su espalda, sacó el cuaderno y escribió dos palabras: doctor Lacasa . Debajo no escribió nada, porque no tenía nada que escribir debajo. Bajó las escaleras con el cuello bien puesto.