CAPÍTULO 20
Durante dos días no pudo hacer nada con las tres líneas. Cada vez que las leía veía a la mujer levantarse, volcar el café y meterse en la corriente de gente sin saber por dónde había venido.
Así que hizo lo único que sabía hacer con la culpa, que era lo mismo que sabía hacer con el miedo.
Un recuerdo no vale por lo seguro que lo cuente quien lo cuenta; vale por lo que se puede contrastar fuera de su cabeza.
El miércoles subió sola: no quería la versión ensayada de Otal encima del terreno, y quería estar sola para recorrer con un cronómetro en la mano el camino por el que se habían llevado a su hermana.
Dejó el coche en la cancela de Oza y subió al cruce a paso vivo, y allí el cuerpo volvió a avisarla —el zumbido, el frío por la nuca, las piernas pesándole— pero ya no la paró.
La diferencia con la otra vez no era el sitio; era ella.
Respiró por la boca, le dio la espalda a la subida de la Corona, la marcada, la que habían batido veintidós días, y por primera vez en dieciocho años echó a andar por el ramal de la izquierda.
Miró el reloj al empezar.
El camino bajaba en suave, ancho, sin un repecho.
Abajo, a la derecha, se oía el río, y el viento hacía en las ramas ese ruido de papel.
Río y hayas: la primera línea del cuaderno, puesta en el aire, exacta.
Elena anduvo deprisa, sin pararse a sentir nada, porque sentir no medía, y a los catorce minutos el ramal desembocó en una pista de tierra apisonada con roderas viejas de tractor.
La forestal. La de Escalé. A la izquierda subía hacia el monte; a la derecha, a cincuenta metros, había un ensanche junto a una cancela de hierro, donde un coche podía pararse a esperar sin estorbar y sin que lo viera nadie que no bajara justo por allí.
Catorce minutos desde el cruce. Una cría que se hubiera cansado de subir a dibujar habría tardado eso en bajar hasta un coche con el motor en marcha.
Elena se quedó en el ensanche, en el sitio donde se para un coche.
El pastor lo había visto desde la ladera de enfrente, de lejos, con poca luz.
Aquí esperó alguien la tarde del catorce, con el motor en marcha y la calefacción puesta —tapicería caliente, ambientador de pino—, mientras por el ramal cómodo bajaba quien bajara.
La hipótesis se le asentó en el estómago como una piedra tragada: Marta no se perdió monte arriba.
Bajó por el camino fácil hasta aquí, y aquí la esperaban.
El monte confirmaba la ruta y el coche; quién bajaba con ella, de quién era la mano, quién hablaba con buena voz, eso seguía mezclado en la cabeza rota de la mujer, y no estaba en el monte.
Buscó roderas por costumbre y no encontró ninguna que valiera nada.
En el margen del mapa, junto al número de registro del viernes, escribió accesos Oza, verano 08 — pedido 27/11 , y pensó un momento en la barrera de abajo, en la garita, en el guarda que aquel septiembre anotaría matrículas en un cuaderno de hule sin saber para qué servía anotarlas.
Tres meses de plazo. No tenía otra cosa.
Levantó la vista. La forestal, a su izquierda, no moría en la cancela: seguía subiendo hacia el paco de Agüerri.
Hacia donde estaba la borda, y más arriba, la casa de Leteo.
El coche que esperó aquí no había bajado al valle: tenía todo el sentido que hubiera subido, por esa misma pista, los cuatro kilómetros hasta la casona. La ruta entera dibujada en el suelo.
Antes de bajar a por el coche subió a la borda.
Una parte estúpida de ella, la que no había dormido en dos noches, esperaba encontrar a la mujer en el rincón del jergón, viva, con su cocina de azulejos amarillos otra vez en la cabeza, esperando a la doctora.
Subió los últimos metros con el corazón haciendo cosas que no le ordenaba, empujó la puerta entornada y entró.
La borda estaba vacía. Pero no como la había dejado.
Habían limpiado. El jergón, las latas, la botella, el cabo de vela: no estaban.
El rincón donde una mujer había dormido tres semanas contando los días estaba barrido, raspado, devuelto a borda de pastor sin nadie.
Y en la pared, donde ella había marcado las noches de cinco en cinco, no había marcas.
Alguien las había frotado. Quedaba una mancha más clara en el revoque, húmeda todavía, de haberlo pasado con un trapo mojado hacía no mucho.
Habían venido después de Delicias y habían borrado que allí hubiera vivido nunca alguien.
Elena salió a la campa a que le entrara aire, y lo vio.
Abajo, a media ladera, ya lejos, la espalda gris verdosa bajaba por la traza entre el boj con aquel andar que no gastaba nada, y en la mano derecha llevaba un bulto de plástico atado, del tamaño de un jergón de hierba con dos latas dentro.
No se volvió, y no hacía falta: por aquel monte, a aquella hora, no bajaba nadie más, y él sabía tan bien como ella quién se había quedado arriba.
Elena no gritó ni echó a andar detrás. Se quedó en la puerta baja, con el trapo todavía húmedo a su espalda, mirándolo hacerse pequeño, y lo que la tuvo quieta no fue el miedo: fue que por primera vez en un mes estaba viendo a alguien de aquella casa hacer algo, y quiso verlo entero.
Cuando el boj se lo tragó, entró otra vez y miró el revoque frotado.
Era limpio, era reciente y no tenía duelo, y a Elena le vino, sin pedirla, la imagen de las siete páginas de su diario cortadas con regla.
No probaba nada. Y en el mismo movimiento se le colocó en su sitio algo que llevaba una semana suelto: la franja limpia del alféizar de su abuela, el ancho de un antebrazo apoyado en la madera, a la altura justa para ver quién sube por la calle, en un cuarto cerrado desde 2009 cuya cerradura le había abierto con una facilidad que entonces le pareció suerte.
Aquello no ponía a nadie dentro de la casa de su abuela; ponía a alguien, y ponía una fecha anterior a ella.
No habían esperado a que subiera al valle. La estaban esperando desde antes.
Esta vez sí lo anotó.
Se quedó de pie en la borda limpia, con el frío entrando por la puerta baja. La habían encontrado, o no había sabido volver —perdida como Elena la dejó en el vestíbulo— y la habían ido a buscar. De las dos maneras, la mitad de la culpa llevaba su nombre.
Tenía la ruta confirmada y no tenía nada: ni podía entrar en la casa, ni podía encontrar a la mujer. Dentro de doce días, en una sala de Zaragoza, podría sentarse a un metro del hombre que había puesto su nombre en aquella casa y hacerle hablar; no le quedaba otra entrada.
Bajó por el ramal cómodo con la luz cayendo entre las hayas. Detrás, en el revoque, la mancha húmeda se iba secando despacio, y por encima, monte arriba, la pista seguía subiendo hacia la casa.