El abrigo verde CAPÍTULO 19
44%

CAPÍTULO 19

Durmió el sábado entero y se despertó de noche, con el cuello torcido y la casa a oscuras, y el domingo bajó a Zaragoza.

La ciudad la recibió con el ruido, que después de cinco días de valle no era ruido sino agresión: el tranvía frenando en Gran Vía, el cierzo metiéndose por las calles rectas con esa rabia plana que no tiene en la montaña.

Subió a la consulta —domingo por la tarde, el edificio entero vacío—, y le pareció un decorado: un sitio donde otra persona, una con su cara, había recibido a gente y creído que su vida estaba ordenada.

Begoña le había dejado el viernes al cierre el correo clasificado y un pósit encima de todo: Anadón ha llamado tres veces.

La vista no se mueve. Diecisiete días. Y sobre la carpeta del caso Espés, el informe pericial de la parte contraria.

Cuarenta páginas grapadas, con el nombre del perito en la portada en una tipografía sobria: Dr. Adrián Bergua.

Lo había leído dos veces cuando solo era el contrincante: un texto brillante, tramposo, de los que hay que desmontar argumento por argumento.

Lo abrió por la página siete, subrayada en amarillo de su propia mano, y a la tercera línea tuvo que parar.

El texto no había cambiado; era que ahora oía la voz.

Cada frase le llegaba dicha con aquel tono pausado de la radio, y debajo de cada argumento sobre la falibilidad del testigo veía la mano que había cortado siete páginas de su diario de niña con una regla.

Leyó cuatro veces el mismo párrafo; no le entró ninguna de las cuatro.

Cogió un folio para empezar su contrainforme, escribió El perito de la parte contraria sostiene que , y la mano siguió sola y escribió que la memoria se puede vaciar a una persona y rellenar a otra y él lo sabe porque lo ha hecho .

Se quedó mirando la frase, que no servía para ningún tribunal del mundo, y la tachó con dos rayas.

Las dos vidas, la de Espés y la de Marta, acababan de tocarse encima de un folio, y no podía permitir que se tocaran, no en el único sitio donde todavía tenía que ser perita.

A las seis y diez, cuando ya recogía para irse, le vibró el móvil encima de la mesa. Número oculto.

Se le cerró la garganta. Descolgó de pie, en mitad de la consulta vacía.

—¿Sí?

Al principio solo se oyó una respiración, rápida y baja, y un fondo de eco, de sitio grande y duro, una estación o un vestíbulo. Después la voz, en un susurro pegado al auricular, apresurado:

—¿Es usted? La doctora. Dígame que es usted.

—Soy yo. Estoy aquí.

—Poco tiempo. No tengo… —Un crujido, el teléfono cambiando de mano—.

Me notan. Llevo días que me notan más. Antes podía estar fuera una hora y ahora a la media hora ya…

—Se le rompió la frase—. Tengo una pieza suya.

Lo sé. Lo he sabido toda la semana, hay una cosa dentro de mí que es de usted y no sé cuál es, y eso me está…

—bajó aún más la voz— eso es lo que me está delatando.

Lo de usted no encaja en lo que me pusieron. Se mueve.

—Escúcheme —dijo Elena, agarrada al borde de la mesa—. ¿Dónde está? Voy ahora.

—No. Ahora no. —Terror puro, contenido—.

Si vengo con alguien detrás se acabó, ¿lo entiende?

Se acabó para las dos. —Una pausa, y en esa pausa pasó algo peor que el miedo: la voz se quedó hueca, buscando—.

Es que ya no… a veces no sé cuál soy. Esta mañana me he mirado y no me he reconocido y no sé si la que no se reconocía era ella o era yo, y no me acuerdo de mi…

—Se paró en seco, como ante un escalón en la oscuridad—.

No me acuerdo de mi nombre. El mío. El de antes de todo. Lo tenía esta semana y ahora no está.

Elena cerró los ojos. No dijo tranquila ni lo encontraremos.

—Mañana —susurró la mujer, deprisa otra vez, recomponiéndose en un esfuerzo que se oía—.

En la estación. Donde los trenes. A la hora a la que entra el autobús de la montaña, que hay gente y no se nota una más.

Venga sola y no me mire hasta que yo le hable.

—Un ruido al fondo, una puerta, unos pasos—. Tengo que…

La línea se cortó.

Elena se quedó con el tono de colgado en la oreja, con el cierzo golpeando la ventana y el informe de Bergua abierto por la página siete.

Tengo una pieza suya. Se mueve. La mujer que se le estaba deshaciendo en las manos había sentido desde dentro lo mismo que Elena había deducido con unos papeles: que algo de ella vivía allí, mal cosido, moviéndose.

Y ese trozo estaba empezando a romperla.

Metió en el bolso la carpeta de Espés y, al lado, sin pensarlo, su cuaderno de notas.

Sabía lo que iba a hacer por la mañana: sentarse al lado de aquella mujer y usar con ella, del revés, la técnica con la que desmontaba memorias en los tribunales.

Tirar de las tres horas. Era la única manera de llegar a Marta, y la mujer ya no encontraba su propio nombre.

Ya estaba decidido, desde que oyó donde los trenes .

Lo que no consiguió decidir, en todo el camino, fue cuánto estaba dispuesta a gastarla.

La estación de Delicias a las nueve menos veinte de la mañana era el mejor sitio del mundo para no ser nadie.

El vestíbulo repartía en gris la luz de las cristaleras sobre la gente que cruzaba a paso de cercanías, y la megafonía cantaba destinos —Huesca, Canfranc, Madrid— con una voz de mujer que no creía en ninguno. Nadie miraba a nadie.

Elena llegó la primera y se sentó en la cafetería, en una mesa del fondo, de cara a la gente, como le habían dicho: sin buscar a nadie. Pidió dos cafés con leche y dejó uno enfriándose en el sitio de enfrente. Sacó el cuaderno y esperó.

La mujer apareció a las nueve menos diez. Elena la vio de refilón cruzar el vestíbulo y no levantó la cara. La oyó arrastrar la silla, sentarse. Solo entonces miró.

Le costó no reaccionar. En tres semanas la mujer había envejecido años.

El abrigo verde lo llevaba abrochado hasta el cuello, manchado, y debajo le temblaba algo que no era frío.

Tenía los ojos hundidos, la piel de un gris de invierno y una llaga reciente en la comisura de la boca.

Se sentó muy al borde de la silla, de lado, con un hombro hacia la puerta, y rodeó el café caliente con las dos manos sin bebérselo.

—Veinte minutos —dijo, sin saludar, mirando la taza—. Hoy menos. Me han mirado el reloj al salir.

—Entonces no perdemos tiempo. —Elena habló bajo, sin acercarse, sin tocarla, con la voz neutra que usaba en las salas de espera con los testigos asustados—.

No le voy a preguntar lo que pasó. ¿De acuerdo?

Eso no. Le voy a preguntar otras cosas, pequeñas.

Usted contésteme lo que le venga, aunque no tenga sentido, aunque sea una tontería.

No hace falta que sea verdad. Solo lo que le venga.

La mujer asintió, apenas.

—Antes de empezar. Dígame una cosa suya. Una de hoy. Lo primero que ha pensado al despertarse.

La mujer la miró, desconcertada, y algo se le ablandó un segundo en la cara.

—Una cocina —dijo—. Esta mañana me he despertado con una cocina en la cabeza.

Pequeña, con azulejos amarillos, y una señora mayor sentada que me pedía agua.

Y yo se la llevaba. —Tragó—. Eso es mío.

Lo sé porque no duele. Lo otro, lo de ellos, todo duele.

Esto no. La señora de los azulejos no me duele.

—Bien —dijo Elena, y lo anotó, una línea: cocina, azulejos amarillos, señora mayor, agua —. Quédese con eso, ¿vale? Lo dejamos ahí guardado. Volvemos a ello al final.

Empezó por el contexto, no por el centro: que a un recuerdo no se entra por la puerta, se entra por las ventanas. No le preguntó por Marta ni por el coche. Le preguntó por la tarde. Qué luz hacía. Si calor o frío. Qué llevaba puesto en los pies.

—No me lo cuente como una historia. Dígame solo lo que se oía. ¿Qué se oye?

La mujer bajó la vista al café, que era todo lo cerca que estaba dispuesta a tener los ojos cerrados en aquel sitio, y se quedó callada un buen rato, con la megafonía cantando un tren a Canfranc por encima de las dos.

—Agua —dijo al fin—. Se oye agua. Un río, abajo. Y hayas, el viento en las hayas, ese ruido de papel. —Frunció el ceño—. Y un motor. Parado. Un coche con el motor en marcha, esperando.

A Elena se le tensó algo en la nuca y no lo dejó subir.

No preguntó qué coche: habría sido dirigir, fabricarle el recuerdo en vez de sacárselo, y ella sabía mejor que nadie lo fácil que era que una pregunta torcida le metiera dentro a una persona un coche que nunca existió. Se quedó en las ventanas.

—¿Y qué huele?

—A campo. Y dentro… —La mujer abrió mucho los ojos—. Dentro huele distinto. A plástico. A tapicería caliente. A ambientador de pino, de esos de árbol que cuelgan. —Se llevó una mano a la boca—. Estoy dentro. ¿Cuándo me he metido dentro?

—No pasa nada —dijo Elena, muy quieta—. Está bien. ¿Hay alguien?

—Un señor. —La voz se le adelgazó—. Delante, conduciendo.

No le veo la cara, le veo el hombro, las manos en el volante.

Habla bajito. Habla todo el rato, despacito, con buena voz, como un médico bueno.

Dice que no pase nada. Dice que es lo mejor.

Que es lo que hay que hacer. —Empezó a balancearse, mínimamente, adelante y atrás—.

Y yo le creo. Eso es lo peor, que yo le creo, que voy tranquila porque me lo dice él, que voy haciendo lo que hay que hacer…

—¿Quién va? —preguntó Elena, y en cuanto lo dijo supo que había metido la mano demasiado adentro—. ¿Quién va en el coche?

La mujer se quedó con la boca abierta. Y la cara se le descompuso, no de pena, sino de avería, como un aparato al que le falla la corriente: parpadeó, perdió el hilo, buscó por el aire algo que un segundo antes tenía.

—Yo —dijo—. No. Ella. Las dos. —Se apretó las sienes con los dedos—. No sé cuál va en el coche. Iba alguien pequeño y alguien… no sé. Se me ha mezclado. Lo tenía y se me ha mezclado. —Levantó la cara, y tenía pánico—. ¿Qué me ha preguntado? Se me ha ido. ¿Qué le estaba diciendo?

Elena debería haber parado allí. Lo supo en el momento exacto, con todo el oficio de su vida: la mujer había tocado el fondo de lo que podía dar sin romperse, y lo decente era cerrar y traerla de vuelta despacio, como se trae a un buceador.

Tenía tres cosas. El río y las hayas. El coche con el motor en marcha.

La voz de hombre, amable, diciendo que era lo que había que hacer.

Tres piezas sólidas que no tenía hacía media hora.

Tenía tres piezas y quería la cuarta.

—La cocina —dijo, y odió oírse decirlo, pero lo dijo—. La de antes. La señora de los azulejos amarillos. ¿Sigue ahí?

Fue como ver caer algo desde lejos. La mujer la miró, esforzándose, fue a buscar la cocina al sitio donde la había dejado veinte minutos antes, guardada, a salvo, y no la encontró. Elena le vio hacer el gesto de tantear una habitación a oscuras. Le vio el momento en que la mano no tocó la pared.

—¿Qué cocina?

—Una señora mayor. Le pedía agua. Usted se la llevaba.

—No… —Negó, despacio, asustada—. No tengo ninguna señora.

¿Por qué iba a tener yo una señora? —Y entonces, en voz muy baja, para sí misma, con un horror nuevo—: La tenía.

Hace un rato la tenía. Era mía. Era de las que no duelen.

—Miró a Elena, y por primera vez la miró como a una desconocida del todo—.

¿Usted quién es? ¿Qué le estoy contando yo a usted?

La megafonía anunció un tren a Huesca. Eran las nueve y media. La mujer había estado fuera cuarenta minutos, el doble de su margen, y de pronto cayó en el reloj, y el miedo le borró todo lo demás de la cara. Se levantó tan deprisa que volcó el café frío hacia el cuaderno.

—Llevo mucho. Llevo demasiado. No tenía que estar tanto. —Miraba alrededor sin reconocer el vestíbulo, los andenes, las salidas—. ¿Por dónde he venido? No me acuerdo de por dónde he venido.

—Espere —dijo Elena—. La acompaño a…

—No. —Se apartó, con las dos manos por delante—.

Sola. Tengo que volver sola. Si me ven con usted…

—No terminó. Se ciñó el abrigo verde rasgado, miró una última vez a Elena sin saber ya del todo quién era, y se metió en la corriente de gente que iba hacia los andenes, una mujer mayor, gris, perdida, demasiado tarde para donde fuera que tuviera que estar.

Elena no la siguió. Apartó el cuaderno del charco con el canto de la mano, lo secó con una servilleta, y antes de levantar la vista, antes de buscarla entre la gente, antes de pensar siquiera si aquella mujer sería capaz de encontrar la salida, abrió por la página marcada y escribió, deprisa y con buena letra, las tres cosas: el río y las hayas, el coche con el motor en marcha, la voz de hombre diciendo que era lo que había que hacer.

Cuando terminó de escribir la tercera y levantó la cabeza, la silla de enfrente estaba vacía y la mujer ya no estaba en ninguna parte, y Elena se quedó con el boli en la mano.