El abrigo verde CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Esa noche no durmió, y no fue por miedo: fue por método.

El miedo no la dejaba quieta; el método sí.

Despejó la mesa de la cocina de la abuela, puso el portátil enganchado al móvil por la poca cobertura que entraba arriba del pueblo, sacó la carpeta de Otal y los mapas de su padre, y se sentó a cruzar papeles.

El paco de Agüerri. Lo mismo que le había dicho Otal de la Borda de la Reclusa. La casa de la que había hablado Nuria y la borda del cuaderno estaban en la misma ladera.

Tiró del hilo de la Fundación. La sede electrónica del catastro le dio la parcela: una finca grande en el paco, con una edificación de planta considerable. La nota simple del registro le costó cuarenta minutos de formularios y llegó al correo a las dos de la madrugada, sin un solo adjetivo.

Elena se quedó mirando el nombre. Leteo.

El río del olvido. Le habían puesto al sitio el nombre del agua que borra los recuerdos y debajo, en letra de estatuto, para la salud de la memoria , y nadie en dieciocho años había leído las dos cosas juntas porque nadie lee los nombres de las fundaciones.

Quien lo eligió sabía griego y sabía que no haría falta esconderlo.

Buscó la Fundación en el registro. Las entidades viejas están mal digitalizadas, pero apareció: constituida en 2001, objeto social «el estudio, la divulgación y el tratamiento no clínico de los trastornos de la memoria», domicilio en Zaragoza, y un órgano de gobierno con tres nombres que no le decían nada y un cuarto, el del patrono fundador, el del único que figuraba además como director técnico.

Adrián Bergua.

No fue una sorpresa, y eso fue lo peor: no la sacudida de lo que no se espera, sino la otra cosa, la de cuando una sospecha que llevabas días apartando con el codo se sienta por fin a la mesa y se queda.

Lo había sabido en la radio, en el área de servicio, dos semanas atrás, cuando una voz de abuelo sabio hablando de cuidado le había llenado el coche de olor a tapicería ajena.

El cuerpo lo había sabido entonces. El papel lo confirmaba ahora, a las dos y veinte de la madrugada, en la cocina de su abuela muerta.

Abrió la ventana al frío de la noche y respiró en cuatros hasta que el estómago se le quedó en su sitio. Después volvió al portátil, porque faltaba el detalle de perita, el que no servía para sentir sino para probar.

Buscó las entrevistas de Bergua de los dos últimos años, las de la gira del libro, y las encontró a puñados.

En todas, con esa voz pausada, la misma leyenda: que se había retirado joven, dolido con una profesión que «perseguía exactitudes», que había pasado «un cuarto de siglo fuera, lejos de todo, fuera del mapa», y que solo ahora, viejo, volvía a hablar.

Un cuarto de siglo fuera del mapa. Lo decía en todas, y lo decía siempre igual: sin fechas ni sitios, con esa vaguedad cómoda de las frases que se repiten hasta que ya nadie las comprueba.

Era parte del personaje, el sabio que vuelve del desierto.

En la undécima, una emisora pequeña de Huesca, de madrugada, el locutor le preguntó por su tierra y Bergua se puso preciso una sola vez:

—Me marché de Aragón en el noventa y nueve. No he vuelto hasta hace dos años.

Elena rebobinó y lo escuchó tres veces. Después puso las tres cosas juntas en la pantalla.

La nota simple: la finca del paco de Agüerri, comprada en septiembre de 2001 por la Fundación Leteo.

El registro de fundaciones: Leteo, constituida ese mismo año, patrono fundador y director técnico, Adrián Bergua.

Y la transcripción de la emisora de Huesca, con la frase subrayada.

Me marché de Aragón en el noventa y nueve.

En 2001, dos años después de marcharse de Aragón, su fundación compraba una casa en el paco de Agüerri. Su fundación: la que él había constituido, la que él dirigía.

Y ahí se paró, porque el oficio la paró antes que las ganas.

Una fundación compra sin que su director pise el notario: un poder firmado en cualquier ciudad, un apoderado, una mano que no es la suya.

El papel decía que Leteo compró la casa y que Leteo era él.

No decía que él hubiera estado. Y aunque hubiera bajado a Jaca a firmarlo en persona, tampoco eso probaba que dirigiera lo que pasó en aquella casa siete años después.

Lo que tenía no era una prueba. Era una contradicción: un hombre que había dado una fecha exacta una sola vez, y un papel público que no encajaba con ella.

Servía para abrir. No para cerrar.

Hizo una foto de la pantalla con el móvil, las tres cosas en la misma imagen. La fecha era de hacía dos años; el papel, de hacía veinticinco. Nadie hasta esa noche había puesto las dos cosas una al lado de la otra.

A las cuatro, con el café frío, hizo lo que llevaba dos días pendiente y que no tenía nada de brillante.

Un coche había estado parado la tarde del catorce en la forestal de Escalé, a un kilómetro largo del cruce por un ramal sin marcar, y a Elena le faltaba lo elemental: quién podía subir un turismo hasta allí y si alguien lo había anotado en algún sitio.

La pista de Oza tenía barrera y tenía guarda, y todo lo que tiene barrera y guarda genera papel.

Buscó el organismo, rellenó el impreso con su nombre y su número de colegiada, pagó la tasa con la tarjeta y pidió lo que hubiera en el expediente de control de accesos a la Selva de Oza del verano de 2008.

La página le devolvió un resguardo y un plazo ordinario de tres meses.

Se apuntó el número de registro en el margen del mapa de su padre y no volvió a pensar en ello.

Antes de que clareara se obligó a mirar lo que menos ganas tenía de mirar.

Dentro de dieciséis días tenía que sentarse en una sala del Tribunal Superior, en Zaragoza, enfrente de aquel hombre.

No como hija: como perita, desmontándole con cortesía los argumentos sobre la identificación de Julián Espés, un inocente que llevaba trece años en Zuera y cuya única esperanza era que ella hiciera bien su trabajo.

Pensó un minuto en llamar a Anadón por la mañana y apartarse.

Después abrió la carpeta de Espés y se puso a preparar su declaración.