CAPÍTULO 17
El nombre se lo dio Otal de mala gana, al despedirse, ya con el motor en marcha y ella fuera del coche.
—Si quiere saber de la casa de arriba, hay una mujer en Ansó —dijo, mirando el volante—. Nuria. Vivió de aquello y salió, que es más de lo que pueden decir otros. No le diga que va de mi parte. —Metió primera—. Y no espere que le cuente nada. Lleva dieciocho años sin contarlo.
La casa de arriba. Lo dijo como había dicho su madre aquello, como había dicho la del multiservicio cuánto tiempo.
Ansó estaba a media hora por la carretera que cruza el puerto entre los dos valles, y era Hecho con otra cara: las mismas chimeneas humeando rectas, las mismas calles vacías a media tarde.
Elena preguntó en la tienda por Nuria sin apellido, jugándosela, y la tendera, sin curiosidad, le dijo la calle: arriba del todo, la última casa antes del lavadero, la de la parra seca.
Llamó. Tardaron. Llamó otra vez, y cuando ya se iba se abrió la puerta un palmo, lo que daba de sí la cadena puesta por dentro.
Una mujer la miró por la rendija. Cincuenta y pocos, delgada, con el pelo teñido de un castaño que ya clareaba en las raíces y unos ojos que hicieron lo que hacen pocos ojos: la midieron entera, de las botas al pelo, en menos de un segundo, calculando.
—No compro nada.
—No vendo nada. —Elena se quedó quieta, las manos a la vista—. Busco a Nuria.
—¿Para qué?
—Me llamo Elena Vázquez. —Lo dejó caer despacio, observándola—. Soy la hermana de Marta Vázquez. La de Hecho. La que desapareció en Oza en 2008.
La cara no se movió. Fue la rendija: la puerta empezó a cerrarse, dos centímetros, un acto reflejo de la mano sobre la madera, antes de pararse.
Se quedó así mientras la mujer la miraba desde la sombra, y Elena vio a alguien hacer un cálculo muy rápido y muy viejo: si era peor dejarla entrar o dejarla en la calle diciendo aquel nombre delante de las ventanas de los vecinos.
Ganó la calle.
—Pase —dijo Nuria—. Pero no se quede mucho.
La cocina olía a brasero y a tabaco. Había un cenicero lleno en el hule y una labor de punto a medias en una silla, y Nuria volvió a la labor en cuanto se sentó, no por seguir tejiendo sino por tener las manos en algo. Encendió un cigarro con el ascua del anterior sin ofrecerle nada.
—Yo a su hermana la conocí —dijo, antes de que Elena preguntara, como quien suelta lo único que va a soltar para que no le pregunten lo demás—. Poco. Aquel verano. Coincidimos.
—¿Coincidieron dónde?
—En un sitio al que iba gente joven. A hacer cosas.
Charlas, dibujo, respiración, esas cosas.
—Las palabras le salían planas, recitadas, pero no como a Otal: a Otal le salían lisas de repetirlas; a esta le salían lisas de haberles quitado todo lo que pesaba, dejadas en los huesos para poder decirlas—.
Era bonito al principio. Una se sentía… escuchada.
Como si por fin alguien te entendiera por dentro.
—¿Qué sitio? ¿Dónde?
—Una casa. Arriba. —Movió la mano hacia la ventana, hacia el monte, hacia ninguna parte—. Ya no está eso. Hace años.
Mentía en lo último, y Elena lo supo por el modo en que lo dijo, demasiado deprisa, cerrando una puerta. La dejó pasar. Otra cosa la tenía clavada.
—Ha dicho «al principio».
Nuria se quedó con el cigarro a medio camino.
Y entonces empezaron las contradicciones, y Elena, que había subido temiéndose a la testigo de manual, la que dosifica enigmas, encontró lo contrario.
Nuria no tenía una historia ordenada. Dijo que conoció a Marta el verano del ocho, y dos frases después situó lo suyo «el verano que entré, el del seis, o el siete», y se enredó, y se corrigió, y se le quedó la mirada un momento en ese blanco que Elena conocía de otra cara.
No eran lagunas de mentirosa: eran huecos en su propia memoria, zonas comidas, fechas que ya no sujetaban, y se avergonzaba de ellos como otros se avergüenzan de una cicatriz.
—No me acuerdo bien —dijo, y por primera vez le tembló la voz, de rabia o de miedo—. Eso es lo peor, ¿sabe? Que de la peor parte de mi vida no me acuerdo bien. Hay cosas que sé que hice y no las tengo. Las sé de saberlas, no de acordarme. No es lo mismo. No es lo mismo, ¿eh?
—¿Qué cosas?
Silencio. La aguja del punto, parada. El humo subiendo recto, como las chimeneas del pueblo.
—Yo era de las que traían —dijo al fin, muy bajo, al regazo—. A otras. Las jóvenes se fían más de una cara joven, para eso… —No acabó. Aplastó el cigarro a medio fumar en el cenicero lleno—. No me haga decirlo entero. Llevo dieciocho años sin decirlo entero.
Elena no la ayudó. La dejó en el hueco.
—Pero yo no las buscaba —dijo de pronto, más deprisa, y volvió a coger la labor—.
Eso quiero que lo sepa, aunque no valga nada.
A mí me daban el nombre. En un papel. El nombre, el pueblo y a veces la edad, y yo me presentaba donde tocara y era simpática y ya está.
—Se paró—. Los nombres venían de fuera, ¿eh?
No los sacaban ellos de la casa. Venían de una consulta. De abajo.
—¿De qué consulta?
—Eso no lo sé. —Sacudió la cabeza, rápido—.
Vi un papel una vez que no tenía que ver, y tenía membrete, y era de una consulta, y yo entonces ni pensé nada, porque entonces yo no pensaba.
—Se le enredó la voz—. No me pregunte cuál, que ya no lo tengo.
Se me fue con lo demás. O me lo quitaron. Vaya usted a saber.
—Marta fue de las últimas que traje —dijo, y le costó cada palabra—. Diecisiete años. Le brillaban los ojos. —Levantó la cara, los ojos secos y rojos, de alguien a quien las lágrimas se le acabaron hace tiempo—. Entraba feliz, sí. Eso es lo peor de todo. Que entraba feliz.
Elena se quedó callada. Le subió el calor a la cara y se descubrió apretando el bolso contra el regazo. Dieciocho años creyendo que a su hermana se la había tragado el monte. Y fue un coche y unas buenas palabras.
—El catorce de septiembre —dijo—. ¿Usted estaba allí?
Nuria dejó la labor.
—El catorce —repitió, y lo repitió otra vez por dentro, moviendo los labios—.
Yo estaba, eso sí lo sé, porque era domingo y los domingos no se bajaba.
—Cogió el paquete de tabaco y no lo abrió—.
Nos mandaron arriba. A las habitaciones.
Temprano, con la luz apagada, y eso a esa hora no se hacía nunca.
Nunca. Y yo oí un coche subir, ya de noche, y después otro, o el mismo dos veces, no sé, que la pista suena igual siempre.
Y a la mañana siguiente la sala de abajo estaba fregada, olía a lejía, y faltaba una silla.
—¿Una silla?
—Una silla. —Se le fue la voz—. Fíjese qué tontería, de eso me acuerdo, y de lo demás nada. Yo no vi nada. No vi nada, ¿eh? Pero sé lo que no vi. No sé si me explico. No me explico.
—¿Quién dirigía la casa? —dijo Elena, y le costó mantener la voz quieta—. ¿Quién la llevaba? Deme un nombre.
Nuria negó con la cabeza, despacio, y el miedo le ganó otra vez la cara.
—No. Eso no. A ese no se le nombra y se sigue tranquila. —Apagó el cigarro aunque le quedaba medio—. Ya le he dicho más de lo que le he dicho a nadie. No sé ni por qué. Será por la cara. Tiene usted la misma cara que tenía ella el primer día. La de la que viene a que la entiendan.
Se levantó, dando por terminada la visita, y recogió la labor con las manos torpes.
Elena se levantó también. En la puerta, con la cadena ya en la mano para volver a ponerla en cuanto saliera, Nuria se quedó un segundo mirándola, y la midió otra vez, de arriba abajo, pero más despacio, buscando una marca que sabía dónde estaba.
—Oiga. Una cosa.
—Dígame.
—¿Usted ha venido por la chica del 2008 —preguntó Nuria— o por usted?