El abrigo verde CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Volvió a Gabardito a la mañana siguiente con la carpeta leída hasta las tres de la madrugada en la cocina de la abuela y con las preguntas de la víspera sin hacer. Sacó del bolso la funda transparente y le puso delante la fotocopia del dibujo.

—Esto estaba en el cuaderno —dijo—. Con un nombre: Borda de la Reclusa. ¿Le suena?

Otal cogió la funda con dos dedos, la sostuvo a la distancia de la vista cansada y la miró un rato largo. El nombre le dio igual. Fue el dibujo.

—Esto lo ha hecho alguien que estuvo delante —dijo—.

Y hace poco. —Señaló con la uña negra, sin tocar el plástico—.

Esa losa rota es de este otoño. El año pasado estaba entera; subí en octubre a por un cordero perdido y la vi entera.

—Le devolvió la funda—. La Reclusa la conozco.

Está alta, en el paco de Agüerri, donde no va nadie porque no tiene agua cerca y la pista se acaba media hora antes. Hay que subir a pie.

—¿Hoy?

Miró el cielo, miró el reloj, miró las botas de Elena, y arrancó el coche.

La pista se acababa media hora antes de la borda, en una campa con una cancela oxidada y un abrevadero seco.

Desde allí subieron a pie por una traza apenas marcada entre boj y erizón, con un viento que en el fondo no se notaba y arriba empezaba a cortar.

Otal subía delante, leyendo el suelo de un modo que Elena reconoció porque era el suyo en otro oficio: miraba las pisadas, no el paisaje.

Dos veces se agachó. La segunda se quedó agachado más tiempo.

—Aquí ha subido gente —dijo—. No ganado. Gente. Más de una vez, y a pie. —Pasó la mano sobre una mata de boj partida a la altura de la rodilla—. Y alguien grande detrás. Esto lo ha roto un paso largo.

Y siguió subiendo, sin decir más. La borda apareció en un repliegue de la ladera, de espaldas al norte, agachada contra la peña.

Y era el dibujo, hasta dar miedo: la piedra seca, el tejado de losa vencido a un lado, la puerta baja y negra, el fresno desnudo delante con sus raíces levantando las lajas.

Elena se acercó con la fotocopia, comparando como comparaba firmas: la mancha de liquen en la esquina noroeste, amarilla, idéntica.

La tercera losa del alero, rota. Y sobre el dintel, la herradura clavada con dos clavos y, al lado, el agujero limpio del tercero que faltaba.

Quien dibujó aquello había contado los clavos.

Había estado allí, parada delante, el tiempo de contarlos y de que el lápiz le temblara de frío.

—La puerta está solo entornada —dijo Otal, y empujó.

Dentro la luz entraba en una cuchilla por la puerta y por dos rendijas del tejado, y olía a piedra, a humedad, a animal antiguo y, por debajo, a algo más reciente: a cuerpo que ha dormido muchas noches en un sitio cerrado.

Cuando los ojos se hicieron, Elena lo fue leyendo despacio, sin tocar nada.

En un rincón, el más resguardado y a la vez con la puerta a la vista, había un jergón de hierba seca y, encima, una manta.

Doblada. Al lado, una caja de plástico: dos latas vacías raspadas hasta el fondo, una cuchara, media barra de pan dura como una piedra, una botella de agua a medias.

Un cabo de vela pegado a una laja con su propia cera, apagado.

Y en la pared, a la altura de la mano de quien estuviera tumbado, una hilera de marcas hechas con la punta de algo en el revoque: rayas verticales, agrupadas de cinco en cinco.

Elena las contó sin querer. No llegaban a tres semanas.

Otal se había agachado junto al hogar. Removió la ceniza con un dedo y la olió.

—Esto es viejo. De pastores, de hace años.

—Se limpió el dedo en el pantalón—. Aquí no ha encendido fuego nadie.

—Miró la manta, las latas, las rayas de la pared, y por una vez su voz práctica se quedó un segundo sin terreno firme—.

Ha pasado aquí lo más crudo del otoño, comiendo en frío, contando los días, y no ha encendido fuego ni una noche.

¿Sabe lo que es el frío que se pasa aquí en noviembre, de noche, sin lumbre?

—No.

—Pues quien estuviera aquí lo sabía, y aun así no encendió. El humo se ve desde todo el valle. —Se levantó, con las rodillas crujiéndole—. Del monte no se escondía.

Elena fue hacia el jergón. Y entonces, en el quicio bajo de la puerta, en el lado de dentro, enganchado en la cabeza de un clavo que asomaba de la jamba a la altura de la cadera, vio el trozo de tela.

Un jirón de paño. Verde. Verde oscuro, de buen paño, oscurecido en una punta por el roce.

Elena lo conocía: lo había tenido a un metro durante dos sesiones, sentado al borde de una butaca con las manos quietas en el regazo.

La mujer había entrado y salido por aquella puerta tantas veces, de costado, en la oscuridad, que el abrigo se le había enganchado y rasgado en el clavo.

No lo había cosido. No pensaba quedarse.

Lo descolgó y lo guardó en la funda, junto a la fotocopia.

Después cogió la manta. Era basta, de cuadros, de las de cuadra.

La levantó, y antes de poder evitarlo se la acercó.

Olía a lana mojada, a piedra, a la mujer.

Y debajo, muy al fondo, había una hebra de otra cosa, dulzona, que Elena reconoció y soltó a la vez, porque supo en el acto adónde iba a llevarla si la dejaba subir y no se podía permitir irse otra vez, no allí, no con Otal mirando.

Bajó la manta. Respiró por la boca. La hebra se quedó donde estaba, esperando.

Otal estaba en la puerta, agachado otra vez, mirando el barrillo helado del umbral donde da el sol un par de horas al día. La llamó con un gesto.

En el barro, al lado de las pisadas pequeñas y muchas que entraban y salían de la borda, había una sola pisada grande, profunda, de bota de monte, encarada hacia la puerta.

Una. La de alguien que había subido, se había parado a un paso del umbral y se había vuelto a ir.

Era reciente: el barro de dentro de la huella todavía no se había vuelto a llenar de hielo.

—Hay que dar parte de esto —dijo Elena, y se oyó usar la voz de perita, la que se sabía el procedimiento—. Una huella fresca, indicios de ocupación. Se fotografía, se preserva, se avisa antes de tocar nada más.

—¿Avisa a quién? —Otal no se levantó—. ¿A los dos guardias de Hecho, para que suban, lo pisen, y mañana lo sepa en el bar quien dejó esa bota? En cuanto esto entre en un papel oficial deja de ser suyo. Y quien anda detrás de esa mujer se mueve en los papeles oficiales mejor que usted y que yo.

Elena no contestó enseguida. Sabía que tenía razón, y supo a la vez que darle la razón la metía en un sitio en el que no había estado en siete años de oficio: el del que decide no registrar una escena, no avisar, y bajarse una prueba en una funda.

Lo correcto era exactamente lo contrario de lo que iba a hacer. Lo hizo igual.

Miró la manta de cuadros que llevaba colgada del brazo, doblada: la única manta de una mujer que se moría de frío, y la había dejado atrás.

Se la llevó. La bajó pegada al pecho toda la media hora de descenso.