CAPÍTULO 15
La pista de Gabardito subía en revueltas cortas desde la carretera del valle, con el barranco abriéndose a la derecha cada vez más hondo.
Elena la hizo en primera, con las ruedas mordiendo la grava helada de las umbrías, y dos veces tuvo que echarse a un lado para dejar bajar un todoterreno: el guarda forestal primero, un ganadero después, los dos levantando una mano sin sonreír, ese saludo del valle que reconoce y no acoge.
El refugio apareció al final de la pista, en una campa: piedra y madera oscura, una pila de leña recién partida bajo un plástico verde, humo saliendo recto de la chimenea en el aire quieto, ningún otro coche.
Olía a haya quemada y a establo, y por encima de todo se oía el golpe seco, regular, de un hacha.
Otal estaba detrás, partiendo leña sobre un tocón, en mangas de camisa pese al frío.
Un hombre grande, de sesenta y muchos, con el pelo blanco corto y las manos de quien ha pasado la vida agarrándose a la roca: nudos en los dedos, una uña negra, la piel curtida hasta el codo.
La oyó llegar y no paró: colocó otro tronco, lo partió de un golpe limpio, separó las dos mitades con el pie, colocó otro.
Elena esperó a unos metros y dejó que él decidiera cuándo mirarla.
Tardó cinco troncos.
—Llega tarde —dijo, sin volverse—. La llamé el lunes para decirle que no subiera.
—No me ha llamado.
—No tengo su número. —Clavó el hacha en el tocón y la dejó allí temblando. Entonces se volvió—. Era una manera de hablar. Tenía que haber pensado yo solo que no debía decirle que subiera.
Tenía los ojos claros, de un azul desteñido, y la miró de arriba abajo una vez, sin disimulo, como se mira el material antes de una salida. Lo que vio no pareció tranquilizarlo.
—Es usted igual que su padre —dijo, y no era un cumplido—. La misma cara de no irse.
Echó a andar hacia el refugio sin invitarla, dejando la puerta abierta detrás, que en aquel hombre era lo más parecido a una invitación que iba a haber.
Dentro hacía calor de estufa y olía a café recalentado. Una sala larga con mesas corridas, un panel con los partes de avalanchas, una radio de banda recitando cotas y vientos. Otal le puso delante un tazón sin preguntar, se sirvió otro y se sentó enfrente con la espalda muy recta.
—Diga.
Elena había subido con un plan: ir por orden, pedirle el expediente, medirle los silencios, no hablarle de la mujer hasta tener confianza.
Y en cuanto se sentó frente a aquel hombre que la miraba sin lástima y sin alarma, sintió aflojarse algo que llevaba semanas tenso y empezó a hablar de más.
Le contó el abrigo verde, las dos sesiones, el muro del Paco, el nombre del perro.
Del cuaderno le habló sin enseñárselo. Otal la escuchó entera, con la vista en el tazón, y cuando terminó no dijo eso es imposible ni está usted enferma, que era lo que Elena llevaba un mes temiendo oír de la primera persona a la que se lo contara entero.
Dijo:
—¿Y la cree?
—No lo sé. La parte de mí que sabe de esto dice que no puede ser verdad. Y dice también que está diciendo la verdad. Las dos cosas a la vez.
Otal asintió, bebió café y dejó pasar la contradicción sin tocarla.
—Su hermana —dijo— no se perdió en el monte.
Lo soltó plano, y a Elena se le quedó el tazón a medio camino.
—El monte lo conozco —siguió él, mirando la radio—.
Treinta años de rescates. Sé cómo se pierde la gente y sé cómo aparece.
Los que se pierden andando aparecen monte abajo, en un barranco, en una balsa, donde los lleva el agua o la pierna rota.
Tardas, pero aparecen. Su hermana no apareció porque su hermana no se quedó en el monte.
—Volvió la cara hacia ella—. Eso lo dije en septiembre de 2008 y lo dije mal, demasiado pronto, delante de quien no debía, y me costó caro.
—¿Quién no debía?
En vez de contestar se levantó, cogió una carpeta de encima del armario metálico —gruesa, de gomas, con los cantos gastados de manosearla— y la dejó en medio de la mesa, sin empujarla.
—Copias. De todo lo que pasó por mis manos antes de que me apartaran del caso.
Las batidas, las cuadrículas, las declaraciones, lo que entró y lo que se quedó fuera.
No debería tenerlas. Llevo dieciocho años sin saber qué hacer con ellas.
—Se quedó mirándola—. Quémelas usted, si quiere. Yo no he podido.
Elena no la tocó todavía. Aquella carpeta no estaba en el fondo de un cajón: estaba manoseada, y estaba encima del armario, a mano, sin que él hubiera tenido que buscarla.
—Hábleme del coche —dijo Otal de pronto, aunque ella no había preguntado por ningún coche.
—¿Qué coche?
—El de la pista de Escalé. —Se recostó, y por primera vez la voz le salió distinta: más rápida, más fluida, recitada—.
El catorce, al anochecer, un pastor que bajaba el ganado vio un coche parado en la pista forestal de Escalé, donde no aparca nadie porque no lleva a ningún sitio, solo a una cancela y al monte.
Lo vio de lejos, con poca luz, un turismo oscuro, no supo decir la marca.
Para cuando lo declaró habían pasado cuatro días y ya se buscaba en otra dirección.
Nadie subió a mirar rodadas. Cuando yo quise mandar a alguien, me dijeron que un coche en una pista un domingo por la tarde no era nada, que sería de cazadores, que no dispersara recursos.
—Apretó el tazón—. Recursos. Esa palabra usaron.
Mientras lo escuchaba, una parte de ella tomó nota de algo que tardó en nombrar.
El relato del coche salía con bordes: dudaba, se corregía, no supo decir la marca, lo vio de lejos, con poca luz.
La textura áspera de los recuerdos verdaderos, llena de huecos honestos.
Todo lo demás —las fechas, el orden de las batidas, lo que dijo y a quién— había salido liso, sin un espere, ¿eso fue antes o después?
, con la fluidez de algo contado mil veces hasta gastarle los relieves. Una declaración aprendida.
Lo archivó y no dijo nada.
—Esa pista de Escalé —preguntó en cambio—, ¿lleva a alguna borda?
Otal la miró un segundo de más.
—Llevan a bordas todas las pistas de este valle. ¿Por qué?
—Por hacerme el mapa —dosificó ella, tarde y mal.
Bebieron en silencio. Y entonces Elena cometió el error que llevaba toda la mañana queriendo cometer, porque le pesaba menos compartir el miedo que cargarlo sola: le describió al hombre del Tubo sin ahorrar un detalle.
Cincuenta y tantos, grande, parka gris verdosa de monte, botas de trekking marrones usadas, pelo gris corto.
Y el andar, sobre todo el andar: económico, resuelto, sin gastar nada, un andar que no improvisaba.
—Camina —dijo Elena— como camina la mujer del abrigo. Igual. Como si los hubieran adiestrado en el mismo sitio.
Otal había dejado de beber.
No se sobresaltó ni soltó el tazón: se quedó demasiado quieto. Duró lo que dura un parte de viento en la radio. Después dejó el tazón, despacio, y se levantó a echar a la estufa un tronco que la estufa no necesitaba.
—Aquí sube mucha gente de monte —dijo, de espaldas—. Esa pinta la tiene media comarca.
Y eso fue todo. No preguntó dónde lo había visto ni si la había seguido: ninguna de las preguntas que hace alguien a quien le describen a un desconocido que ronda a una mujer. Cuando se volvió ya tenía otra vez la cara de partir leña.
—Coja la carpeta —dijo—. Y váyase antes de que se haga de noche en la pista.
—Antes quiero que me suba a Oza —dijo Elena—. Esta tarde.
Otal miró el reloj, miró el cielo y miró las botas de Elena. Ninguna de las tres cosas pareció convencerlo. Dijo que sí como decía todo, como si le costara dinero, y fue a por las llaves.
Subieron en su todoterreno, que olía a pienso y a tabaco apagado.
La carretera se estrechó después de Hecho y se metió en la Boca del Infierno, donde el Aragón Subordán corre encajonado entre dos paredes de roca y el sol no entra hasta el mediodía ni en verano.
Elena había hecho aquel tramo cien veces de niña, en el asiento de atrás del Laguna, con la mano fuera notando el frío que sube del agua.
Lo reconoció con el cuerpo antes que con los ojos.
Otal conducía sin hacer de guía, y eso fue lo único que Elena le agradeció de verdad en toda la tarde.
Oza se abrió después del desfiladero: el hayedo subiendo por las dos laderas, las hayas de noviembre ya medio desnudas, la hojarasca cobriza y un olor a tierra fermentada que lo llenaba todo. El camping estaba cerrado, la barrera bajada, las mesas vacías y mojadas bajo los árboles.
—La última vez que se la sitúa con seguridad es aquí —dijo Otal, parándose junto a las mesas—.
Comieron en estas mesas, su familia y otra gente.
Sobre las cuatro y media, las cinco, su hermana cogió el cuaderno y subió a dibujar.
—Señaló con la barbilla hacia donde el sendero se metía en el bosque—.
Por ahí. A la Corona de los Muertos, los círculos de piedra.
Es media hora de subida. La buscamos arriba veintidós días.
Elena miró las mesas. Sabía cuál sin tener ninguna razón para saberlo: la tercera, la del fresno, donde Marta se había quitado el anillo con los dientes.
El recuerdo había vuelto entero en el trastero, semanas atrás, y verlo ahora encajado en la madera de verdad le revolvió algo en la boca del estómago.
Apoyó la mano en el tablero mojado y la retiró enseguida.
—Vamos arriba.
Empezó a subir delante, lo cual fue un error, porque significaba que nadie le veía la cara.
El hayedo se cerró por encima con esa luz verde y baja de debajo del agua.
Olía a boj y a hoja podrida, y a la derecha el suelo bajaba al barranco, donde se oía el agua sin verla.
Elena subía midiéndose la respiración, contando pasos, convirtiendo el sendero en datos.
Pendiente. Distancia. El primer rellano.
Una haya caída con una flecha de pintura amarilla descolorida.
Y a partir de la haya caída, el cuerpo empezó a irse.
No de golpe. Primero las piernas, pesadas, como cuando se sube con fiebre.
Luego el oído: el rumor del agua creció, se le metió dentro, se volvió un zumbido que tapaba lo demás.
Tragó saliva y la saliva sabía a metal. Siguió subiendo porque parar habría sido admitir algo, y entonces el sendero rodeó un peñasco cubierto de musgo y se abrió a un claro pequeño donde el camino se partía en dos.
Allí se paró. No lo decidió ella; se paró el cuerpo.
El estómago le subió a la garganta. Las piernas dejaron de ser suyas: las notaba y no le respondían.
El frío le entró por la nuca y le bajó por la espalda, de dentro hacia fuera.
Vio el claro ladearse y tuvo que agarrarse al tronco de una haya joven, y el tronco estaba frío y húmedo y real y aun así no consiguió sujetarla del todo en el sitio donde estaba.
No vio nada. Fue solo cuerpo. El olor de la hojarasca se volvió otro olor, dulzón, de tapicería, y oyó —no recordó: oyó— una voz de hombre diciendo algo amable muy cerca, sin palabras, solo el tono, y una mano, ¿la suya?
, abriéndose. Las rodillas se le doblaron.
Se encontró agachada junto al haya, con la frente casi en la corteza, respirando en cuatros, con arcadas secas que no llegaban a nada y los ojos llenos de un agua que no era llanto, que era reflejo.
Otal había llegado a su altura. Se quedó a un paso, de pie, sin tocarla, mirando el claro y no a ella, y esperó como se espera a que escampe.
Poco a poco el zumbido bajó, el suelo se quedó quieto, las piernas volvieron a ser suyas, vacías y temblonas pero suyas.
Elena se incorporó agarrada al tronco, con la boca amarga y la camisa pegada a la espalda.
Le ardía la cara de una vergüenza absurda, profesional: ella explicaba esto en las salas, lo dibujaba en diapositivas, y nunca, hasta aquel claro, lo había tenido dentro.
—No estoy enferma —dijo, y la voz le salió rara.
—No he dicho nada —dijo Otal.
Elena miró las dos ramas del camino para agarrarse a algo concreto. La de la derecha seguía subiendo, marcada, con su flecha amarilla repintada un poco más arriba.
—¿Esa sube a la Corona?
—Esa sube a la Corona.
La otra, la de la izquierda, era más ancha y más cómoda, casi llana, y no llevaba marca ninguna. Bajaba en suave hacia el oeste, contorneando la ladera, y se perdía entre las hayas en dirección contraria a los círculos de piedra. Un camino que una cría cansada habría agradecido.
—¿Y esa?
Otal tardó en contestar. Miró el ramal de la izquierda un rato largo.
—Esa es la vieja pista de carros. No lleva a ningún sitio de interés. Da la vuelta a la ladera y baja a empalmar con la forestal. —Media pausa—. Con la de Escalé.
El nombre le cayó dentro y se quedó allí, junto al coche del pastor, junto a la poca luz del catorce al anochecer, sin que ella terminara de juntar las dos cosas, porque juntarlas le daba más miedo del que podía permitirse de pie en aquel claro.
Lo que sí registró fue dónde se había parado: no en la subida a la Corona, donde la habían buscado veintidós días, sino en el cruce, donde el camino marcado de su hermana se encontraba con el camino sin marcar que bajaba hacia el coche.
Bajaron con la luz cayendo de lado entre las hayas, y fue después, ya sola en la pista, con la carpeta de dieciocho años en el asiento de al lado, cuando el alivio de haber sido creída se retiró y le dejó ver debajo las dos cosas que había pasado por alto.
La carpeta ya estaba fuera cuando ella entró, encima del armario, gastada de manosearla.
Podía ser que la hubiera sacado para ella, el lunes, cuando intentó avisarla de que no subiera.
O podía ser, y esto le pareció más probable y peor, que la tuviera siempre fuera: que la bajara y la abriera y la volviera a subir cada pocos días, dieciocho años, un hombre solo releyendo el peor papeleo de su vida en un refugio vacío.
Y estaba el tronco que no hacía falta.
Elena frenó en la cancela de ganado, con el motor al ralentí, y miró por el retrovisor el humo recto del refugio sobre las hayas.
Pensó en dar la vuelta y preguntarle por qué tenía la carpeta tan a mano y a quién había creído que iba a vérselas con la parka.
Pasó la cancela, que traqueteó bajo las ruedas, y siguió bajando.