CAPÍTULO 14
La calle mayor de Hecho bajaba entre dos hileras de casas con los postigos cerrados, y a las once y media de la mañana de un miércoles de noviembre no había en ella más que un perro viejo tumbado en un portal, un tractor aparcado en seco contra una pared y el olor a leña quemada que en el valle no se va nunca del aire.
Elena dejó el coche junto a la fuente, y cuando apagó el motor el silencio entró de golpe, con un fondo de agua corriendo por debajo de todo: el río, o una acequia, ese rumor que de niña dejaba de oír a los dos días y que ahora, al cabo de dieciocho años, le pareció altísimo.
El frío la recibió por los tobillos, un frío sin viento que se quedaba quieto contra la ropa. Se subió el cuello del abrigo.
Lo tenía todo planeado menos la primera hora.
A Otal lo llamaría desde el bar, no desde el móvil; al pueblo entraría como perita, con un asunto de la Guardia Civil por delante; a nadie le diría quién era.
Y no había pensado dónde iba a dormir. Echó a andar hacia la casa de la abuela sin haberlo elegido, los pies tirando por una calle que la memoria no recordaba y las plantas sí.
La llave era de hierro, larga, con el paletón comido de óxido, y entró en la cerradura con una facilidad que la sorprendió.
Tuvo que empujar con el hombro: la madera se había hinchado contra el marco y cedió entera, con un quejido, y la casa exhaló hacia la calle el aire que llevaba diecisiete años guardando.
Olía a cerrado, a yeso húmedo, a ceniza fría, y por debajo a algo dulzón que Elena no quiso identificar y que era el olor de la casa de su abuela, intacto, esperándola en la oscuridad.
Sin encender la luz, se quedó en el umbral, con la claridad gris de la calle entrando por detrás, mirando el arca, el perchero de asta con un abrigo de hombre que era del abuelo, los peldaños gastados en el centro por cien años de pies.
Nadie había tocado nada. La casa se había quedado parada en el día exacto en que la abuela dejó de barrerla.
Cerró la puerta y bajó otra vez, con la llave todavía caliente en el puño, a convertir el miedo en tarea. Buscó lo único que en un pueblo de montaña sigue abierto en noviembre: el multiservicio, tienda y bar y estanco y todo, con su luz amarilla contra la mañana gris.
Dentro olía a café y a embutido. Una mujer de sesenta y tantos secaba vasos detrás de la barra, y había dos hombres mayores en una mesa del fondo con el dominó sin empezar y el vino del mediodía empezado.
Elena pidió un café y preguntó por el pan, por el agua de las casas viejas, por si quedaba dónde dormir en temporada baja.
La mujer le contestó a todo sin prisa, con amabilidad de oficio.
Y entonces, al dejar el café en el plato, la miró bien por primera vez, con el trapo quieto en la mano, y Elena vio cómo le llegaba el reconocimiento, lento, por detrás de los ojos.
—Tú eres de los Vázquez —dijo. No era una pregunta—. La nieta de la Pilar. La pequeña.
—Sí —dijo Elena.
La mujer no sonrió. Fue otra cosa: una retirada hacia atrás sin moverse del sitio. Dejó el trapo en la barra. El apellido le había cambiado la cara. En la mesa del fondo, uno de los hombres del dominó había levantado la cabeza y miraba hacia la barra sin disimulo.
—Cuánto tiempo —dijo la mujer, y en las dos palabras cabía todo: el verano de 2008, las batidas, el pueblo entero subiendo al monte con linternas, las tres semanas, la reducción, los dieciocho años de después.
—Vengo por trabajo —dijo Elena, y oyó su propia voz salir con la firmeza ensayada del peritaje—. Un asunto para la Guardia Civil. Cosa de unos días.
La mujer asintió despacio, sin creérselo y sin discutirlo. Recogió el trapo. Volvió a los vasos.
—Aquí los Vázquez tenéis la casa —dijo, sin levantar la vista—. No te hará falta hostal.
Y eso fue todo. Ni pésame retrasado ni la curiosidad que Elena había temido: una puerta que se cerraba con suavidad, sin ruido. En aquel pueblo su apellido no abría; pesaba.
Pagó, compró el pan y una bolsa de cosas que durasen, y subió la cuesta con la mirada del hombre del dominó en la espalda todo el camino.
Esta vez encendió la luz. Subió las escaleras con la madera quejándose bajo sus botas nuevas, y en el rellano supo cuál era cuál sin pensarlo. La de la abuela, a la derecha, con la puerta entornada. La de matrimonio, al fondo. Y a la izquierda, la pequeña, la de las niñas, la del verano.
Miró dentro de la de la abuela al pasar, por costumbre de mirarlo todo.
El mismo polvo manso de diecisiete años sobre la cómoda, la jofaina, el cabecero de hierro.
Todo quieto, todo gris. Todo menos una cosa: en el alféizar, en la madera, el polvo estaba barrido en una franja limpia del ancho de un antebrazo apoyado.
El resto del cuarto lo tenía entero, asentado. Solo aquella banda estaba limpia.
El polvo no se barre solo, y en una casa cerrada se posa parejo; una franja limpia era reciente, porque la vieja se habría vuelto a cubrir.
Pensó en su padre, en el gestor que llevaba lo de la herencia, en su madre, en cualquiera con una copia de la llave.
Pensó en el viento. Nadie encajaba del todo, y la casa no le dio más. No la anotó. Todavía no.
Empujó la puerta de la izquierda.
Dos camas estrechas, separadas por una mesilla con un tapete de ganchillo.
Las dos hechas, con las colchas de cuadros subidas hasta la almohada, con la pulcritud de las camas que ya nadie deshace.
Encima de una, una estampa descolorida de la Virgen; encima de la otra, el rectángulo más claro del papel donde durante años había habido algo colgado y ya no había nada.
La llevaron los pies hasta la cama de la izquierda, y las rodillas, que se le doblaron solas para sentarse en el borde.
El colchón cedió con un suspiro de muelles viejos.
Olía a humedad y a lavanda seca, a las bolsitas que su abuela metía entre las sábanas y que nadie había retirado nunca.
Elena se quedó sentada, con la bolsa del pan todavía en la mano, mirando la otra cama, la de Marta, hecha y tensa y vacía, a un metro, al alcance de la mano que de niña estiraba en la oscuridad para tocarle el hombro a su hermana cuando el viento hacía ruido en el tejado.
Dejó la bolsa en el suelo, se quitó las botas tirando del talón con la punta del pie como a los quince años, y se tumbó encima de la colcha con el abrigo puesto, de lado, mirando la cama vacía de Marta, mientras la luz de la ventana se iba poniendo de tarde y la casa crujía despacio a su alrededor, acomodándose otra vez al peso de alguien dentro.