El abrigo verde INTERLUDIO II
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INTERLUDIO II

INTERLUDIO II

Aquella mañana no era de subir.

Las mañanas son de la casa. La ropa, las camas, el desayuno de las de abajo, el cubo.

Aquella no. Vinieron a decirle algo la noche antes, en la puerta, sin quitarse las botas, y por la mañana me dijo que cogiera la bolsa y no dijo para qué.

Nunca dice para qué. Yo tampoco pregunto: llevar es lo mío.

Nunca sé lo que va dentro. Pesa como pesan las herramientas, con esquinas, y suena una vez cada tres pasos.

Subimos por detrás del hayedo, por donde no hay traza. Yo llevaba los calcetines de casa dentro de las botas y se me metió el agua de la hierba por arriba, y me entró el frío por los tobillos, y me acuerdo de que pensé: esto es mío. El frío siempre llega antes que lo demás.

Hicimos como una hora. Él no habla cuando anda. Se paró dos veces y miró atrás, no a mí: al camino que habíamos hecho, a ver si se notaba.

Arriba hay una piedra grande, tirada, con el musgo de un solo lado. Se quedó allí y se puso a mirar el suelo. Estuvo mucho rato mirándolo, de pie, con las manos en la espalda. Después movió la hojarasca con la punta de la bota. Adelante y atrás, dos o tres veces, sin agacharse.

Y dijo:

—Aquí Marta no le hace daño a nadie.

Dijo mi nombre mirando el suelo.

Yo lo oí desde fuera. Lo cogí y lo fui a poner donde pongo las cosas, y no entraba. Lo puse en otro sitio y tampoco. Me quedé con la bolsa agarrada con las dos manos, y de todo aquello es de la bolsa de lo que más me acuerdo: el asa de plástico trenzado marcándome los dedos, el frío del asa.

Terminó. Se le nota cuando termina, porque suelta el aire por la nariz y se toca el reloj.

Le acerqué la bolsa.

No la cogió.

Se quedó donde estaba, mirando lo mismo, con la mano a medio subir, y yo con el brazo estirado, y así estuvimos.

No sé cuánto. Lo bastante para que me empezara a pesar el brazo, que es la única manera que tengo yo de medir el tiempo.

A lo mejor no me había visto. A lo mejor estaba cansado, que aquel año se cansaba en las subidas y no le gustaba que se le notara.

Después la cogió, y en cuanto la tuvo en la mano ya era él otra vez.

—La gente busca siempre más arriba —dijo.

Y echó a andar.

Bajamos. Yo delante, que es como se baja cuando se lleva peso.

Aquella noche, en la cama, todavía tenía los pies fríos.