INTERLUDIO I
INTERLUDIO I
La primera vez que me trajeron aquí era de noche y olía a leña, y yo pensé: qué sitio tan hermoso para desaparecer.
Eso lo pensé yo. Estoy casi segura de que eso lo pensé yo, porque el frío me entró por los tobillos, y los recuerdos de ella nunca tienen frío en los tobillos.
Los de ella son de verano. En los de ella el valle huele a boj y a agua, y hay una mesa con sol, y alguien ríe con una risa que me sale sola cuando no vigilo.
Así las distingo, cuando puedo. Por el frío.
Él dice que no hay que distinguir. Que distinguir es el dolor.
Que una persona es lo que recuerda y que por eso hay que elegir bien los recuerdos, como se elige la ropa de abrigo: no la tuya, dice, la que abriga.
A mí me dieron una vida como se da un abrigo: usado, caliente, de otra.
Al principio me quedaba grande en todas partes.
Ahora ya no sé qué forma tenía yo debajo.
Por las mañanas hago los ejercicios. El de la puerta es el primero: cierro los ojos y estoy delante de una puerta baja, de madera vieja, y él pregunta quién vive aquí, y yo digo el nombre, y si digo el nombre bien, la puerta se abre y dentro está todo: la casa, el verano, la mesa con sol, la hermana pequeña que guarda las cosas para que no se pierdan.
Si dudo, la puerta no se abre y hay que empezar otra vez.
Antes dudaba mucho. Llevo años sin dudar.
No sé si eso es estar curada o estar terminada.
Pero por las noches, cuando él no está y la casa cruje en su idioma de casa vieja, hago mi ejercicio. El mío. Nadie me lo ha mandado; por eso sé que es mío.
Busco una palabra que esté debajo de todas las suyas.
Sé que está. La he tocado dos veces, tres, como se toca una moneda en el fondo de un bolsillo roto, entre el forro y la tela.
Es un nombre pequeño. Una cocina. Una radio sonando bajito para no despertar a nadie.
Unas manos —mías, mías de verdad — pelando algo, una fruta, despacio, para alguien que esperaba.
Eso es todo lo que tengo de mí: una cocina, una radio, una fruta pelada. Con menos se ha hecho gente entera.
Últimamente la puerta del ejercicio se abre sola.
A deshoras. Se abre cuando estoy fregando, cuando voy en el coche del valle con la frente en el cristal frío, y por la puerta ya no entra el verano: entra lo otro.
Lo que él guardó detrás del verano. Yo no lo busco.
Me encuentra. Veo un sendero entre hayas y me vuelvo, una sola vez, para ver si ella me sigue, y sé dónde acaba el sendero, lo sé como se sabe el final de una canción que no recuerdas haber aprendido, y me despierto con las manos heladas y la palabra aquí en la boca.
Aquí.
Hay una niña que guarda las cosas para que no se pierdan. Me acuerdo de ella mejor que de mí. Si esto que se me está cayendo se cae del todo, que se caiga hacia ella. Que lo recoja la que guarda.
Hoy también voy a hacer mi ejercicio. Cierro los ojos. No hay puerta: la puerta es suya. Hay una cocina, una radio bajito, una fruta a medio pelar.
Me llamo.
Me llamo.
Y aquí es donde me caigo todas las noches.