El abrigo verde CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Mintió a Anadón el martes a última hora, por teléfono, mientras metía los mapas de su padre en el maletero.

—Me llevo el expediente y trabajo fuera unos días. Asunto de familia. El informe lo tendrás el viernes en el correo.

—No te pregunto. —Anadón masticó algo al otro lado, quizá un palillo, quizá la frase—. Pero el catorce a las diez en punto te quiero en esa sala con la cabeza entera. Bergua no viene a discutir contigo, viene a gustar más que tú. A los que vienen a gustar solo se les gana con la cabeza entera.

—La tendré.

Era la mentira número no sabía cuántos; había dejado de llevar la cuenta, y dejar de llevar la cuenta también era un dato.

Hizo el equipaje aquella noche para dos viajes distintos que compartían maleta.

El viaje de la perita: el portátil, el expediente Espés, el cuaderno de tapas negras en su funda, la fotocopia, las actas, la grabadora.

Y el otro viaje, el que no se atrevía a nombrar: las botas de monte compradas el sábado, estrenadas en el pasillo del piso para no confesarse que las estrenaba; los mapas del padre con sus once otoños de cuadrículas; el anillo, que ya no contaba como equipaje porque no se lo quitaba; y la llave de la casa del pueblo, una llave de hierro antigua, absurda, casi medieval, que llevaba cinco años en el cajón de la entrada dentro de un sobre con la letra de su padre: Hecho .

Salió el miércoles a las ocho, con el día recién hecho y el cierzo barriendo la autovía.

Zaragoza se deshizo en polígonos, los polígonos en campos pardos, y la niebla del Ebro la acompañó hasta Huesca como una escolta baja y sucia que el sol fue rindiendo a media mañana.

Después la tierra empezó a arrugarse, primero en lomas, luego en serio, y el Pirineo salió por fin de detrás del parabrisas, todavía sin nieve casi, esperándola exactamente igual que la última vez.

En Puente la Reina paró a echar gasolina que no necesitaba.

Lo supo mientras lo hacía: el depósito iba a tres cuartos.

Paró porque parar era lo último que se podía hacer antes de la frontera, y se quedó un par de minutos junto al surtidor, con la pistola colgando de la mano, mirando el cartel verde al otro lado de la nacional.

VALLE DE HECHO. La A-176 salía de la rotonda hacia el norte y se metía entre las primeras peñas.

Cinco días antes había llegado hasta allí y había dado la vuelta.

Se acordó de la mujer del primer lunes, de su manera de sentarse al borde de la butaca, de la frase con la que empezó todo, y pensó, con una claridad sin drama, que cruzar o no cruzar aquella rotonda era la última decisión que iba a tomar siendo solamente Elena Vázquez, perita, treinta y tres años, consulta en el paseo Sagasta.

Lo que viniera después vendría para alguien más.

Devolvió la pistola al surtidor. Pagó. Cruzó.

La carretera del valle era estrecha y vieja y la conocía con un cuerpo que no era el suyo de ahora: las curvas le llegaban avisadas desde el asiento de atrás de un Laguna gris, desde una infancia de mareos y ventanilla bajada.

Javierregay. Embún, con su olor a leña ya en el aire.

Los chopos desnudos del río Aragón Subordán haciendo calle.

El valle se fue cerrando a los lados, las peñas subieron, el cielo se quedó en una franja, y la niebla, que en el llano era escolta, allí arriba era dueña: bajaba en jirones por los barrancos y se quedaba enredada en los pinos como ropa tendida de otro siglo.

Elena conducía despacio, con las dos manos, girando el anillo en el meñique en cada recta corta, y no encendió la radio.

Pasado Urdués, en la última revuelta, el valle se abrió de golpe, sin avisar.

Y allí estaba Hecho, al fondo, apretado y gris sobre el verde apagado de noviembre, los tejados de losa escalando la ladera, el humo de veinte chimeneas subiendo recto en el aire quieto, y detrás, cerrando el mundo, la mole parda de las peñas con la primera nieve sucia en las cumbreras.

Paró el coche en el arcén de la última curva, donde paraban los turistas en agosto a hacer la foto, y se quedó mirando el pueblo de su hermana muerta, el pueblo de su abuela, el pueblo de los veranos, con el motor al ralentí y las manos en el volante.

Dieciocho años evitando un lugar, pensó, y resulta que cabían en dos horas de coche.

Quitó el freno de mano y bajó hacia el pueblo, y la niebla, detrás de ella, fue cerrando la carretera.