CAPÍTULO 11
La estación de Delicias a las ocho y media de la mañana era un hangar de luz gris donde la gente esperaba mirando paneles, y Elena llevaba veinte minutos fingiendo ser una más delante del andén de los autobuses de la montaña.
Había sido Begoña, el viernes al cierre, quien le dio el hilo sin saber que daba nada.
Repasaban por enésima vez los detalles de la señora —Elena lo había convertido en rutina de cierre— cuando Begoña, poniéndose el abrigo, dijo de pronto: «Ah, y una vez me preguntó si desde aquí se iba andando a la estación de Delicias.
Le dije que media horita larga. Me dio pena, con la edad de la mujer, pero no llevaba pinta de querer taxi. »
Delicias. Desde Delicias no salía nada hacia el pasado de Elena salvo una cosa: la línea de la Jacetania.
Zaragoza, Huesca, Jaca, y desde Jaca el coche del valle.
Las sesiones eran los lunes a las nueve y media; el autobús de la montaña entraba en Zaragoza hacia las nueve menos diez.
Media horita larga andando, no: la mujer del abrigo verde llegaba justa, y por eso llegaba puntual hasta el minuto, con la puntualidad que le ponía el horario de otro.
El lunes veintitrés, Elena no abrió la consulta.
Le dejó las citas a Begoña con una excusa y a las ocho y media estaba en el hangar gris, sin saber muy bien qué iba a hacer si la veía bajar: si abordarla o solo comprobar.
No tuvo que decidirlo. El autobús de Jaca entró a las nueve menos doce, vació un pasillo de estudiantes, dos militares de Sabiñánigo y media docena de abrigos, y ninguno era verde.
Elena esperó a que el conductor terminara con las maletas. Era un hombre de cincuenta y tantos con la chaqueta de la empresa y cara de llevar media vida haciendo el puerto de Monrepós con todos los tiempos.
—Perdone. —Le enseñó su carnet del colegio profesional, que no servía absolutamente para nada allí, pero los plásticos con foto abren más que las explicaciones—.
Estoy buscando a una pasajera de esta línea.
Una señora de unos cincuenta y muchos, pelo gris recogido, abrigo de paño verde. Viaja los lunes.
El conductor ni lo pensó. Esa fue la primera sorpresa: no hubo esfuerzo de memoria, no hubo pues no caigo . Los habituales de una línea de montaña son familia.
—La del abrigo verde —dijo—. Sí, mujer. Sube en Puente la Reina, del coche del valle. Siempre en el primer asiento, siempre con el billete justo. Maja, pero de hablar poco. —Entornó los ojos hacia el autobús vacío—. Con hoy, dos lunes que no sube.
—¿Dos?
—El lunes pasado ya la eché en falta. Y mire que no falla, ¿eh? Será que está mala. —El hombre cargó la última maleta y cerró la bodega con un golpe seco—. Si la ve, dígale que Manolo le guarda el asiento.
Elena se quedó en el andén mientras el autobús maniobraba, con el carnet todavía en la mano y dos certezas nuevas instalándose donde duelen las certezas.
La primera: la mujer venía del valle. No de Jaca, no de Huesca: de Puente la Reina, del coche del valle, del trozo exacto de mapa donde su padre había gastado once otoños de lápiz. Todo aquel mes había sido un péndulo entre Zaragoza y el valle, y el péndulo acababa de pararse en un lado.
La segunda certeza era peor, y tenía la forma de una cuenta. Si un lunes no vengo, no me busques tú. Un lunes era el dieciséis. Con hoy, dos.
El panel del andén parpadeó y ofreció, en letras ámbar, el viaje de vuelta: JACA, 11:00. Elena miró las letras más tiempo del razonable. Le quedaba una conversación pendiente en Zaragoza, una sola, y después ya no habría más excusas que el miedo.
Sacó el móvil y le escribió a su madre: Mañana por la tarde me paso. Tenemos que hablar.
Carmen contestó a los veinte minutos, y su respuesta fue todo el personaje en cinco palabras:
Te pongo cena. No tardes.