CAPÍTULO 10
Las siete fotografías de la rueda de reconocimiento llevaban tres días desplegadas en la mesa del comedor, y Elena había llegado a ese punto del trabajo en que el caso se ve entero, de una vez, como un mecanismo con la carcasa quitada.
Elena escribió la conclusión del borrador con una frase que sabía que Anadón subrayaría: No hay en este expediente una identificación; hay la historia de cómo se fabricó una.
Después miró la hora, miró la instancia del juzgado de Jaca esperando en su carpeta desde el martes, y decidió no fiarla al correo administrativo.
Eran las once de la mañana. Jaca estaba a hora y media.
Registrar el escrito en mano descontaba una semana de limbo, y además —no se lo dijo así, pero lo pensó con todas las letras— era moverse, y llevaba cuatro días necesitándolo.
El desvío estaba donde había estado siempre: en la nacional, pasado Puente la Reina, un cartel verde que había visto mil veces de niña desde el asiento de atrás.
VALLE DE HECHO. Cuarenta minutos. La borda de la Reclusa estaría a una hora; Gabardito, a poco más.
Todo lo que importaba de su vida cabía en una hora de coche, y ella tenía el depósito lleno y la tarde libre.
Volvió a Zaragoza. Se lo ordenó en el aparcamiento, con las dos manos en el volante, en voz casi alta: todavía no.
No así, no sola, no con la vista a veinticuatro días.
Cuando cruzara aquel cartel quería ir sabiendo a qué, y aún no lo sabía.
Condujo hasta la autovía con la disciplina de quien se aleja de una farmacia con las recetas en el bolsillo, y para taparse el runrún encendió la radio.
Fue mala suerte, o no lo fue. Después le daría muchas vueltas a eso: a que las casualidades, en su vida, llevaban un mes llegando demasiado bien peinadas.
—…y nos acompaña esta tarde una de las voces más serenas del panorama, autor de La memoria herida , que va ya por la séptima edición. Adrián Bergua, bienvenido.
—Gracias. Es un placer estar en casa.
Elena no apagó la radio. Eso también se lo reprocharía: tuvo tres segundos de cortesía del azar, la mano llegó a rozar el botón, y no apagó, porque una parte de ella —la perita, se dijo; quizá no era la perita— quería oír al hombre al que iba a tener enfrente en una sala dentro de veinticuatro días.
La voz era exactamente lo que Anadón había prometido.
Pausada, grave, con las eses suaves y los finales de frase en descenso, una voz de sobremesa larga, de abuelo que no necesita levantarla porque nadie le interrumpe desde hace décadas.
Una voz que fabricaba confianza, sí. Hablaba del libro, del dolor, de los pacientes de toda una vida.
—La memoria no es un archivo, ¿sabe usted? —decía—. Eso lo hemos entendido mal durante años, y se ha hecho daño, mucho daño, persiguiendo exactitudes. La memoria es una herida que cicatriza como puede. Mi trabajo, toda mi vida, ha sido ayudar a que cicatrice bien.
—Hay quien diría —apuntó el locutor, encantado— que las heridas hay que abrirlas para limpiarlas.
—Hay quien lo dice, sí. Gente muy preparada, además, gente brillante.
—Una sonrisa se oyó dentro de la voz, y Elena notó que el estómago se le cerraba sin motivo—.
Pero yo he visto de cerca lo que pasa cuando se obliga a una mente a cargar con lo que no puede cargar.
Sobre todo a una mente joven. A veces olvidar es la forma más alta de cuidado.
—Olvidar bien, entiéndame. Olvidar con ayuda.
Fue entonces.
No fue una idea, ni un recuerdo, ni nada que tuviera palabras. Fue el olor.
El coche se llenó —se le llenó a ella, la nariz, el fondo de la garganta— de un olor a tapicería ajena, a ambientador dulzón de otra década, a manta que no era suya, y las manos se le pusieron frías en el volante exactamente igual que se le habían puesto frías un lunes de hacía dos semanas, y el corazón se le desordenó, y la línea blanca de la autovía hizo algo raro durante medio segundo.
Elena puso el intermitente con una calma que no sentía, entró en la primera área de servicio, paró el motor en el extremo del aparcamiento y se quedó muy quieta, con la frente apoyada en el volante, respirando por la nariz en cuatros, como les enseñaba a respirar a sus pacientes, mientras la radio seguía y la voz seguía, serena, paternal, hablando de cuidado.
—…porque al final, ¿qué es una persona? —decía la voz—. Una persona es lo que recuerda. Cámbiele a alguien los recuerdos y le habrá cambiado la vida. Por eso es una responsabilidad tan enorme. Por eso no puede hacerlo cualquiera.
Apagó la radio con dos dedos, sin violencia.
Se quedó un rato largo en el aparcamiento del área de servicio, entre camiones, viendo cómo la luz se iba poniendo de lado.
El episodio tenía nombre técnico y ella lo sabía: respuesta condicionada, memoria sensorial, el cuerpo disparando una alarma cuyo expediente se había perdido.
Lo había explicado cien veces en salas de vistas: el cuerpo recuerda sin pedir permiso y sin enseñar las pruebas.
Lo que no consiguió, en todo el camino de vuelta, con la radio muerta y el cierzo de frente, fue ponerle nombre a la otra mitad: por qué una voz que no recordaba haber oído nunca olía a la manta de un coche que no era el suyo.