El abrigo verde CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La Administración tenía su propia idea del tiempo, y Elena pasó la mañana del martes averiguando cuál.

Elena redactó la instancia en veinte minutos, con la frialdad técnica de sus mejores informes, y mientras la imprimía hizo la otra llamada, la que la voz amable le había regalado casi al despedirse, en ese tono de quien desliza algo por debajo de la puerta: mire, del dispositivo de entonces, el que más sabe no está ya en el Cuerpo.

El sargento Otal, del GREIM de Jaca. Se retiró.

Creo que lleva el refugio de Gabardito, ahí arriba, en su valle.

Si él quiere contarle, le contará más que el papel.

Encontró el teléfono del refugio en internet, entre fotos de literas de madera y platos de alubias. Marcó a la una, calculando la hora de menos trabajo de un refugio en temporada baja.

Contestaron al sexto tono.

—Gabardito.

Una palabra, y dentro de la palabra un hombre mayor, el ruido de una radio de montaña al fondo y cero interés en alargar la conversación.

—Buenas tardes. ¿Hablo con Sergio Otal?

—Según quién pregunte.

—Me llamo Elena Vázquez.

Lo que vino después fue un silencio, y Elena, que se ganaba la vida midiendo silencios, midió aquel: no fue el silencio de quien hace memoria.

La memoria tiene un ruido, un Vázquez, Vázquez…

, un tanteo. Aquello fue lo contrario: un silencio inmediato y total, de radio apagada de golpe, el silencio de un hombre al que acaban de nombrar una cosa que lleva dieciocho años esperando que suene.

—La pequeña —dijo Otal por fin.

Lo dijo bajito, a sí mismo, o a alguien que ya no estaba. A Elena se le cerró la garganta sin pedir permiso. Nadie la llamaba así desde el valle, desde antes; era el nombre del país antiguo, de cuando había una mayor.

—Sí —dijo—. La pequeña.

—¿Qué quiere?

Y ahí, en tres palabras, el hombre volvió a ponerse el uniforme. Elena lo notó: la distancia reglamentaria, el usted de trámite, el muro. Había preparado un discurso prudente, gradual, y comprendió en una décima que con aquel hombre la prudencia era la lengua equivocada.

—Estoy preparando un escrito al juzgado para pedir las diligencias del caso de mi hermana —dijo—. Lo tendré dentro de un mes, si hay suerte, y estará incompleto, porque los papeles siempre están incompletos, eso también lo sé por oficio. Usted llevó la búsqueda. Quiero que me enseñe el monte.

—El monte. —Una pausa, un roce, quizá una silla—. Allí no hay nada, señora Vázquez. Lo peinamos todo. Veintidós días.

—Lo sé. Veintitrés cuadrículas el primer año. Tengo los mapas de mi padre.

Otro silencio, distinto, más áspero. Lo de los mapas le había llegado a algún sitio.

—Su padre subía cada otoño —dijo Otal—. Le dije cien veces que aquello no era manera. No me hizo caso ni una.

—Era delineante. Tachar era lo único que tenía.

—Aquello está cerrado —dijo Otal, pero lo dijo ya sin voltaje—. Cerrado en falso, pero cerrado. ¿Para qué quiere removerlo ahora, dieciocho años después?

Elena miró el cuaderno de tapas negras, que seguía sobre su mesa, dentro de una funda transparente, abierto por la borda y las tres líneas.

Tenía pensado dosificar. No dosificó.

—Porque hay una mujer que dice tener los recuerdos de mi hermana —dijo—. Y dice saber dónde está enterrada.

Esta vez el silencio fue tan largo que Elena llegó a apartarse el teléfono para mirar si la llamada seguía viva. Seguía. Al fondo, la radio de montaña recitaba cotas y vientos para el miércoles.

—No me llame a este teléfono —dijo Otal por fin, con una voz que había envejecido diez años en un minuto—. Ni a ninguno. Si quiere hablar, suba.

Y colgó.

Elena se quedó con el móvil en la mano, mirando el cuaderno, repasando la conversación entera con el oficio automático de siempre, y tardó tres repasos en ver lo que había estado todo el rato en el centro, enorme, quieto:

Otal no había preguntado qué mujer.

Le habían dicho la frase más inverosímil que puede oír un guardia civil —una desconocida con los recuerdos de una muerta— y el hombre que peinó el valle veintidós días no había hecho la única pregunta natural. Ni qué mujer, ni eso es imposible.

Y ya eran dos. Su madre, el domingo, sin preguntar qué periodista. Otal, esa tarde, sin preguntar qué mujer. A ninguno de los dos le había sorprendido la palabra enterrada , y Elena empezó a temer que la lista fuera larga.