CAPÍTULO 8
El lunes dieciséis, Elena supo a las nueve y cuarenta que la mujer no iba a venir.
No fue una deducción: fue el reloj. En dos sesiones, la mujer del abrigo verde había demostrado una puntualidad que no era una virtud sino un síntoma, la puntualidad de quien tiene las horas contadas por otro.
A las nueve y treinta y dos, el retraso ya era un dato. A las nueve y cuarenta, era un mensaje.
Elena se obligó a esperar de todos modos hasta las diez y media, la hora completa, sentada en su lado de la mesa con la grabadora en marcha grabando una habitación vacía.
Después la apagó, bajó a la calle por la escalera y abrió el buzón de la consulta con la pequeña llave dorada que no usaba casi nunca, porque el correo de verdad llegaba arriba.
Dentro había un cuaderno.
Estaba al fondo, debajo de la semana entera de propaganda —dos folletos de una óptica, el recibo de la comunidad, un catálogo—, con las tapas curvadas por la humedad del metal.
Sin sobre, sin franqueo, sin una nota sujeta con clip.
Un cuaderno de dibujo de tapas negras, tamaño cuartilla, de los que venden en cualquier papelería, con la goma elástica cruzada en diagonal para mantenerlo cerrado.
Elena se quedó mirando la goma un tiempo absurdo.
Un cuaderno de dibujo sujeto con una goma.
Llevaba seis días con esa imagen en la cabeza, devuelta por el flashback del trastero: Marta con el cuaderno bajo el brazo, sujeto con una goma, entrando en el hayedo.
Subió sin tocar nada más que las tapas, se puso los guantes de nitrilo que guardaba para los documentos de peritaje y lo abrió sobre la mesa despejada.
La primera página estaba en blanco. La segunda también. El cuaderno entero estaba en blanco salvo por dos páginas centrales, enfrentadas, como un altar.
En la izquierda, un dibujo a lápiz. Era una borda.
Piedra seca, tejado de losa medio vencido hacia un lado, la puerta baja y oscura, un fresno delante.
No era un dibujo de memoria ni de postal: era un dibujo del natural, con esa contabilidad de detalles inútiles que Elena se pasaba la vida buscando en los testimonios: la mancha de liquen en la esquina noroeste, la losa rota tercera empezando por el alero, una herradura clavada sobre el dintel con dos clavos y el agujero de un tercero que faltaba.
Quien dibujó aquello estuvo delante. Mucho rato.
Con frío , pensó Elena sin saber por qué lo pensaba, y luego vio que en el ángulo inferior el lápiz había temblado en las líneas largas, y supo por qué lo pensaba.
En la página derecha, tres líneas de escritura.
Borda de la Reclusa.
Si un lunes no vengo, aquí. M.
Elena conocía esa letra. La conocía como se conoce una cara: de golpe, entera, antes de poder justificarlo.
Era la letra de los cuadernos escolares que Marta dejaba abiertos por casa, la ele con lazo, la te cruzada demasiado arriba, la eme final con su rabillo impaciente.
Pero conocerla no valía nada, y Elena lo sabía mejor que nadie en quinientos kilómetros a la redonda, así que hizo lo que cobraba por hacer: subió al piso de arriba del reconocimiento, donde vive la comparación.
Sacó del archivador la carpeta que se había traído del trastero: una libreta de apuntes de Marta de 2008, física y química, llena de márgenes dibujados.
Puso las dos letras juntas bajo el flexo.
Trabajó con lupa, sin prisa, rasgo a rasgo, con el procedimiento de un encargo de juzgado y no de su propia sangre: inclinación, presión, proporciones, los lazos, los arranques, los finales de palabra.
Tardó una hora en admitir el resultado, y el resultado tenía dos pisos.
El primero: compatibilidad alta. No una imitación de trazo lento, de las que se delatan por la presión uniforme y los temblores de copista. Aquella mano escribía con la soltura de la letra propia.
El segundo piso era el que no salía en los manuales, y Elena lo escribió en su acta con la sensación de estar escribiendo algo que no debería poder escribirse:
La letra de la libreta de 2008 era de una chica de diecisiete años. La letra del cuaderno del buzón, dieciocho años después, también.
La escritura envejece con su dueño. Se asienta, se abrevia, pierde adornos, gana economía; ningún adulto escribe como escribía a los diecisiete, igual que ninguna voz adulta conserva la voz del instituto.
La letra que tenía delante no había hecho ese viaje.
Era la mano de Marta detenida en seco, congelada en 2008, escribiendo desde un cuerpo de cincuenta y tantos años en un cuaderno recién comprado.
No era un peritaje y ella lo sabía: era una hermana con una lupa, y ningún tribunal la habría dejado terminar la frase. Pero la mano no había envejecido.
Elena se quitó las gafas y se apretó los ojos con los dedos.
Hizo girar el anillo en el meñique, una vuelta, dos, un gesto nuevo que su mano había aprendido sola en seis días, y formuló la conclusión en el único idioma que la sostenía:
La firma no demostraba que Marta estuviera viva. Demostraba que alguien conservaba la letra de Marta a los diecisiete años y sabía usarla, y que ese alguien le había dejado una dirección.