El abrigo verde CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El trastero estaba en el sótano dos, al final de un pasillo de fluorescentes que se encendían por tramos y a destiempo. Elena bajó el martes a las nueve de la noche, con las llaves, una manta vieja para arrodillarse y la sensación exacta de ir a abrir una tumba administrativa.

Había también un recorte pequeño, de esos de agradecimiento que las familias pagaban entonces: la familia daba las gracias a los vecinos del valle, a los grupos de montaña, a la Guardia Civil «y al gabinete que asiste a la familia en estos momentos».

Sin nombres. Elena se quedó un momento sobre esa línea.

Del psicólogo de aquel otoño guardaba poquísimo: un hombre amable, una voz pausada, una consulta que no era consulta sino la sala buena de alguna casa.

No le recordaba la cara. Le pareció normal no recordársela —era una cría, fue una época destruida— y pasó la página, y el no recordar se quedó allí, quieto, sin hacer ruido, esperando su turno.

Y el anillo.

Plata baja, fina, con una vuelta de trenzado. Elena lo cogió y el frío del metal le subió por el brazo, y con el frío llegó el recuerdo, entero, con olor, de esa manera en que llegan los recuerdos cuando por fin tocan su llave.

La mesa del camping, manchada de sol. El olor a boj y a agua fría.

Marta quitándose el anillo con los dientes, de un tirón teatral, porque todo en Marta tenía público aunque no hubiera nadie.

Guárdamelo, que para dibujar me estorba.

La mano de Elena abriéndose sola, la costumbre de ser la pequeña, la que guarda.

Y como me lo pierdas, te mato. La risa de Marta yéndose ya hacia los árboles.

Y antes de eso la mañana entera, encajando pieza a pieza en los huecos exactos que la mujer del abrigo verde había descrito: el Laguna gris, Amaral cortada a mitad de canción, en el valle se escucha el valle , la luz de sidra.

Cada detalle de la desconocida cayó en su sitio, uno detrás de otro, y Elena tuvo que sentarse en el suelo del trastero porque las piernas decidieron por su cuenta.

El recuerdo seguía. Las cinco menos diez.

Marta con el cuaderno de dibujo bajo el brazo, sujeto con la goma azul.

Ven, acompáñame a la Corona, que sola me aburro.

El sendero entrando en el hayedo, la sombra verde cerrándose encima como agua.

Marta volviéndose una vez, solo una, para comprobar que la seguía.

Y ahí, el corte.

Sin desvanecimiento, sin niebla: un corte de cinta de montaje.

La imagen siguiente eran faros en la noche, mucha gente, la voz de su padre gritando el nombre de su hermana hacia una masa negra de árboles, y alguien poniéndole a ella una manta sobre los hombros, una manta que olía a un coche que no era el suyo.

Dieciocho años llevaba esa manta oliendo a un coche ajeno en el fondo de su cabeza, y nunca, hasta esa noche en el trastero, se había hecho la pregunta de a qué coche.

Se puso el anillo. Le venía pequeño; lo dejó en el meñique. Dieciocho años tarde, empezó a guardarlo.

Los diarios estaban al fondo de la 4/4, y eran lo que más miedo le daba, por eso los había dejado para el final.

Cuatro cuadernos escolares de tapa blanda, su letra de los quince años, redonda y aplicada.

Recordaba vagamente que escribir fue cosa recetada —alguien se lo mandó aquel otoño, el médico de entonces, alguien—, y recordaba haber obedecido como obedecía a todo en aquellos meses, porque obedecer era lo único que no dolía.

Leyó por encima septiembre, octubre. Una niña aplastada hablando del instituto, de su madre que no comía, de su padre que subía al valle todos los fines de semana. Ninguna mención al 14, nunca, ni una; la niña escribía alrededor del día como se camina alrededor de un pozo.

Páginas arrancadas no: cortadas. Lo vio con las yemas antes que con los ojos: el filo regular pegado al lomo, sin flecos, sin rabia.

Contó los muñones. Siete páginas, y no seguidas: tres al principio, dos a mediados, dos al final.

Los cortes caían todos entre el 19 de octubre y el 7 de diciembre de 2008, y entre unos y otros quedaban entradas enteras, de días corrientes. Lo que faltaba estaba elegido.

La perita tomó el mando sin pedir permiso, porque para eso la habían hecho: el duelo arranca, no corta con regla. Una adolescente furiosa o avergonzada rasga, arruga, quema; deja flecos, deja huella. Aquello era otra cosa. Aquello era edición.

Se dijo que pudo ser ella misma, más mayor, en alguna relectura insoportable. No se acordaba de haberlo hecho. Llevaba una semana descubriendo la clase de cosas de las que no se acordaba.

Fue al pasar el pulgar por los muñones cuando lo encontró: en el margen interior de una de las páginas cortadas, pegado al lomo, el cuchillo había perdonado media línea. Cuatro palabras y media, en su propia letra de los quince años, supervivientes de una purga:

…y él dice que es normal no…

Elena se quedó muy quieta en el suelo del trastero, bajo el fluorescente que zumbaba, con el cuaderno abierto en las rodillas y el anillo frío en el meñique.

Él.

La niña del diario tenía un él que le decía qué era normal no hacer. No recordar, quizá. No preguntar. No volver.

Elena no tenía ni idea de quién era él. Pero supo, con esa certeza sin pruebas que tanto desmontaba en los tribunales y que por primera vez en su vida se permitió entera, que aquellas siete páginas no las había cortado una adolescente.

Las había cortado el mismo que le enseñó qué era normal.