CAPÍTULO 6
Elena decidió seguirla en el tiempo que tardó el cierre neumático en sisear.
Sabía exactamente cuántas líneas deontológicas cruzaba; las fue contando mientras bajaba por la escalera para no coincidir con el ascensor, y al llegar a la tercera dejó de contar.
Una semana antes era una profesional con un caso raro.
Ahora era una mujer poniéndose la capucha en el portal para que su propia paciente no la reconociera, y lo inquietante fue la limpieza con que lo hizo, sin debate interno, con una parte de ella que llevaba dieciocho años esperando una orden así.
La mujer caminaba paseo Sagasta arriba, hacia la plaza Aragón, y caminaba de un modo que Elena fue catalogando a treinta metros de distancia.
No miraba escaparates. No miraba el móvil; no parecía llevar móvil.
No dudaba en los cruces: los llevaba ya resueltos.
Era el andar de alguien con una ruta contada, aprendida, administrada, y Elena pensó en sus propias palabras del acta — dosifica — y se le ocurrió por primera vez que quizá no era la mujer la que dosificaba.
En la plaza Aragón medio registró al hombre de la parka: un tipo grande parado junto al quiosco, cincuenta y muchos, parka gris verdosa, mirando el tráfico. Elena pasó de largo y lo archivó donde se archiva el paisaje.
El Coso, la plaza España, y luego el casco viejo se tragó a la mujer del abrigo verde como solo el casco viejo de Zaragoza sabe tragarse a la gente: por una calle del tamaño de un pasillo, elegida sin dudar entre las tres que salían de la esquina, la única sin una sola tienda abierta.
Elena apretó el paso, dobló por Estébanes, y el Tubo le ofreció su geometría de siempre, callejones con olor a fritura apagada y persianas a medio echar, tres salidas posibles y ninguna mujer.
Probó por Libertad. Probó por Cuatro de Agosto.
Volvió sobre sus pasos con el corazón en las orejas, hizo el circuito dos veces, y a la segunda lo vio.
El hombre de la parka estaba en la otra boca del callejón.
Y no miraba el tráfico, porque allí no había tráfico. Hacía exactamente lo mismo que ella: barrer la calle con los ojos, puerta a puerta, buscando un abrigo verde. Se metió en un portal. Volvió a salir. La había perdido también.
Se quedaron así un momento, cada uno en su extremo del pasillo de piedra, dos personas buscando a la misma mujer, y entonces él la miró.
No fingió. Eso fue lo que Elena no consiguió quitarse de encima en todo el día: no hizo ninguno de los gestos del que es descubierto: ni móvil de pronto urgente, ni escaparate que mirar.
La miró el tiempo suficiente para que quedara claro que la veía y que no le importaba ser visto, inclinó apenas la cabeza —un gesto mínimo, casi una cortesía, casi un ya nos veremos — y se metió otra vez por donde ella acababa de mirar, calle abajo, con aquel andar económico de guardabosques que no gastaba nada, barriendo las puertas al pasar.
Elena sacó el móvil tarde y mal. Consiguió una foto: una espalda gris verdosa desenfocada doblando una esquina que podía ser cualquier esquina.
Hizo entonces lo único que sabía hacer, allí de pie, en mitad del callejón, con los dedos no del todo firmes: lo escribió.
Varón, 50-55. 1,85 o más, corpulento. Parka gris verdosa, militar o de monte.
Pantalón oscuro. Botas de trekking marrones, usadas.
Pelo gris, corto. No corre, no se esconde, no improvisa. Camina como la mujer.
Se quedó mirando la última frase. La había escrito sin pensarla, y al releerla entendió que era la frase importante.
La mujer del abrigo verde y aquel hombre se movían igual: la misma ruta resuelta, el mismo modo de no dudar en los cruces, como dos aparatos salidos de la misma fábrica.
Lo que fuera que había adiestrado las manos de ella había adiestrado los pies de él.
Volvió a la consulta dando un rodeo que no engañaba a nadie y pasó la tarde atendiendo a sus pacientes de la tarde, que no notaron nada, porque para eso llevaba media vida entrenándose la cara.
A las ocho repasó con Begoña el día: nadie había llamado, nadie había preguntado.
A las nueve estaba en su piso, con la puerta cerrada con las dos vueltas que nunca daba, releyendo su propia nota de El Tubo.
No corre, no se esconde, no improvisa.
Un vigilante que se deja ver no es un vigilante torpe , escribió debajo. Es un mensaje. Y los mensajes tienen remitente.
Hasta aquel lunes, Elena había creído estar estudiando un caso. Aquel lunes por la noche, con el viento empujando la persiana del salón, entendió que llevaba una semana entera dentro del expediente de otros, y que la pregunta correcta ya no era qué sabía aquella mujer de Marta.
Era qué sabían ellos de Elena.