CAPÍTULO 5
El lunes siguiente, Elena llegó a la consulta a las siete y media y la preparó con método de laboratorio.
Realineó las dos butacas para tener la luz de la ventana sobre la cara de la mujer y no sobre la suya.
Comprobó dos veces la grabadora y dejó otra de respaldo, en marcha, dentro del cajón entreabierto.
Imprimió su propio protocolo, el mismo que usaba en los peritajes, y lo guardó bajo el cuaderno, porque no quería que se viera pero tampoco trabajar sin red.
A Begoña le dio una sola instrucción: si llamaba alguien preguntando por la señora de las nueve y media, textual y con hora.
Durante una semana había repasado la primera sesión hasta gastarla. Ahora tocaba dejar de ser la hermana y volver a ser la perita. Tenía hasta un plan escrito, con tres objetivos numerados, y conservarlo en la cabeza le duró exactamente lo que tardó la mujer en sentarse.
Llegó a las nueve y media en punto, con el mismo abrigo verde y el mismo modo de dejar el bolso junto a los pies. Fuera no llovía: era un día seco y duro de cierzo, de esos que dejan el cielo de Zaragoza como recién fregado.
—Hoy las preguntas las hago yo —dijo Elena—. Y querría grabar la conversación. ¿Me da su consentimiento?
—Graba. —La mujer miró la grabadora sin curiosidad ninguna—. A mí ya me han grabado tanto que ya ni me noto.
Lo marcó con un asterisco. Después abrió por el principio.
—Hábleme de la mañana del catorce de septiembre. Desde que se despertó. Todo lo que venga, en el orden que venga.
Y la mujer habló, y Elena escuchó durante cuarenta minutos la mañana más documentada de su propia vida contada desde el otro lado de la mesa, desde dentro de su hermana.
Contó el desayuno en la casa del pueblo, las tazas que no hacían juego.
Contó el coche, el Laguna gris del padre, y que en la radio sonaba Amaral y que el padre la quitó a mitad de canción diciendo que en el valle se escucha el valle, y que ella se quedó cantándose por dentro la otra, Boira , la de la niebla, que llevaba todo el verano sin quitársele de la cabeza.
Contó el olor de Oza al bajar del coche —a boj y a agua fría, dijo, y Elena sintió el olor en mitad de la consulta, dieciocho años después, con una violencia que la obligó a apoyar bien los pies en el suelo—.
Contó que le dolían las manos de no dibujar, que llevaba todo el verano sin dibujar a gusto, que aquel día quería subir a la Corona de los Muertos porque los círculos de piedra se dibujan solos.
Y contó la comida en las mesas del camping, y entonces dijo:
—Le di mi anillo a Elena. En la mesa, antes del café. Para que me lo guardara mientras dibujaba.
—¿Qué anillo?
—El de plata. El que me regaló…
Y ahí se rompió.
Fue técnico, como una radio que pierde la emisora.
La frase quedó suspendida en el que me regaló , la boca se le quedó un instante abierta sobre la palabra siguiente, y algo se le apagó en la cara.
Las manos —las manos que en dos sesiones no se habían movido— se separaron, se giraron, y la mujer se las quedó mirando: el dorso, las venas, las manchas de la edad.
Se las miró como se mira un guante que no es tuyo.
—¿Qué hora es? —dijo. La voz era otra: más aguda, más pequeña, con un acento distinto que asomó en las vocales—. ¿Esto qué sitio es?
—Está en una consulta, en Zaragoza. Está a salvo. —Elena no se movió—. ¿Cómo se llama usted?
La mujer levantó la vista. Durante un segundo —Elena lo contó— hubo alguien completamente distinto detrás de aquellos ojos grises: alguien perdido, mayor, aterrado de un modo doméstico y antiguo, el terror de la gente que lleva mucho tiempo sin que la busquen.
Después parpadeó, las manos volvieron a juntarse en el regazo con una precisión de maniobra ensayada, y la emisora regresó.
—Perdona —dijo, con la voz de antes—. Me pasa a veces. ¿Por dónde iba?
—Por el anillo —dijo Elena, muy despacio—. ¿Quién se lo regaló?
—No me acuerdo. —Lo dijo sin angustia, casi con alivio, y Elena anotó que era la primera vez en dos sesiones que aquella mujer no se acordaba de algo—. Pero el anillo es verdad. Pregúntate a ti misma dónde lo tienes.
Elena no lo sabía. Ese era el problema, y era un problema nuevo, de una especie nueva: no recordaba ningún anillo.
Ni la entrega, ni la mesa, ni el café. Y aquello no podía estar dentro de las tres horas, porque la comida fue antes, en territorio supuestamente suyo, en la parte del día que siempre había creído conservar entera.
O el anillo era falso, o su memoria tenía más agujeros de los que tenía contados, agujeros pequeños, silenciosos, de los que nadie te avisa.
No supo cuál de las dos posibilidades le dio más frío.
Siguió con el protocolo porque el protocolo era lo único que seguía en pie.
Le pidió la comida antes que el viaje, el viaje antes que el desayuno: las memorias inventadas se aprenden como una canción y se rompen al cantarlas desordenadas; la de aquella mujer soportó el desorden sin una costura, sumando además detalles nuevos en cada pasada, periféricos, inútiles, perfectos.
Le pidió sensaciones cruzadas —¿qué se oía mientras comíais?
, ¿de qué color era la luz?— y obtuvo el río detrás de los árboles y una luz «de sidra», que era exactamente la luz de Oza en septiembre y que ningún periódico había descrito jamás.
En el margen de su cuaderno, donde dictaminaba, Elena escribió dos líneas que se quedaron mirándola:
Criterios de realidad: cumple.
Imposible: cumple también.
Quedaba la última pregunta del protocolo, la más simple, la que abría todos sus peritajes y que con aquella mujer había guardado para el final.
—¿Qué día nació usted?
—El dos de abril de 1991 —dijo la mujer, sin una décima de latencia, con esa transparencia total que solo tienen las fechas propias.
Era el cumpleaños de Marta. Y lo dijeron unas manos de cincuenta y muchos años, posadas en un regazo de cincuenta y muchos años, bajo una cara donde 1991 no había estado nunca.
Elena miró aquello —la certeza perfecta sentada dentro de un cuerpo que la desmentía— y comprendió que estaba viendo algo que no salía en ningún manual: un recuerdo que pasaba todas las pruebas de la verdad sin tener derecho a existir.
Quedaba una pregunta más, y esa no era del protocolo. Elena cerró el cuaderno antes de hacerla, que era su manera de avisarse a sí misma.
—El primer lunes me dijo dos cosas. Una era que tenía los recuerdos de mi hermana; llevo una semana trabajando esa. La otra era que sabe dónde está enterrada. —Dejó la pausa entera—. Quiero la otra.
La mujer bajó la vista. Cuando volvió a hablar, la frase le salió por un carril distinto, con una velocidad que no había tenido en toda la mañana.
—Ahí hay que ir con mucho cuidado —dijo—, porque una imagen de las de los ejercicios se puede tomar por una cosa vivida, y entonces una se cree que ha estado en un sitio donde no ha estado nunca, y no es que mienta, es que la cabeza guarda las dos en el mismo…
Se paró.
Fue una parada de las que se ven: la boca abierta sobre la palabra que venía, los ojos yéndose a la ventana, al cierzo, a los plátanos pelados.
Elena no la ayudó. En siete años había aprendido que a un testigo que se para hay que dejarle el silencio entero, porque el silencio es suyo y hará con él lo que necesite hacer. La mujer volvió.
—No —dijo—. Eso no. Eso me lo sé de memoria y no sirve para nada.
Se sujetó la solapa del abrigo con la mano derecha, igual que el primer lunes.
—Yo estuve. No me lo han contado, no lo he soñado, no lo he sacado de ningún cuaderno. Estuve, y hacía frío, y sé lo que oí. Eso no lo voy a quitar.
—¿Dónde? —dijo Elena.
—No sé decírtelo. —Y por primera vez en dos sesiones pareció avergonzada, con una vergüenza doméstica, de mujer a la que ponen delante un plano—. No tiene nombre. No tiene número, ni calle, ni cartel. Es un sitio del monte, y los sitios del monte se andan. Yo lo conozco con los pies.
—Entonces lléveme.
—No puedo llevarte yo. —Lo dijo despacio, midiendo—. Yo no voy sola a ningún sitio.
En el margen, debajo de sus dos líneas, Elena escribió una tercera:
Latencia cero en lo que se retira. Latencia normal en lo que se sostiene.
La mujer se levantó a las diez y media en punto, con algo contando dentro de ella.
—Hoy he gastado el día —dijo, ya con el bolso—. Lo pagaré. No preguntes cómo.
—Espere. Necesito poder localizarla. Un teléfono, una dirección, lo que sea.
—No. —Lo dijo sin dureza—. Me están notando, Elena. Cada vez me notan más. —Se ajustó el abrigo y, con la mano ya en la puerta, añadió la frase que Elena iba a llevar puesta el resto del mes—: Si un lunes no vengo, no me busques tú. Manda a alguien que sepa el monte.