CAPÍTULO 4
La casa de su madre olía a domingo: a cocido desde las once de la mañana, a cera de muebles y a una colonia antigua que Carmen se ponía solo para estar en casa, como si la visita fuera ella.
—Estás delgada —dijo Carmen al abrirle, que en su lengua significaba te he echado de menos, llevas un mes sin venir .
Comieron en la cocina, con el mantel de hule y el telediario mudo de fondo.
Carmen habló del precio de la luz, de la vecina del segundo que se había caído, de que había que ir antes de Navidad al cementerio a cambiarle las flores a papá porque las de noviembre ya estarían pochas.
Elena dijo a todo que sí, y mientras tanto miraba, sin poder evitarlo, con los ojos con los que ya miraba todo desde el lunes.
Miró el aparador. Sabía lo que había allí: detrás de la figurita de Lladró, medio tapada como llevaba media vida medio tapada, la única foto visible de las dos niñas.
Marta con nueve años, ella con siete, las dos con flequillo, en la era de Hecho.
Era toda la presencia de Marta que la casa toleraba: siete centímetros de cartulina en penumbra.
Esperó al café. Las cosas difíciles, en el país de Carmen, se decían con el café, o no se decían.
—Mamá. —Removió el azúcar despacio—. Me llamó hace poco una periodista. Por lo del aniversario. Dieciocho años, ya sabes, los números redondos les gustan.
Era mentira, la quinta de la semana, y era exactamente la misma herramienta que había usado el lunes con la mujer del abrigo verde: una afirmación falsa, depositada con suavidad, para ver qué hacía con ella el otro.
La gente que no sabe nada corrige o pregunta: ¿qué periodista?
, ¿qué quería? La gente que sabe algo hace otra cosa.
Carmen hizo otra cosa.
Se quedó muy quieta, con la taza a medio camino, y la dejó bajar hasta el plato sin ruido, con un control que a Elena le resultó familiar de un modo desagradable: era el mismo control de las manos quietas sobre un regazo.
—No hables con nadie —dijo Carmen. Sin preguntar qué periodista. Sin preguntar qué quería—. Con esa gente no se habla. Diles que no, y si insisten, me lo dices.
—¿A ti te ha llamado alguien? —Elena lo dejó caer sin levantar la vista—. Estos meses. Por Marta.
El nombre cayó en mitad de la cocina como cae un vaso. Carmen ni siquiera acusó el golpe de oírlo, y eso ya fue un dato, porque llevaba dieciocho años acusándolo.
—A mí ya no me llama nadie —dijo, y la frase le salió ya hecha.
Y entonces hizo el gesto. Duró menos de un segundo: los ojos de Carmen fueron hacia el pasillo, hacia el mueble bajo del pasillo donde se guardaban los manteles buenos y las facturas, y volvieron.
Un movimiento mínimo, involuntario, de los que Elena cobraba por detectar en las salas de vistas.
El testigo mira hacia donde está lo que calla.
Lo decía en sus cursos. Le pagaban por decirlo.
—Igual tengo que subir a Hecho —dijo Elena, mirando el café—. Un tema de trabajo. Un peritaje para la Guardia Civil, cosa de unos días.
La respuesta llegó antes de que terminara la frase.
—¿A qué vas a ir tú allí?
No fue la frase: fue el voltaje. Carmen, que llevaba toda la comida hablando con voz de domingo, tuvo durante cuatro palabras la voz de otra década.
—Trabajo, mamá.
—Allí no se te ha perdido nada. —Carmen recogió las tazas, abrió el grifo, le dio la espalda—. Y la casa esa habría que venderla de una vez, en lugar de tenerla criando humedades. Cualquier día se mete alguien dentro y encima el disgusto.
Fregó dos tazas durante el tiempo de fregar seis.
Elena miró la espalda de su madre, el delantal atado con doble nudo, el vapor subiendo del agua demasiado caliente, y sintió, con una claridad que le hizo daño, que estaba aplicando el protocolo a la persona que la había parido.
Indicadores conductuales. Latencia de respuesta.
Coherencia del relato. Había jurado no hacerlo nunca dentro de esa casa.
Llevaba haciéndolo desde el segundo café.
Se despidieron en el recibidor con la liturgia de siempre: los táperes —acelgas, cocido, que tú no te haces nada—, la mano fría de Carmen un momento en su mejilla, el repaso, estás delgada , que abría y cerraba todas las visitas como un paréntesis.
Elena ya tenía un pie en el descansillo cuando su madre la retuvo por la muñeca.
No la agarró fuerte. Ese fue el detalle que después no se pudo quitar de encima: fue un gesto suave, casi una caricia, de una precisión terrible.
—Elena. —Carmen la miró a los ojos, cosa que en su lengua era ya un acontecimiento—. Hay cosas que quedaron arregladas. Costó mucho que quedaran arregladas. No las desarregles tú ahora.
Y le soltó la muñeca, y le sonrió con la sonrisa de los domingos, y cerró la puerta con suavidad, con su propio cierre neumático de madre.
Elena bajó la escalera contando peldaños porque no quería contar otra cosa. En el portal se detuvo, sacó el móvil, abrió el expediente privado y se quedó con los pulgares sobre la pantalla, buscando cómo formularlo, hasta que lo formuló como era:
Su madre no le había mentido en nada concreto. Era peor.
Había contestado antes de que terminaran las preguntas. Las tres veces.