CAPÍTULO 3
El despacho de Gonzalo Anadón era un primero con balcones al tráfico del paseo de la Independencia, muebles heredados del padre y una placa de latón tan gastada que el apellido se leía mejor con el dedo que con los ojos.
Dentro olía a tabaco frío y a expediente viejo, dos olores en extinción que él mantenía vivos por puro principio.
Anadón tenía sesenta y un años, la voz de grava de tres mil vistas orales y una norma que repetía como otros repiten el padrenuestro: los casos no se ganan en el juicio, se pierden antes.
—Trece años —dijo, dejando caer la palma sobre una torre de carpetas color cuero—. Julián Espés lleva trece años en Zuera por diez segundos de luz de sodio.
Elena conocía el expediente; lo había leído dos veces enteras. Pero dejaba hablar a Anadón porque escuchar el relato del abogado era parte del trabajo: cada cual contamina la historia a su manera, y conviene saber con qué versión convive el cliente.
Siete meses después, esa mujer señaló a Julián Espés en una rueda de reconocimiento con una frase que quedó en el acta y luego en todas las portadas: «Es él. Lo reconocería entre mil.»
—¿Y entre los mil —dijo Elena— nadie le preguntó por qué siete meses antes había descrito a un hombre diez centímetros más bajo?
Anadón sonrió sin alegría.
—Para eso te he traído.
Elena abrió su cuaderno. No necesitaba mirarlo, pero el cuaderno tranquilizaba a los abogados.
—La testigo no miente —dijo—. Eso es lo primero que su cliente tiene que entender, porque si la tratamos de mentirosa en sala, perdemos.
Esa mujer lleva quince años recordando mal con toda su buena fe.
Vio a un desconocido ocho segundos, con miedo, bajo una luz que falsea los colores.
Luego pasó siete meses viendo la cara de Espés en prensa, porque la prensa la publicó cuando lo detuvieron por otra cosa.
Y cuando llegó la rueda, su memoria hizo lo que hacen todas las memorias: completar el hueco con el material disponible.
La certeza vino después, y vino de fuera: cada vez que un policía asentía, cada vez que un titular daba el caso por cerrado, esa certeza engordaba.
La seguridad de un testigo no mide la exactitud del recuerdo; mide las veces que se lo han confirmado.
Eso es demostrable, está medido en laboratorio, y puedo explicárselo a la sala en quince minutos sin llamar mentiroso a nadie.
Anadón la miró un momento largo, con esa cara que ponían los abogados de su quinta cuando la ciencia les daba la razón por caminos que les parecían brujería.
—Me habían dicho que eras buena.
—¿Quién?
—Todo el mundo. —Se encogió de hombros—. Es curioso: pregunté a tres personas distintas, de tres mundillos distintos, y las tres me dieron tu nombre. Sin dudar, además. Como si lo tuvieran preparado.
Elena anotó algo que no necesitaba anotar. Era halagador, y era su carrera, y llevaba años oyéndolo. Aquella mañana, sin embargo, la frase le dejó un regusto mínimo, un grano de arena en el engranaje, que prefirió atribuir al insomnio.
—Hay una cosa más —dijo Anadón, y por primera vez en toda la reunión bajó la voz, aunque estaban solos—.
La acusación particular ha movido ficha.
La familia del vigilante no quiere ni oír hablar de la revisión, lo cual es humano, y han contratado un perito de parte para sostener que la identificación fue impecable.
—Buscó entre los papeles, sacó un folio, lo giró hacia ella—. Adrián Bergua. ¿Te suena?
Elena miró el nombre.
Le sonó a última estantería: una cita a pie de página de cuando estudiaba, algo de los años noventa con olor a fotocopia. Nada con cara.
—Vagamente —dijo—. Creía que estaba retirado. O muerto.
—Estuvo un cuarto de siglo fuera del mapa, vete a saber dónde.
Ha vuelto hace un par de años con un libro, La memoria herida , que se vende como rosquillas.
Sale en las radios con esa voz de abuelo sabio, dice que la ciencia moderna exagera, que desconfiar del testigo es desconfiar de las víctimas, y a más de un magistrado de cierta edad se le pone cara de nieto.
—Anadón recogió el folio y lo dejó boca abajo—.
No te lo tomes a broma. Los peritos jóvenes le veis las costuras técnicas, pero las salas no se ganan con costuras.
Se ganan con confianza. Y ese hombre fabrica confianza como otros fabrican tornillos.
Además, contratado es un decir: se ofreció él.
Escribió a la familia a la semana de admitirse la revisión, y por lo que me cuentan no ha pasado minuta.
Un hombre con siete ediciones no necesita este caso.
Fabrica confianza. Elena lo apuntó textual, por oficio.
Cerraron el calendario: la vista de revisión, ante el tribunal, el catorce y el quince de diciembre.
Seis semanas. Anadón la acompañó hasta la puerta entre consejos de viejo procesalista —no mires nunca al presidente cuando contestes a la defensa, no digas «ciencia», di «estudios», la palabra ciencia los pone nerviosos— y Elena bajó a la calle con la sensación, todavía agradable, de pisar terreno propio.
Un caso limpio. Una memoria contaminada, un inocente probable, un método para demostrarlo.
El mundo ordenado del que ella era perita.
El móvil le vibró en el bolsillo antes de llegar a la plaza Paraíso. Begoña.
—Doctora. —La voz de Begoña tenía un punto raro, de agenda alterada—. Ha llamado la señora. La del lunes. La de… ya sabe.
Elena se paró en mitad de la acera. Un hombre con paraguas la esquivó maldiciendo bajito.
—¿Ha dejado un teléfono?
—No. Ha dicho que el lunes a la misma hora, que no le diera la cita a nadie.
Muy educada, como siempre. Y luego… —Begoña dudó, y Elena oyó el roce del papel: lo estaba leyendo de una nota, porque Begoña apuntaba las cosas raras textuales, que para eso llevaba cuarenta años entre médicos—.
Luego ha preguntado, y lo digo tal cual: «¿La doctora ha ido ya al valle? »
El tráfico de Independencia siguió pasando, igual de gris, exactamente al mismo volumen.
—¿Qué valle? —dijo Elena—. ¿Dijo qué valle?
—No, doctora. —Begoña bajó la voz—. Lo dijo como si solo hubiera uno.