El abrigo verde CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La mujer se levantó antes de que el nombre terminara de asentarse en la habitación.

Lo hizo sin prisa, con esa economía de movimientos que Elena ya le había catalogado: recogió el bolso del suelo, se alisó el abrigo con una sola pasada de la mano y se quedó un instante de pie, mirándola desde arriba, como se mira a alguien que se ha caído y todavía no lo sabe.

—Vuelvo el lunes que viene. A la misma hora —dijo—. Pregúntame entonces lo que quieras. Hoy ya he gastado lo que tenía.

—Espere. —Elena también se levantó. Notó la silla golpearle detrás de las rodillas, un gesto torpe, de novata—. No puede decirme eso e irse. ¿Quién le ha hablado de ese perro? ¿Quién le ha hablado de mí?

La mujer ya estaba en la puerta. Se volvió a medias, con la mano en el marco.

—No llames a nadie todavía —dijo. Otra vez el tuteo, cayendo sin esfuerzo—. Si llamas a alguien, lo van a saber.

—¿Quiénes?

Pero la puerta tenía un cierre neumático, lento, civilizado, pensado para que ningún paciente la oyera nunca cerrarse de golpe, y por una vez Elena odió ese mecanismo con todas sus fuerzas, porque le robó el portazo y le dejó solo el siseo, y cuando salió al pasillo el ascensor ya bajaba, y cuando llegó a la calle por la escalera —cuatro pisos, los tacones resbalando en el mármol— el paseo Sagasta era una lámina de agua gris donde cabían tres autobuses, dos paradas y ni una sola mujer con abrigo verde.

Se quedó bajo la cornisa el tiempo exacto en que un autobús cerró las puertas y arrancó. Después subió, se sentó en su silla, que aún guardaba el calor de su propio cuerpo, y miró la butaca vacía al otro lado de la mesa.

E hizo lo único que sabía hacer cuando el mundo se desordenaba: abrió un documento en blanco y empezó a levantar acta.

La había entrenado un viejo catedrático en una máxima que ya no se enseñaba: escribe en la primera hora, o no escribas .

La memoria de un testigo empieza a reescribirse en cuanto sale de la escena; la de un perito, también, aunque al perito le cueste más admitirlo.

Así que Elena transcribió la sesión entera mientras la tenía fresca: hora de llegada, vestimenta, postura, las manos quietas, la primera frase, la segunda, el tuteo, la cicatriz de la ceja, el muro del Paco, las tres horas.

Verbatim donde podía garantizar el verbatim; entre corchetes donde reconstruía.

Sin interpretar. Sello de hora al pie: 11:47.

Cuando terminó, llamó por el interfono a Begoña.

Begoña llevaba con ella desde que abrió la consulta: sesenta años, una memoria administrativa formidable y la discreción de un confesionario. Entró con la agenda de papel apretada contra el pecho, porque Begoña no se fiaba de las agendas que se podían borrar.

—La señora de las nueve y media —dijo Elena—. Cuéntame otra vez cómo pidió la cita.

—Llamó el martes pasado. Por la tarde, ya casi cerrando.

—Begoña abrió la agenda sin necesidad de buscar la página—.

No quiso decir el motivo ni dar un teléfono fijo.

Le dije que sin historia previa la doctora no solía…

y me cortó, muy educada, eso sí. Me dijo: «La doctora me va a recibir. Somos antiguas conocidas.»

—¿Antiguas conocidas?

—Eso dijo. —Begoña levantó la vista—. ¿No lo son?

Elena no contestó. Marcó el número de la ficha delante de Begoña: la operadora robótica, apagado o fuera de cobertura, ni siquiera buzón. Lo marcó desde el fijo de la consulta, desde su móvil personal, desde el móvil de Begoña. Tres veces la misma voz de nadie.

—¿Pagó?

—En efectivo. Dejó el dinero justo encima del mostrador al salir, sin esperar el recibo. —Begoña dudó—. Doctora, ¿va todo bien?

—Sí —dijo Elena—. Es un caso raro, nada más.

Era la primera mentira del día. Llevó la cuenta, porque llevar la cuenta de las propias mentiras era otra de sus higienes profesionales, y aquel lunes acabó en cuatro.

La segunda fue a su paciente de las once, una mujer en proceso de divorcio a la que dijo que la escuchaba.

La tercera, al abogado Anadón, que llamó a media tarde para confirmar la reunión de mañana y al que aseguró que llevaba el caso al día.

La cuarta se la dijo a sí misma a las nueve de la noche, en su piso del Actur, delante de una cena que no se comió: esto se puede tratar como un caso .

El piso seguía teniendo la mitad exacta de las cosas.

Víctor se había llevado las suyas hacía tres años con una pulcritud que en su momento a Elena le pareció elegancia y con el tiempo había entendido mejor: no era elegancia, era inventario.

Seis años de matrimonio liquidados sin un solo grito, con el procedimiento de una sociedad limitada.

A veces pensaba que se habían querido del modo en que dos personas ordenadas comparten un archivador.

Ya ni siquiera le dolía; le dolía no recordar cuándo había dejado de dolerle.

Abrió el portátil en la mesa de la cocina y creó una carpeta nueva. La llamó EXP-PRIVADO 01, y el nombre ya era una confesión: en siete años de ejercicio nunca había abierto un expediente sobre sí misma.

Escribió tres hipótesis, porque el método pedía tres.

Hipótesis 1: preparación de estafa o extorsión. Alguien ha investigado a la familia —redes, hemeroteca, entorno— y utiliza a una mujer entrenada como gancho. Objetivo probable: dinero o influencia sobre un peritaje.

Encajaba con casi todo. No encajaba con el muro del Paco, que no estaba en ninguna hemeroteca, ni con el perro, que no estaba en ninguna parte.

Hipótesis 2: trastorno delirante con acceso real a información familiar. Una mujer enferma que en algún momento de su vida tuvo contacto con Marta o con la familia, y que ha reorganizado ese material dentro del delirio.

Encajaba con los lapsos, con la «otra» que asomaba por las grietas. No encajaba con la estructura: los delirios son ruidosos, expansivos, piden público. Aquella mujer dosificaba. Los delirios no dosifican.

Escribió Hipótesis 3: y se quedó mirando los dos puntos.

La tercera hipótesis era la que su oficio le prohibía formular, porque no existía mecanismo conocido por el que una desconocida pudiera tener los recuerdos de una muerta.

Borró los dos puntos. Cerró el portátil.

Eran las once y media de la noche del día más largo de su vida adulta, y decidió, con la solemnidad un poco ridícula de las decisiones nocturnas, que no se lo contaría a nadie.

A su madre, menos que a nadie. A la policía, ¿para denunciar qué?

, ¿que una mujer sabía cosas? Al colegio, ¿para consultar qué praxis? , si la paciente no tenía nombre.

Durmió mal y poco, y a las siete menos cuarto bajó a correr a la ribera.

La margen izquierda del Ebro a oscuras, el río crecido y marrón, la basílica al otro lado iluminada para nadie.

Corrió ocho kilómetros, dos más que de costumbre, hasta que el cuerpo le devolvió algo parecido al orden, y volviendo a casa, ya con luz, se descubrió pensando que el lunes siguiente quedaban seis días, y que era la primera vez en dieciocho años que deseaba que una semana pasara rápido por algo relacionado con Marta.

Esa misma mañana, en la consulta, imprimió el acta de la sesión para archivarla en papel, porque el papel era la única memoria que no se dejaba reescribir. La releyó con el bolígrafo en la mano, corrigiendo erratas, y al llegar al final encontró el agujero.

La paciente pronuncia entonces el nombre del perro [——].

No lo había escrito. Se había saltado el nombre al transcribir, sin darse cuenta, con la limpieza con que la mano evita sola una llama. Destapó el bolígrafo para completar el hueco y se quedó así, con la punta a dos milímetros del papel, un tiempo que no quiso medir.

Había una razón técnica para no escribirlo, y se la recitó: aquel nombre era su único material de control.

La única información del mundo que seguía sin estar en ningún papel, en ningún disco, en ninguna boca.

Mientras no lo escribiera, cualquier persona que lo pronunciara delante de ella estaría demostrando algo imposible.

Escribirlo era contaminar la última muestra limpia.

Todo eso era verdad. Y debajo de todo eso, como un animal debajo del hielo, estaba la otra verdad: que no podía.

Elena tapó el bolígrafo. Archivó el acta con su hueco dentro.

Llevaba dieciocho años conviviendo con un agujero de tres horas. Aquella mañana de noviembre fabricó el segundo, lo guardó en un archivador gris, y se dijo que era metodología.

Casi se lo creyó.