Capítulo 50 #2
La asaltó el recuerdo de doña Tecla, con su eterno aroma a rosquilla y el crujido de su rosario.
Aquella mujer la había arrancado de las garras del commissaire para acompañarla en sus primeros y titubeantes pasos en Orán, cuando aún no imaginaba todo cuanto estaba por venir.
También el de la señora Sagrario y el de la casa de los Morague en la place de la Bastille, con su patio rebosante de vida además de trinos de pájaros que olía a jazmín y a los guisos de Manuela.
Se tomó un instante para rememorar a Consuelito y su embarazo incipiente, que la animó a lanzarse a aquella vida ambulante y de la que nunca volvió a tener noticias.
Por supuesto, tampoco olvidaba a Gumersindo Pineda, un hombre de corazón demasiado bondadoso para la época que le había tocado vivir.
Por último, no pudo dejar de pensar en Halima, que la había sostenido en sus peores momentos y le había abierto los ojos a una manera de curar que salía del alma y traspasaba los límites de la ciencia y de cuanto había dado por sentado, la misma que había asumido compartir su vida con un monstruo a cambio de salvar a tantas otras de lo que sufrió ella.
Se le había formado un nudo en la garganta y los ojos húmedos le impedían ver con claridad las aeronaves.
—¿Lista? —preguntó Rodrigo, cortando de golpe sus ensoñaciones.
—Eso creo.
—No te preocupes, Baptiste sabe lo que hace. Se asegurará de que aterricéis sanas y salvas.
Aurora lanzó una mirada al piloto que revoloteaba alrededor del Dewoitine D338, un trimotor con capacidad de hasta veintidós pasajeros, revisando y haciendo las últimas comprobaciones.
Luego sus ojos buscaron a sus hermanas. Estrella sostenía a Esperanza en brazos, la habían sacado de la cama sin que llegara a darse cuenta y seguía soñando con la carita enterrada en el cuello de su tía.
Jimena, con su gesto mohíno, estaba junto a Rocío, serena del brazo de su marido.
Finalmente habían acordado que José no las acompañaría, no podía abandonar su recién inaugurado taller de carpintería en Hussein Dey, el que había abierto con tanto esfuerzo y donde había invertido todos sus ahorros.
La idea era que tan pronto lograra traspasarlo se reuniría con ellas.
—Seguro que estaremos bien. —Aurora posó sus pupilas en las de Rodrigo—. ¿Y qué harás tú?
—Me he alistado para apoyar a las fuerzas del Eje.
Sus palabras cayeron sobre ella como un jarro de agua fría.
Jamás lo hubiera imaginado jugándose la vida en el fragor de una batalla.
Él no era como Martín, dispuesto a defender unos ideales hasta las últimas consecuencias; pertenecía a los terrones de tierra reseca que crujían bajo los pies, a la brisa marina, a los racimos de uvas madurados por el sol.
En el caso de Rodrigo, solo se le ocurría una razón para que se lanzara a una locura semejante. Aun así, preguntó:
—¿Por qué?
—Tal vez no estuvieras equivocada, después de todo. Los americanos no saben apreciar el buen vino. En cambio, los alemanes son unos apasionados enólogos. Y yo tengo que velar por mis negocios. Es lo único que me importa, ¿no era eso?
—Rodrigo, cuando dije aquello yo…
—Tranquila, lo he superado.
No era cierto, ambos lo sabían.
Un remolino de viento cálido le alborotó el pelo. El siroco soplaba a destiempo, pensó con una extraña y súbita añoranza. Quizá aquella fuera una de las últimas veces que sentía su abrazo sobre la piel.
—Nada de lo que diga te hará cambiar de opinión, ¿me equivoco?
Él se detuvo para encenderse un cigarro.
Inhaló una profunda calada y luego negó con la cabeza.
Rodrigo estaba herido, aunque su herida no fuera de las que sangran.
La suya supuraba bilis, rencor y celos. No era capaz de digerir el modo en que Aurora había mirado a Martín al saberlo vivo.
Ese fogonazo se había grabado en sus retinas y acudía a su mente una y otra vez para atormentarlo.
¿No podía Aurora darse cuenta de que él solo quería que ella lo mirara así?
—¿Me prometes al menos que tendrás cuidado? —pidió ella.
—¿Acaso importa?
—A mí sí.
Rodrigo la miró con sus ojos cobrizos repletos de destellos. A Aurora le pareció más alto y apuesto que nunca. También más inalcanzable.
—Veo que no soy el único que ha venido a despedirse —apuntó, señalando con el cigarro pinzado entre dos dedos hacia su espalda. La mandíbula tensa.
Aurora se giró sorprendida. Apoyada contra el portón del hangar, una silueta los observaba. Era Martín. Se volvió hacia Rodrigo, que había tirado la colilla al suelo y la pisaba con la mirada puesta en un horizonte que ya clareaba.
—Yo… —arrancó Aurora sin saber siquiera cómo terminar la frase. Le desgarraba el alma estar haciéndole daño a Rodrigo, pero sus sentimientos seguían alborotados y se sentía tan confusa que por el momento no se veía capaz de ofrecerle más que las dudas que la carcomían por dentro.