Capítulo 50 #3
Él hizo amago de marcharse, pero ella lo retuvo sujetándolo de la mano.
Una vez más, el contacto de sus pieles le provocó una sensación parecida a la de un chispazo.
Aurora no pudo ni quiso pensar más, se dejó envolver por el olor a uva madurada al sol y se alzó sobre la punta de los pies para alcanzar los labios de Rodrigo.
Sin embargo, en esa ocasión, fue él quien dio un paso atrás, transformando lo que debería haber sido un beso en un leve roce que la hizo sentir desubicada.
—Adiós, Aurora.
Rodrigo se dio la vuelta para dejarla con el corazón enloquecido y un sollozo atorado en la garganta. Sus largas piernas lo alejaron de ella con tanta rapidez que apenas tuvo tiempo de murmurar:
—Adiós, Rodrigo.
* * *
—¿Sigue cabreado? —Martín cabeceó hacia la figura que se distanciaba de la pista.
—Me temo que sí.
—Lo siento, no era mi intención causarte problemas.
Aurora se vació de un hondo suspiro.
—Lo sé.
Permanecieron callados mientras veían a Estrella subir a la aeronave por la escalerilla con Esperanza aún abrazada a su cuello, Rocío y Jimena ya estaban arriba, y José esperaba en la pista con una maleta en cada mano.
Se conocían tan bien que no necesitaban llenar el silencio con palabras vacías.
Aurora pensó que Martín y Rodrigo iban a luchar en la misma guerra, pero en bandos contrarios.
¿Y si les ocurría algo? ¿Y si alguno de ellos no regresaba a su lado? ¿Cómo iba ella a soportarlo?
—No lo hagas —suplicó a sabiendas de que pedía un imposible—, no arriesgues tu vida. Ya te lloré una vez, no me obligues a volver a hacerlo.
—No temas, venceremos y después el mundo será un lugar mejor para todos. Será mejor para ti.
Martín siempre había sido un soñador. A su pesar, una sonrisa se dibujó en el rostro de Aurora.
—Haces que suene tan bonito… —murmuró.
—Me encanta cuando sonríes.
En ese momento, Baptiste arrancó el motor del Dewoitine D338 y las hélices empezaron a girar a toda velocidad. El ruido era ensordecedor. Martín se aproximó a ella, sus cuerpos estaban tan cerca que percibió su calor. Aquello la turbó.
—Te he pensado cada día —le dijo él al oído para que sus palabras no se perdieran entre el zumbido—, y lo seguiré haciendo hasta que volvamos a vernos.
Aurora se fijó en cómo el flequillo le bailaba sobre sus ojos grises y supo lo que iba a ocurrir. No hizo nada por impedirlo. Dejó que Martín la rodeara por la cintura para besarla con la intensidad de los primeros besos, o tal vez de los últimos.
Se dejó hacer sin querer pensar que hacía solo unos instantes ella había buscado otros labios.
Su cabeza era un torbellino y su cuerpo se había vuelto ligero como si estuviera hecha de espuma de mar.
El beso fue tan fugaz que bien podría haber sido un sueño de no ser porque, mientras Martín se alejaba, aún sentía el sabor de su boca.
Aurora fue la última en subir a la aeronave.
Ya en el último peldaño de la escalerilla se detuvo un instante para mirar a su alrededor.
Argelia se iluminaba con las primeras luces del día.
El aire estaba cargado con olor a queroseno, pero, aun así, podía distinguir ese punto salobre del mar.
Allí, en aquella tierra salvaje e indómita, había descubierto la crueldad más feroz del ser humano, pero también cómo el amor no entiende del paso del tiempo ni de fronteras.
En ese rincón del mundo había perdido a sus hermanas y las había recuperado junto con una sobrina que llevaba el nombre más bonito posible: Esperanza.
Justo lo que ella sentía crecer en el pecho en ese momento en que se aventuraba en un nuevo viaje hacia lo desconocido.
Tomó asiento entre Estrella y Rocío, que la acogieron con miradas empañadas de emoción.
Sabía que ellas también dejaban atrás personas queridas y recuerdos agridulces: José, El Jardín, con Violeta y sus chicas con nombres de flores, el doctor Rafael y la enfermera María al cuidado de Glotón, la tumba de Olvido…
Baptiste se volvió desde la cabina para avisarlas de que iba a proceder al despegue.
Aurora asintió. De inmediato sintió que la vibración del aparato aumentaba y que las ruedas se deslizaban sobre la pista.
Por la ventanilla, el paisaje se deslizaba con rapidez.
Entonces experimentó una especie de vacío en el estómago y supo que habían perdido contacto con el suelo. Estaban volando.
En apenas un minuto el aeródromo Manche Blanche quedó atrás.
Aurora no pudo resistir la tentación y lanzó un último vistazo por la ventanilla.
Abajo, dos figuras permanecían inmóviles siguiendo la estela del avión.
Tuvo la certeza de que eran Rodrigo y Martín, los dos hombres que habían formado parte de ella y que, pasara lo que pasase en el futuro incierto, lo harían para siempre.
Parpadeó para contener las lágrimas. No quería llorar, no ahora que un nuevo comienzo se le ofrecía junto con la promesa de tantas cosas por vivir.
Porque sí, porque estaba más viva que nunca y pensaba aprovecharlo.
Buscó las manos de sus hermanas para apretarlas con fuerza.
En sus ojos encontró la misma emoción que la embargaba a ella, al fin y al cabo, cada una había vivido su propio infierno, pero habían logrado escapar de él.
Ahora estaban juntas, y eso era lo único que importaba.