El abrazo del siroco Capítulo 50
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Capítulo 50

Navegando entre dos aguas. Así se sentía Aurora cada vez que pensaba en lo ocurrido en los últimos días.

Al menos no disponía de demasiado tiempo para pensar.

La vorágine de los preparativos para su partida la absorbió, al igual que a sus dos hermanas.

Gracias a ellas y a la pequeña Esperanza, encontró las fuerzas necesarias para lanzarse de nuevo a lo desconocido.

Mientras continuaran en Argelia no podría respirar tranquila.

El recuerdo de lo ocurrido en prisión solía golpearla con fuerza cuando menos los esperaba, robándole el sueño y el sosiego.

Que sus hermanas pudieran vivir lo que ella había sufrido resultaba una posibilidad aterradora.

Además, ahora estaba su sobrina, tan tierna y frágil.

Por eso necesitaba sacarlas de allí cuanto antes.

Consciente de que todo dependía de ella, Aurora hacía verdaderos esfuerzos por no flaquear; no podía permitírselo, no ahora que estaban tan cerca de conseguirlo.

Rodrigo se había marchado a Orán en busca de Sagrario.

Había sido una decisión de última hora y, al conocerla, Aurora se mostró conforme de inmediato.

—No me gusta la idea de que mi madre siga en la ciudad —le había dicho él antes de la despedida—.

La guerra está lejos de terminar y los suministros escasean, temo que la chispa salte, que tanta tensión acabe por provocar altercados.

Me quedaría más tranquilo si sé que está en la casa de Berna con vosotras. Ya sabes, en su estado…

—Por supuesto —lo tranquilizó Aurora, que sentía un sincero cariño por aquella mujer algo extravagante que hablaba con sus pájaros—. La cuidaremos como si fuera nuestra madre.

Rodrigo pareció dudar un segundo. La mirada huidiza, aún albergando rencor.

—Gracias —dijo al fin.

—No tienes por qué darlas. Si cambias de idea y decides acompañarnos…

Sus palabras se estrellaron contra un muro de frialdad y Aurora pensó una vez más que nunca se acostumbraría a aquella nueva situación.

Había esperado que se tratase de un arrebato pasajero, una rabieta de niño grande en la que, llevado por los celos, pretendiera darle una lección.

De ser así lo habría comprendido y, aunque no había sido su intención, no podía menos que reconocer que razones no le faltaban para sentirse herido.

Sin embargo, por el momento no había conseguido traspasar la coraza tras la que él se escudaba, y con cada nuevo desaire ella creía que lo perdía un poco más.

—Yo diría que lo tenemos todo listo —escuchó anunciar a Paloma al entrar en el apartamento.

Aurora se acercó para descubrir una maleta de cartón repleta hasta los topes que difícilmente lograría cerrar.

—Espera, te echo una mano —se ofreció.

Les costó lo suyo, pero diez minutos después la maleta estaba cerrada y ellas dos sudorosas.

—¿Estás segura de que no prefieres venir con nosotras? —preguntó una vez más, resistiéndose a alejarse de su amiga—. No creo que suponga un problema para Rodrigo.

—¿Ahora que he conseguido convencer a Ginés de que se olvide de irse a la guerra?

Mira que al llegar a Orán me prometí que no volvería a navegar, con lo mala que me puse, todo el día vomitando…

y resulta que estoy deseando que nos subamos al dichoso barco, no sea que aún cambie de opinión y se vaya detrás de Martín.

Oír su nombre nubló el ánimo de Aurora. No lo había vuelto a ver, pero sabía por las mellizas que seguía en Argel, a la espera de que lo enviaran a su nuevo destino, lo cual no tardaría en ocurrir.

—México debe de ser precioso —aventuró Aurora.

—Eso dicen —corroboró Paloma—. Pero si no lo fuera, creo que me daría igual. ¿Sabes? Yo lo único que quiero es estar con mi hijo y con su padre, si fuera en la Conchinchina me parecería bien.

—¿Has pensado de qué viviréis?

—De lo mismo que aquí. Con un poco de suerte podré montar mi propio taller de costura. A las mexicanas les gustarán los vestidos bonitos, digo yo… Lo que no sé es cómo se adaptará Ginés, que lleva desde nuestra guerra sin hacer otra cosa que batallar y sobrevivir.

—Pues como nosotras.

—También es verdad. —Se encogió de hombros con una sonrisa resignada—. En fin, nos irá bien.

—Te voy a echar tanto de menos…

—Eso ni lo menciones, que es lo que más me duele. ¡Cuando por fin volvíamos a estar juntas!

Se fundieron en un abrazo mudo, de esos que reparan el alma y recomponen los pedazos rotos.

—Eso me recuerda —dijo Paloma con una voz teñida de algo que Aurora conocía bien— que aún te debo una disculpa. Fue culpa mía, le confesé dónde estabas a Blanchard. Lo siento mucho, pero él tenía a Ginesito y yo…

—Calla, no sigas. Hiciste lo que tenías que hacer. —Le acarició la mano de meñique ausente—. Lo que no te perdonaría es que no hubiera sido así, no lo pienses más. ¿Me prometes que no lo harás?

—Prometido.

Los ojos de ambas se humedecieron, perdidos en todo lo vivido en los últimos años, lo bueno y lo no tan bueno. Aurora carraspeó en un intento de dejar la nostalgia atrás.

—Entonces dime, ¿ya tenéis los pasajes para el transatlántico?

—Doña Tecla está en ello, ayer me confirmó que esta semana zarpará uno. Procuraré convencerla de que nos acompañe, pero con lo testaruda que es no sé yo.

—Ojalá lo consigas.

Sin duda, pensó Aurora con un pellizco en el pecho, si el mundo no dejaba de girar era gracias a mujeres como aquella, que la suerte había cruzado en su camino.

* * *

Rodrigo se retrasaba. Había prometido estar de regreso con su madre en un par de días y ya habían pasado tres sin tener noticias.

Aurora empezaba a inquietarse. ¿Y si había cambiado de opinión?

¿Y si se había arrepentido de su propuesta de llevarlas hasta Suiza?

Al fin y al cabo, se había marchado resentido y dolido.

Por suerte, poco antes de anochecer, mientras las mellizas se despedían en la consulta del doctor Rafael y su enfermera María, a quienes habían confiado el cuidado de Glotón, escuchó unas fuertes pisadas en la escalera.

Se abalanzó a la carrera para abrir la puerta, esperando encontrarse a Rodrigo y su madre al otro lado.

—¿Jimena?

Junto a Rodrigo, la figura menuda de rodillas huesudas y cejas tupidas de la niña que había conocido en el Soleil d’Oran la miraba con fijeza.

Había crecido desde la última vez que se vieron, ya empezaba a abandonar la infancia para adentrarse en esa etapa en la que todo cambia sin posibilidad de vuelta atrás, aun así, resultaba imposible no reconocerla.

—Te lo explico dentro mejor.

Sonaba cansado, Aurora se hizo a un lado para franquearles el paso. Una vez en el salón vio cómo Rodrigo se dejaba caer en el sofá con un gesto sombrío.

—No pude convencerla —reveló, y ella supo que se refería a su madre—. Se negó a abandonar sus pájaros, ¿te lo puedes creer? Le insistí, pero fue imposible hacerla entrar en razón, maldita sea.

—Sagrario siempre ha sabido lo que quería…

y lo que no —apuntó con suavidad. En realidad, no le extrañaba, aquella mujer extraordinaria había sido indomable desde joven y hubiera sido una ingenuidad pensar que eso fuera a cambiar ahora—.

Sé que no es lo que desearías oír, pero tal vez tu deber como hijo sea respetar su decisión.

—Mi deber como hijo es asegurarme de que está a salvo —rebatió Rodrigo con rapidez dando una palmada sobre el reposabrazos.

Aurora no insistió, resultaba evidente que estaba enfadado y lo mejor era dejarlo estar. Al fin y al cabo, nada se podía hacer.

—¿Y Jimena? —se atrevió a preguntar.

—Mi madre se empeñó en que fuera a buscarla —resopló—.

En cuanto supo que irías a la casa de Berna insistió en que la llevaras contigo.

Nuestra familia tiene una deuda con la suya desde hace años y mi madre dijo que estaría más tranquila si sabía que quedaba saldada.

Además, después de lo que le ocurrió a su padre… ya sabes, lo de la mano…

Aurora recordó la historia que le había contado Sagrario de cuando Carmen, la abuela de Jimena, había sacado a un travieso Rodrigo Morague del pozo. Tampoco olvidaba el accidente en el que Cosme había perdido una mano mientras manipulaba los explosivos en el viñedo.

—No te preocupes, me ocuparé de que la acepten en un buen internado en cuanto lleguéis —continuó Rodrigo—. Le ha costado un poco dejar el viñedo, pero no os dará problemas. ¿Verdad que no, Jimena?

Ante la pregunta que más parecía una advertencia, Aurora dirigió su mirada a Jimena. La cría tenía el gesto contrariado y su ceño fruncido gritaba que estaba allí en contra de su voluntad.

—Estoy segura de que se portará de maravilla —trató de aliviar la tensión.

—Bien —dijo él incorporándose del sofá—. Os dejo para que descanséis, mañana será un día largo. Mi amigo Baptiste nos espera en el aeródromo Manche Blanche, quiere despegar al amanecer. Por la noche dormiréis en Suiza.

Al escuchar aquello Aurora sintió un cosquilleo en el estómago. Era el vértigo ante lo desconocido, el miedo por el abismo que se abría a sus pies.

* * *

Empezaba a clarear y el aeródromo Manche Blanche no había despertado todavía. Le pareció contar seis aeronaves, entre aviones y avionetas que dormitaban junto a la pista. En cuestión de horas todo cuanto conocía quedaría atrás.