El abrazo del siroco Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

—Si me preguntas si te quiero, la respuesta es que sí, por supuesto que te quiero —respondió ella con tiento—. Yo también he crecido amándote, primero como a un hermano, después como mucho más, ya lo sabes. Sin embargo…

Se detuvo tratando de poner en orden sus pensamientos. Estaba siendo sincera, lo que sentía por él la atravesaba por entero. No había una sola fibra de su cuerpo que no vibrara ante su cercanía. No obstante, a veces las cosas no resultan tan sencillas.

—Sin embargo… —la alentó Martín.

—Ha pasado mucho tiempo, creí que no volvería a verte. Yo pensé que…

Las imágenes de los momentos apasionados compartidos con Rodrigo acudieron a su mente como fogonazos crueles.

La culpa la invadió, recubriendo sus venas de un líquido espeso y negruzco.

De haber sabido que Martín seguía vivo, que iba a reunirse con él, ¿habría actuado igual?

¿Se habría permitido que sus sentimientos hacia Rodrigo crecieran hasta llegar a plantearse un futuro a su lado?

—No sigas —masculló Martín. Había visto cómo Rodrigo la sujetaba por la cintura, no necesitaba más para comprender—. Es por ese tipo, ¿verdad?

—Por favor, Martín, no quiero que pienses que…

—Prometimos esperarnos, ¿recuerdas?

Aquello fue como una cuchillada en las entrañas.

Por supuesto que recordaba aquella noche, la de la despedida.

¿Cómo olvidarla? Si hubiera sabido entonces todo lo que les quedaba por sufrir, tal vez se habría aferrado a Martín y le hubiera impedido marcharse.

Pero no lo hizo. Él se fue y ella se quedó, y para cuando siguió sus pasos, ya era tarde. Demasiado tarde.

—Estás siendo injusto. Al hacer esa promesa ninguno de los dos podía imaginar lo que nos esperaba.

Martín resopló y se removió en el sofá. Sus piernas dejaron de tocarse, como si la distancia que empezaba a crecer entre ellos también fuera física.

—No te preocupes, no te causaré más molestias. Pronto me iré y podrás continuar con tu vida al lado de…

Aurora no se molestó en completar el nombre de Rodrigo, eso no era lo que la preocupaba en ese momento.

—¿Cómo que te vas? ¿Adónde?

—Formo parte de la Legión Extranjera. Parto con los Aliados para derrotar al fascismo.

—¿Vuelves a la guerra?

—La guerra nunca terminó.

Fue en ese instante cuando Aurora cayó en la cuenta de que, una vez más, ella pasaba a un segundo plano.

Sí, puede que Martín le hubiera hablado de amor, pero también lo hacía de guerra.

Con él siempre acababa siendo así. Sus ideales estaban antes que nada, incluida ella.

De repente fue consciente de que junto a Martín solo le aguardaban incertidumbres, algo de lo que ella había tenido más que de sobra.

Con Rodrigo, en cambio, se abría la opción de una existencia estable, sin sobresaltos. Se sintió ruin al pensar así.

—Será mejor que me vaya —anunció Martín poniéndose en pie—. Ese hombre debe de estar abajo y no querrás hacerlo esperar.

—No sabes lo que dices —se quejó Aurora sin atreverse a retenerlo.

—Lo que sé es que a lo que me he aferrado todo este tiempo para sobrevivir al desierto no existe.

Viéndolo abandonar el salón, Aurora se preguntó cómo era posible que uno de los momentos más esperados de su vida hubiera acabado por estropearse así.

Su figura se esfumó como si nunca hubiera estado allí y ella posó su mano sobre el asiento para confirmar que aún conservaba el calor, que no lo había soñado.

Martín había estado allí, con ella, pero había vuelto a desaparecer.

* * *

Encontró a Rodrigo acodado en una baranda del boulevard Carnot, abstraído en el ir y venir de los barcos y el trajín del puerto.

Lo observó sabiendo que él aún ignoraba su presencia.

Incluso de espaldas seguía apreciándose su corpulencia y su buena planta, y sintió un cosquilleo al recordar cómo sus brazos fuertes la habían sujetado mientras ambos se fundían entre gemidos de placer.

Sacudió la cabeza para deshacerse de esos inoportunos pensamientos.

—Mis hermanas me han dicho que te encontraría aquí.

Tras una profunda calada que terminó de quemar lo poco que le quedaba del cigarro, Rodrigo lo catapultó a lo lejos con los dedos.

—Prefería no molestar, sé perfectamente cuándo estoy de más.

Aurora suspiró. Sabía que no podía engañarlo, no se lo merecía.

—Siento haberte hecho sentir así —trató de explicarse—. Es que volver a ver a Martín ha sido…

—¿Qué sientes por él?

—Lo quiero, por supuesto. Se crio con nosotras, es como un hermano…

—Hermano. Esa fue la palabra que usaste para referirte a él al hablarme de tu vida en Alicante, pero no es lo que me ha parecido al veros juntos.

Ya sabes a qué me refiero. —Lo sabía, por supuesto que lo sabía.

Y, aun así, resultaba tan complicado que apenas se sentía capaz de explicarlo—.

No hace falta que contestes, lo puedo ver en tus ojos.

—Solo estoy confusa, Rodrigo, creo que necesito algo de tiempo. Para ordenar mis ideas.

—Ya…

—Pero eso no cambia lo que siento por ti. Ni tampoco el hecho de que quiero empezar una vida contigo en Suiza. No voy a faltar a la promesa que te hice.

Rodrigo se giró para quedar cara a cara. Sus ojos parecían recién prendidos.

—No quiero que me elijas por compasión.

—Yo no he dicho eso.

—Tampoco es necesario.

Se quedaron en silencio, con el sonido de la ciudad y del mar ocupando el espacio entre ellos.

Aurora tuvo la tentación de acercarse, de enterrar la cara en su pecho para cobijarse del terremoto que había sacudido su existencia.

Tal vez allí, donde sabía que la esperaba el olor de la uva madura, encontrara algo de paz.

No se atrevió. Sabía que Rodrigo se sentía despechado y no quiso presionarlo.

—Avisaré a mi contacto del aeródromo para que lo tenga todo listo cuanto antes. Deberías avisar a tus hermanas para que estén preparadas, no olvidemos que Blanchard te busca y corres peligro. Tenéis que marcharos de Argelia.

—¿Cómo que «tenéis»? ¿Qué pasa contigo?

—Cambio de planes.

Aurora tuvo un mal presentimiento. Lo supo al escuchar el tono frío y distante tras el que Rodrigo parecía parapetarse.

—Tus hermanas y tú os subiréis a ese avión, en Berna os recibirán y me aseguraré de que no os falte de nada…, pero yo no os acompañaré. Ahora mi lugar no está allí, por lo menos hasta que deje de verlo a él cada vez que te mire a ti.

Aurora sintió de nuevo esa culpa viscosa que la recorría.

¿Por qué, sin pretenderlo, estaba haciendo daño a dos de las personas que más le importaban?

Primero había sido Martín y ahora, Rodrigo.

Fue dolorosamente consciente de que se estaban alejando de ella sin saber cómo hacer para impedirlo.

Levantó la vista al cielo y vio pasar un par de gaviotas, parpadeó para retener las lágrimas.

—Lo siento —dijo.

Él clavó sus ojos cobrizos en los suyos durante tanto rato que Aurora llegó a creer que se lo estaba pensando, que quizá fuera a cambiar de opinión. Tal vez aún hubiera una esperanza para ellos. Deseó con todas sus fuerzas que la besara.

Rodrigo no la besó, pero sí levantó una mano para sujetar un mechón que revoloteaba frente a su rostro movido por la brisa.

Sus dedos se quedaron ahí, como si le supusiera un gran esfuerzo desprenderlos de su cabello.

Permanecieron inmóviles hasta que, con un último suspiro, dio un paso atrás que Aurora sintió como si lo hubiera alejado kilómetros de ella en lugar de centímetros.

—Yo también lo siento.