El abrazo del siroco Capítulo 49
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Capítulo 49

Argel la blanca sorprendió a Aurora por su belleza y por su tamaño. La capital de Argelia resplandecía bajo el sol de abril y, aun cuando la comida u otros productos básicos escaseaban y la inestabilidad del largo conflicto hacían mella en sus habitantes, su encanto permanecía intacto.

Si sus pasos fallaron en varias ocasiones al ascender por las empinadas callejuelas de la casbah, no fue por su suelo adoquinado ni por andar esquivando excrementos de burro, sino porque sabía que a cada paso la distancia con sus hermanas se acortaba.

Un par de veces se vio en la necesidad de sujetarse del brazo de Rodrigo y, de nuevo, se sintió agradecida por tenerlo a su lado.

—Todo va a ir bien —le prometió él con una sonrisa—. Ya estamos cerca.

Aurora asintió y le devolvió la sonrisa, preguntándose cómo habría sido su vida en aquel país sin Rodrigo Morague.

Cierto que su historia había sido algo tortuosa, pero resultaba innegable la poderosa atracción que ejercían el uno sobre el otro.

De algún modo era como si, ignorando el empeño que ambos habían puesto en mantenerse separados, el universo se hubiera empeñado en que sus caminos se entrecruzasen una y otra vez.

—Es aquí —anunció él frente a un estrecho portal donde un escueto cartel anunciaba una consulta médica—. ¿Preparada?

Negó con la cabeza. ¿Cómo estarlo? Había esperado más de tres años y al fin se sabía a punto de abrazarlas. Sintió que las piernas no la sostendrían y un leve mareo le embotaba los sentidos.

—Vamos, yo estaré contigo.

Ascendieron las escaleras hasta el primer piso como en un sueño.

Luego no recordaría quién había llamado a la puerta ni si escuchó pasos acercándose para abrirla.

Todo le parecía tan irreal que temió despertar y descubrir que se trataba de un sueño.

Lo que ocurrió, en cambio, fue que Paloma la observó desde el otro lado del umbral, con los ojos muy abiertos y una mano en el pecho.

—¡¿Quién es, Paloma?!

Las palabras de Estrella las sacaron a ambas del embrujo.

—Vamos, pasa —pidió Paloma en un susurro, incapaz de reunir más voz—, llevan esperándote demasiado ya.

Cuando Aurora se adentró en el salón vio a Estrella con un periódico de pie junto a la ventana, parecía concentrada en descifrar alguna noticia.

Rocío estaba un poco más allá, en un rincón que parecía ser la cocina, y removía algo en un cazo con una mano mientras que la otra sujetaba a una niña pequeña sobre su cadera.

Ninguna se había percatado de su presencia, así que dispuso de unos segundos para disfrutar de una sencilla escena doméstica que la conmovió por lo cotidiana y por lo añorada.

Aquella frágil quietud se rompió cuando la pequeña se volvió y la descubrió allí plantada. Le dedicó una luminosa sonrisa que mostró unos dientes blanquísimos.

—¡Hola! —dijo.

Sus hermanas se volvieron a la vez, extrañadas, y al encontrarse con Aurora en medio del salón el tiempo quedó en suspenso, al igual que sus latidos.

—Dios mío…

Rocío detuvo el remover sin soltar el cucharón y Estrella bajó los brazos, olvidado del todo el periódico.

Durante unos eternos minutos sus miradas se trenzaron, inútiles las palabras por ser incapaces de expresar todo el amor acumulado durante aquella larga ausencia.

Aurora se preguntó cómo era posible que el tiempo hasta ese instante hubiera transcurrido lento e indolente y, de repente, le pareciera poco más que un breve suspiro.

La primera en reaccionar fue la pequeña, que se descolgó de su madre para ir a su encuentro. La cogió de la mano con naturalidad, como si no fuera la primera vez en su vida que se veían, y le preguntó:

—¿Te quedas a comer?

El roce de aquella mano, tan pequeña y tierna, hizo que una abrumadora calidez le recorriera las venas.

De algún modo primitivo pero inequívoco, su sangre reconocía la de una criatura a la que, desde ese instante, protegería por encima de todo.

Aurora se agachó para quedar a la altura de su sobrina y poder admirar la perfección de aquel rostro tan nuevo y a la vez tan familiar.

—¿A ti te apetecería que me quede? —La niña pareció pensárselo un momento y luego asintió con tal vehemencia que sus tirabuzones castaños se sacudieron en todas direcciones—. Pues no se hable más, me quedo.

Fue entonces cuando la inmovilidad que las había embargado estalló como un cristal y las mellizas corrieron al encuentro de Aurora, que seguía acuclillada junto a la niña.

Allí, en el suelo de un apartamento prestado, en una ciudad prestada de un país prestado, las tres hermanas se fundieron en el abrazo soñado durante tres largos años, sanando así las heridas que la ausencia había abierto en sus corazones.

—Me quedo —murmuraba Aurora—. Me quedo con vosotras.

Los compases del tiempo mecieron a las hermanas en el reencuentro.

Se besaban, se acariciaban, se reían y se volvían a besar una y otra vez, sin prisa, pero con el ansia de quien lo ha anhelado durante mucho, demasiado.

Una vez la piel propia quedó saciada del tacto de las otras, Aurora se dirigió a su sobrina.

—Bueno, ¿y tú cómo te llamas?

—Pequeña —anunció la niña muy convencida.

Perpleja, Aurora se volvió hacia sus hermanas.

—¡Mira tú por dónde! —saltó Estrella, recuperando su habitual tono guerrillero cada vez que salía el tema—. Menos mal que has venido, porque tardas un poco más y esta niña se queda con el dichoso «pequeña» para el resto de su vida.

—No exageres —protestó Rocío—, ya te dije que Aurora se ocuparía de eso.

—¿Cómo? ¿Es que no habéis elegido un nombre aún?

—¿A ti te parece normal? —saltó Estrella.

—Era mi manera de obligarte a venir. No ibas a dejar a tu sobrina sin nombre.

Con el asombro dibujado en su rostro, Aurora no pudo por menos que reír la ocurrencia de su hermana.

—Por supuesto, no pienso dejar que mi única sobrina se llame «pequeña». Esto lo arreglamos ya mismo —afirmó y volvió a agacharse para estudiar a la niña con atención. Le resultó sorprendente no albergar duda—. Dime, ¿te gusta Esperanza?

La niña se tomó unos instantes antes de responder. Su gesto serio y concentrado hacía pensar que de verdad estaba calibrando su propuesta. Al cabo, volvió a sonreír con esos dientes blanquísimos y a sacudir los tirabuzones al asentir con vehemencia.

—Es mucho mejor que «pequeña» —afirmó, arrancando una carcajada a su tía.

—Desde luego —se mostró de acuerdo Aurora—. Esperanza, entonces, ya lo tenemos. Un nombre precioso para una niña preciosa.

Paloma y Rodrigo, que se habían mantenido algo apartados a fin de respetar el reencuentro, se acercaron para celebrarlo con las hermanas.

Aurora se encargó de hacer las presentaciones y, aunque le pareció que las mellizas se mostraban algo cohibidas ante la imponente presencia de Rodrigo, apenas le dio importancia, ocupada como estaba en disfrutar de aquel momento.

Envueltas en un revuelo de preguntas infinitas, respuestas que se pisaban unas a otras, palabras de cariño repetidas como una cantinela…

ninguna oyó la puerta ni los pasos que se aproximaron.

Nadie reparó en la figura que las observaba en silencio, perdida en el recuerdo de una época en que aquella escena de las tres hermanas juntas y felices era algo tan cotidiano que jamás pensó cuánto llegaría a echarlo en falta.

Un carraspeo salido de su garganta rompió el hechizo y las muchachas se volvieron.

Aurora, que había logrado mantenerse más o menos entera, sintió un abismo bajo sus pies. Se tambaleó y a punto estuvo de caer desplomada. Fue Rodrigo quien, sujetándola por la cintura, evitó males mayores.

—Hola, Aurora.

—¿Martín? No puede ser… ¡Estabas muerto!

La voz de Aurora abandonó su garganta áspera y entrecortada, distorsionada hasta el punto que a ella misma le sonó extraña.

La impresión de encontrárselo cara a cara fue tan fuerte que temió no resistirlo.

Pestañeó y, cada vez que sus párpados volvían a abrirse, esperaba que esos ojos grises hubieran desaparecido como la ensoñación que eran.

Pero Martín seguía allí, negándose a esfumarse en el recuerdo.

Aurora se aproximó hasta colocarse frente a frente y alzó la mano para acariciar el rostro de quien había sido casi un hermano, pero también su primer amor.

Sus dedos se detuvieron a escasos centímetros del mentón sin llegar a rozarlo.

—¿Eres real?

Fue Martín quien, con su propia mano, la ayudó a terminar el recorrido. El contacto le resultó casi doloroso.

Las mellizas y Paloma, que conocían bien su historia, fueron conscientes de que ambos necesitaban espacio para volver a ubicarse, por lo que salieron del apartamento con la excusa de ir en busca de Ginesito.

Rodrigo las acompañó, no sin antes lanzar un último vistazo a esa escena en la que la mujer que amaba acariciaba el rostro de otro hombre.

Reencontrarse fue difícil. Había tantas cosas por decir que las palabras se habían vuelto esquivas.

—Cuéntamelo todo. Necesito saber cómo has regresado de entre los muertos.

Martín sonrió y, sin soltarla, la acompañó al sofá. Allí, con las piernas rozándose como si tras los años separados ahora les resultara insoportable la idea de perder el contacto, le relató su historia. Al acabar, Aurora lloraba en silencio.

—Te he echado tanto de menos —susurró—. Te he necesitado tanto a mi lado…

—Ya estoy aquí. Y para mí nada ha cambiado, Aurora.

Mis sentimientos son los mismos que el día que nos despedimos en Alicante creyendo que no tardaríamos en volver a vernos.

Te sigo queriendo, nunca he hecho otra cosa que no sea quererte.

No conozco otra forma de vivir que no sea contigo en mis pensamientos.

Aurora se estremeció, confusa. Tras haberlo llorado, ahora, al tenerlo de nuevo delante, no era capaz de ponerle nombre a unas emociones que la estaban arrasando por dentro como si el feroz siroco se hubiera colado en su pecho.

—¿Qué ocurre? ¿Es que tú ya no sientes lo mismo?