El abrazo del siroco Capítulo 48
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Capítulo 48

Al despertar, Aurora sintió el peso del cuerpo de Rodrigo a su lado.

Saber que él también estaba desnudo bajo las sábanas le erizó la piel.

No comprendía lo que había entre ellos. Eran tan distintos en casi todo que resultaba inexplicable la poderosa atracción que ejercían entre sí.

Eran como dos planetas orbitando el uno en torno al otro, incapaces de abstraerse de aquella fuerza invisible pero poderosa que los mantenía siempre al borde de la colisión.

Con un estremecimiento apartó los recuerdos de los suspiros, caricias y gemidos compartidos en las últimas horas. Se removió perezosa, aún se notaba débil. Junto a ella, Rodrigo abrió los ojos.

—¿Cómo te encuentras?

—Mucho mejor —admitió.

Rodrigo la rodeó con un brazo y, con suavidad, la volteó hacia él.

Sus ojos cobrizos chispearon y Aurora sintió que la atravesaban de lado a lado.

Rodrigo la besó y ella se abandonó a esa reconfortante sensación de sentirse segura, protegida.

Había pasado tres años recorriendo una tierra que le era ajena, temiendo no poder reunirse con las únicas personas que le importaban en el mundo.

Y ahora, de pronto, no solo estaba a punto de volver a abrazar a Estrella y Rocío, sino que Rodrigo la acompañaría en el último tramo de aquel largo camino.

Desayunaron en la cama unos restos de pan y queso de la noche anterior, luego volvieron a enredarse en el cuerpo del otro durante tanto tiempo que olvidaron que fuera de aquella habitación, más allá del viñedo, el mundo seguía en guerra.

Solo cuando quedaron saciados de placer, la cordura pareció volver a recuperar su espacio.

—Será mejor que nos demos prisa. Michel no tardará en regresar —la advirtió Rodrigo mientras rescataba sus pantalones del amasijo de ropa a los pies de la cama—.

Es el médico que entró en lugar del doctor Galindo, la tromba de agua lo pilló en Orán solucionando unos asuntos, pero mucho me temo que debe de estar al caer.

—¿Y eso supone un problema?

—Uno bien grande. Michel es sibilino y tiene ojos en todas partes, además, sospecho que le pasa información a Blanchard.

En cuanto esté de vuelta descubrirá que he cogido medicinas del dispensario y no parará hasta averiguar por qué.

Tan pronto descubra que estás aquí, el commissaire lo hará también.

—No lo entiendo —musitó Aurora abrazada a sus rodillas—. ¿Qué le he hecho yo a ese hombre para que me odie de esta manera?

—Hay personas que no necesitan un motivo para hacer daño a los demás, simplemente no saben habitar el mundo de otra manera.

Aurora perdió la mirada por la ventana, desde allí se podían adivinar los primeros brotes de las vides. Cuanto había al otro lado le pareció de pronto inmenso e inquietante.

—¿Y qué puedo hacer?

—Tengo una casa en Suiza. Es uno de los pocos países que se ha mantenido neutral en esta guerra. Es el lugar perfecto para desaparecer y mantenerte a salvo.

—No voy a irme sin mis hermanas —dijo clavando su mirada en Rodrigo.

—Por supuesto que no, la invitación es para las tres —aclaró él, y un profundo agradecimiento por ese hombre que estaba dispuesto a ofrecerles una salida cuando todo parecía perdido calentó el pecho de Aurora.

Era una sensación maravillosa—. Te diré lo que haremos: nos vamos a Argel, allí un amigo nos tendrá preparada una avioneta en el aeródromo de Manche Blanche.

Tenemos que ser rápidos y cautelosos. No olvides que hay una tentadora recompensa con tu descripción.

—Suena todo tan arriesgado… ¿Y si las cosas se tuercen?

Rodrigo rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y extrajo una Walther P38. Ella se llevó una mano a la boca al ver el arma. Acababa de tomar conciencia de la dimensión de lo que se proponían llevar a cabo.

—¿Serías capaz de usarla?

—Si de ello depende tu vida, no lo dudaría ni un instante.

Refugiada entre los brazos de Rodrigo, Aurora se dijo que no sabía lo que le depararía el futuro pero si de algo estaba segura era de que, con él a su lado, todo sería más sencillo.

—Aurora, hay algo más que quiero pedirte.

—Rodrigo le levantó la barbilla para buscar sus ojos—.

No quiero que lo nuestro acabe aquí. Sé que es una locura hablar de amor en un momento como este, pero precisamente por eso no quiero dejar de hacerlo.

Ya creí que te había perdido una vez, no estoy dispuesto a hacerlo una segunda.

—Pero tú mismo lo has dicho antes —argumentó Aurora, que trataba de aplacar sus alocados latidos—: yo no puedo quedarme en Argelia y tú tienes aquí una vida, tus negocios, tu viñedo…

—Todo eso no es más que mi pasado, tú eres mi futuro.

—Aurora sintió que la habitación daba vueltas—.

Si tú también quieres ver a dónde nos lleva esto, volaremos juntos a Suiza y esperaremos allí el tiempo que haga falta hasta que el mundo recupere la cordura.

Esta maldita guerra no puede durar para siempre —continuó él—.

En caso de que no lo hagas, mi propuesta seguirá siendo la misma: tus hermanas y tú os refugiaréis en mi apartamento de Berna, allí estaréis a salvo…

solo que yo no subiré a ese avión con vosotras.

Su generosidad la conmovió. Estaba dispuesto a dejarlo todo atrás, y en su caso ese todo significaba mucho más que una vida acomodada, se trataba de su hogar y su legado.

—La decisión es tuya, Aurora.

Sintió un pellizco en la boca del estómago muy parecido al vértigo.

¿Acaso era eso amor? El recuerdo de Martín regresó para golpearla con fuerza.

Sus sentimientos por aquel muchacho de ojos grises y flequillo rebelde habían sido completamente diferentes.

Su historia se había cocido a fuego lento, todo lo contrario de lo que le ocurría con Rodrigo.

Lo suyo había sido una atracción instantánea, visceral, casi violenta; y pese a que se encontraban en las peores circunstancias, ninguno de los dos había podido mantenerse ajeno a ella.

Por un instante tuvo la sensación de estar traicionando a Martín, como si le debiera algo incluso después de muerto.

Sacudió la cabeza para deshacerse de aquella idea.

Rodrigo había dicho que ella era su futuro, tal vez fuera el momento de que tomara las riendas del suyo.

Frente a ella, Rodrigo aguardaba inquieto una respuesta. Sin duda tenía buen corazón, con sus debilidades y flaquezas, por supuesto, al fin y al cabo, ¿quién no las tiene? Aurora no necesitó más que adelantar su cuerpo hasta que sus labios se encontraron para dársela.

—¿Esto quiere decir que…?

—¿Tú qué crees?

Aurora acalló el vértigo que continuaba instalado en su estómago con un nuevo beso, mucho más apasionado que el anterior, al que él respondió al instante encendiendo su cuerpo con nuevas caricias.

Sí, se dijo, Rodrigo sería un buen compañero, y ella sería feliz a su lado.

Se desnudaron con urgencia, casi a zarpazos, mientras se dejaban caer entrelazados en la cama todavía revuelta.

La boca de él se separó de la suya para explorar nuevos rincones que la hicieron enterrar la cabeza en la almohada para acallar unos gemidos que resonaron en aquel dormitorio que de repente parecía contener el universo entero.

Aurora rodó para colocarse sobre el cuerpo fuerte y cálido del hombre que prometía cuidar de ella hasta las últimas consecuencias y se sentó con suavidad, permitiendo que su firmeza se adentrara entre sus piernas.

Sus pechos se mecieron al ritmo que marcaban sus caderas enloqueciendo a Rodrigo, que gruñó bajo ella, hundiendo los dedos en su carne, toda su corpulencia rendida ante la poderosa feminidad que cabalgaba sobre él.

Un segundo antes de alcanzar el orgasmo, Aurora dejó de preguntarse si no estaría cometiendo el mayor error de su vida para abandonarse de lleno a un placer que no admitía dudas.