Capítulo 47 #2
—Lo más que se podía hacer era aguantar —confirmó Ginés tragándose su rencor con una nueva calada—.
Como aquel día que quisieron castigar a un prisionero, pero ya fuera porque el siroco nos tenía la cabeza alborotada o porque el hambre nos nubló el juicio, cuando fueron a cogerlo los demás lo defendimos colocándonos a su lado con un: «A mí también».
Así, uno detrás de otro. Bocanegra ordenó dibujar un cuadrilátero de arena a nuestros pies y que nos apuntaran para permanecer dentro.
Al principio fue sencillo, pero conforme el sol empezó a apretar, los hombres iban cayendo como moscas.
La puntilla fue cuando, horas después, llenó un balde de agua y puso a los perros a beber frente a nosotros.
Ahí comprendimos que la lucha no sirve de nada en el desierto.
—Ni cantar nos estaba permitido —apuntó Martín recordando la noche del 24 de diciembre del 41 en la que desde varios marabouts entonaron villancicos y otras canciones españolas hasta que Bocanegra decidió que la fiesta se había acabado y mandó tirar abajo las tiendas con ellos dentro.
La crudeza de su relato les había dejado un sabor amargo atravesado en la garganta. Para aliviarlo, Ginés viró el rumbo de la conversación rescatando una anécdota del trayecto en tren hacia el campo de trabajo.
—En las cercanías de una estación hicieron una parada.
Cuando abrieron las puertas, los cuarenta hombres que nos hacinábamos en cada uno de los vagones para el transporte de caballerías nos encontramos con que una fila de soldados senegaleses vigilaba la vía —explicó con una media sonrisa que nadie lograba aún comprender—.
De pronto un compañero dio un salto y, a los pies mismos de los guardias armados, se bajó los pantalones y se acuclilló.
La primera carcajada se le escapó a José, que había acogido a Martín y a Ginés como a viejos amigos y que empezaba a divertirse de lo lindo con la historia.
—Debió de pensar que, si nos trataban como animales, lo justo era que nos comportásemos como tales —continuó Ginés—.
El soldado tuvo que dar un salto atrás para evitar que la boñiga le cayera en las botas.
Y, como si fuera una señal, el resto lo imitamos, obligándolos a retroceder sin más armas que nuestros traseros.
Ahora no solo José reía, las tres mujeres se le habían unido.
Con todo, el ambiente se había viciado de malos recuerdos y del humo del tabaco.
Rocío se levantó para abrir la ventana, necesitaba coger aire.
A pesar de que estaban en primavera y la brisa que entró al salón era templada, Estrella se estremeció.
Solo saberse juntos, en aquel minúsculo apartamento de la casbah argelina donde los chicos se recuperaban de sus heridas y recuerdos, les proporcionaba algo de consuelo.
Aunque sobre su ánimo planeaba una sombra, la que proyectaba la ausencia de Aurora.
—Hadjerat M’Guil, Djelfa, Morand, Bou Arfa, las minas de Kenadsa… —Ginés enumeró los campos de la muerte con voz rota y Paloma le apretó la mano.
—Todo eso es pasado. Las fuerzas del Eje siguen en Túnez, pero el Afrika Korps está acabado, no tardarán en rendirse —anunció Martín con convicción—. La campaña en el norte de África tiene los días contados.
—¿Qué ocurrirá entonces? —preguntó Estrella acariciando distraída a Glotón, que finalmente había renunciado a su existencia canalla por una vida burguesa—. ¿Significa que los alemanes perderán la guerra?
—Aún es pronto para eso —respondió Martín—. Hitler no se rendirá sin más.
—Pero los Aliados están ganando terreno, míralos aquí en Argel…
—Cierto, las tornas están cambiando y ya nadie pone la mano en el fuego por los alemanes —confirmó Ginés—. Pero me temo que aún queda mucho por delante.
—El fascismo no puede vencer, ni aquí ni en ningún lugar del mundo —se encendió Martín golpeando un cojín—.
Se dice que derrotar a Hitler será el primer paso; si lo hacemos, el siguiente en caer será Franco.
Debemos apoyar a los Aliados para que después ellos nos apoyen a nosotros.
Solo así podremos recuperar nuestro hogar, dejar de vivir de prestado de una maldita vez.
No somos criminales ni tenemos nada de lo que avergonzarnos.
Yo quiero regresar a España y quiero hacerlo con la cabeza bien alta.
Un sobrecogedor silencio invadió la sala. Más allá de los campos de trabajo o de las miserias del exilio, había algo que ellos, en otro tiempo, llamaron hogar. ¿Qué estarían dispuestos a hacer para recuperarlo?
—Cuando nos liberaron de los campos —continuó—, los americanos nos dieron dos opciones: continuar en la Compagnie Méditerranée-Niger como trabajadores libres cobrando cien francos diarios en lugar del simbólico franco y medio de cuando éramos presos, o alistarnos a la Legión Extranjera.
Paloma enderezó la espalda.
—¿Y qué has escogido? —le preguntó a Ginés.
—No sabía que te encontraría, ni que tenía un hijo —se justificó él—. Lo siento.
—¡No! —Paloma se levantó de un salto.
—Compréndelo, por favor. Quiero un mundo mejor para ti y para Ginesito. Si me alisté por mis ideales, ahora más que nunca tengo motivos para luchar por ellos.
—Pero te he esperado años y ahora que por fin volvemos a estar juntos me dices que te vas. ¿Qué ocurre con nosotros? ¿Qué pretendes que le diga a tu hijo?
—Dile que su padre lo quiere más que a su propia vida y que por eso mismo he de irme.
Un gemido escapó del pecho de Paloma, consciente de que nada de lo que dijera haría cambiar a Ginés de opinión. Cerró los ojos y deseó más que nunca que la maldita guerra no le arrebatara de nuevo todo cuanto le importaba.
—¿Y cuándo os vais? —preguntó armándose de valor.
—Pronto.
—Por Dios, mira en el estado que estás —musitó débilmente aludiendo a la muleta de la que aún se ayudaba para que sus desfallecidas piernas lo sostuvieran—, al menos quédate hasta que repongas fuerzas.
—La lucha me dará las que necesito —respondió él en un esfuerzo por disimular el golpe que había recibido en su orgullo.
Sin ser capaz de continuar hablando, Paloma salió del salón con los ojos anegados. Las hermanas la vieron marchar con el corazón encogido, ellas también deseaban que las cosas hubieran sido diferentes.
—Disculpadme —pidió Ginés al levantarse con dificultad para ir tras ella.
Durante los siguientes minutos, nadie dijo nada.
Aquel reencuentro tenía un sabor agridulce que empezaba a amargar en el paladar.
Por la ventana abierta les llegaban los ruidos de la calle, donde decenas de almas pululaban ajenas a sus penas, con seguridad ocupadas con las propias, pues en esos días nadie escapaba de ellas.
—Tengo que encontrarla —quebró el silencio Martín.
Por las mellizas estaba al tanto de todo lo ocurrido desde su llegada a Orán, incluida su estancia en la prisión y cómo allí las habían separado de Aurora.
Le hablaron de lo que sabían por Paloma: su vida en la pensión Valencia, su trabajo como planchadora, su decisión de enrolarse en una compañía de teatro itinerante con la esperanza de dar con ellas…
También de Bruno Blanchard y la terrible amenaza que suponía.
Al escucharlas Martín había apretado la mandíbula con fuerza, sin embargo, la vida en el desierto le había enseñado que ninguna batalla está perdida hasta que se exhala el último aliento.
Él conocía a Aurora mejor que nadie, habían crecido juntos, se habían convertido en quienes eran uno al lado del otro.
Sabía de la fortaleza de su corazón, de su inquebrantable voluntad.
Si alguien podía conseguirlo, esa era Aurora.
—No puedo irme sin verla.
Lo que no dijo Martín fue que, además de asegurarse de que se encontraba sana y salva, necesitaba mirarla a los ojos y preguntarle si aún lo amaba tanto como él la amaba a ella.
Aquello le robaba el sueño.
Habían pasado casi cuatro años sin verse, gran parte de ellos creyéndolo muerto. ¿Qué pensaría al verlo de nuevo? Lo único que sabía Martín era que no podía enfrentarse a una nueva guerra sin al menos haberla visto una última vez.