Capítulo 47
La mayoría de los habitantes de Argel no habían encontrado aún acomodo tras los cambios que la llegada de los Aliados había traído consigo. Las cosas eran diferentes, aunque eso no siempre significara que fueran mejores.
Tras el desembarco y las batallas que le siguieron, la infraestructura portuaria quedó dañada, por lo que el transporte de suministros a la colonia se vio irremediablemente afectado.
Tampoco ayudó que Argelia se hubiera convertido en un trampolín para la ofensiva de Túnez y, por tanto, el abastecimiento militar fuese una prioridad.
La escasez de productos básicos comenzó a resultar más evidente que nunca y el racionamiento o el trapicheo en el mercado negro se convirtieron en una dolorosa realidad para unos vecinos hastiados de penurias y miserias.
En esos días la incertidumbre continuó siendo el pan nuestro de cada día para los españoles, quienes intuían que con aquel nuevo orden su situación no iba a mejorar.
El apartamento de la casbah estaba hasta los topes.
La aparición de Ginés y Martín había revolucionado el pequeño mundo de las tres mujeres.
Estrella había cedido la única habitación a Paloma para que lo compartiera con su novio y ella se trasladó al salón después de que, con ayuda de un biombo y un colchón que consiguió José, este se reconvirtiera en improvisado dormitorio.
Lo que les seguía pareciendo extraordinario era que Martín estuviera allí con ellas.
Habían dado por ciertas las palabras de los guardias que, a su llegada a Orán, hacía ya más de tres años, les hicieron creer que estaba muerto.
Recuperar a quien había sido para ellas como un hermano era poco menos que un milagro.
El reencuentro fue tan inesperado que las mellizas apenas pudieron reaccionar más que con algunos gritos contenidos y muchas muchas lágrimas.
Fue Martín quien dio los pasos necesarios para fundirse en un abrazo que tardó en deshacerse lo que los corazones en aplacarse.
No fue hasta una segunda mirada, más pausada y exhaustiva, que se percataron del profundo cambio sufrido en aquel joven de ojos grises y flequillo rebelde que recordaban con el alma y las ilusiones intactas y que ahora parecía vapuleado por las injusticias del mundo.
—Nadie vuelve de donde yo vengo sin que las huellas sean visibles —explicó él al percatarse de la compasión en sus ojos.
Razón no le faltaba. Con los ánimos más calmados, los días siguientes ambos muchachos les fueron desmigando los horrores de los campos del desierto.
—Jamás creí que se pudiera pasar tanto calor —dijo Ginés, el cigarro pinzado entre dos dedos.
—Ni tanto frío —apostilló Martín.
Estaban sentados sobre unos cojines en el suelo, las mujeres los escuchaban desde el sofá.
En la mesa aún quedaban por recoger los platos sucios y las tazas de café con posos ya completamente helados.
Los niños estaban abajo, en la consulta, María se los había llevado con la promesa de dejarles usar el estetoscopio y hacerle un vendaje a cada uno.
—Pero lo peor no era el calor o el frío, ni el viento, ni la sed o el hambre… Ni siquiera esa locura de construir una línea de ferrocarril de más de tres mil seiscientos kilómetros hasta Dakar entre dunas de arena…
* * *
Si bien Martín y Ginés no habían desembarcado juntos en Argelia, el destino tuvo a bien reunir a estos dos viejos amigos aunque fuera en las más terribles circunstancias.
Mientras que Ginés había iniciado su periplo a bordo del Stanbrook en marzo del 39, y pasó por la prisión civil de Orán y el Camp Morand después; Martín aterrizó directamente en Hadjerat M’Guil meses más tarde, donde ambos se llevaron la agridulce sorpresa de encontrar al otro.
Fue allí, en los confines del mundo, olvidados por todos, donde descubrieron que sería su amistad lo único que, con suerte, les permitiría sobrevivir.
Si en Camp Morand los hombres se aferraron a la esperanza de poder salir, rumbo a México o la Unión Soviética según las filiaciones políticas de cada cual, en el desierto pronto quedó claro que nadie saldría con vida.
Al menos eso les repetía a diario el teniente Santucci, un corso al que todos conocían como Bocanegra y que dirigía con sadismo y crueldad aquel rincón del infierno donde lo mismo granizaba con rabia que el sol, tan implacable como sus guardianes, les dejaba la sesera frita y las piernas flojas.
Hasta el siroco parecía furioso. Algunas noches les volcaba encima los marabouts en los que se repartían por docenas, y ellos trataban de dormir sujetando las telas de las tiendas con brazos y piernas para no perderlas.
Un toque de silbato para despertar y otro para dar por iniciado el toque de queda.
Cebolla cocida para comer, cebolla cocida para cenar y caldo de cebolla para desayunar.
Los cerdos de la porqueriza a los que los guardias arrojaban sus sobras vivían mejor que ellos.
Y, dado que se encontraban en lo que la Administración llamaba Compagnie de Travailleurs Étrangers, el trabajo era lo único que no escaseaba.
En eso podían resumirse sus días. Algunos acarreaban piedras para continuar con la construcción, allanando el terreno para el ferrocarril que un día debería circular por aquel vacío desolador.
Otros caminaban descalzos los kilómetros que los separaban de un lejano oasis para regresar tarde y exhaustos con troncos de palmera a cuestas.
Y, por supuesto, estaban quienes traían agua desde el oued, un riachuelo que quedaba detrás del campo para repartirlo entre las obras, las cocinas o las casas de los guardianes.
También la panadería, donde se horneaba un pan que no iba destinado a sus paladares, aunque a veces se extraviara una barra en el interior de alguno de los bidones y, cuando nadie los veía, se lo repartían chorreante entre exclamaciones jubilosas.
Arena en la comida, arena en el agua, arena entre los dientes, en los oídos, en el cabello, entre la ropa…
El campo se ubicaba en una meseta desnuda salpicada de cepellones de esparto y sembrada de piedras, y aun así la arena era omnipresente, al igual que el miedo.
Un miedo tan físico como lo eran el calor o el frío, que dolía y arañaba la piel sin piedad.
A la hora de idear castigos y humillaciones, los guardias demostraron un sadismo solo comparable a su imaginación.
Al caer la tarde, según anduviera de ánimo, Bocanegra les ordenaba correr o hacer gimnasia y los escuálidos presos se obligaban a obedecer, conscientes de que no hacerlo supondría un mal mayor.
Las escudillas se enjuagaban en el mismo bidón de agua que usaban para asearse.
A veces el comandante y sus secuaces lo vaciaban.
Les divertía echar sal al guiso de cebolla y ver cómo la sed los enloquecía.
Pero lo peor eran las noches. Las quejas de los torturados sonaban con más fuerza en medio del silencio donde atronaban ensordecedoras las voces de quienes habían recibido en su cuerpo los golpes de una dura batonné, o quienes permanecían atrapados en el tombeau, una fosa que los presos debían cavar con sus manos para luego verse forzados a permanecer dentro, a la intemperie, hasta que los guardias se aburrieran.
En semejantes condiciones no era extraño enfermar.
La disentería era una de las muchas desgracias que podían acontecer.
Como le ocurrió a Álvarez, uno de los presos, quien se retorcía en sus propias heces cuando el médico avisó a Finidori, mano derecha de Bocanegra, de que necesitaba ser trasladado al hospital de Colomb Bechar.
Finidori debió de pensar que no valía la pena, así que ordenó que lo arrastraran a una cueva rocosa que servía de depósito de cadáveres.
Solo que Álvarez estaba vivo… todavía. Lo dejaron ahí cuatro largos días con la entrada taponada con una gran piedra y un centinela vigilante, hasta que dejó de estarlo.
Tanto Ginés como Martín habían convivido con el sufrimiento, como un compañero más en los campos del desierto.
Ginés se llevó la peor parte. Al desvanecerse de puro agotamiento mientras acarreaba agua desde el oued, Finidori creyó, o quiso creer, que estaba fingiendo, y se ensañó a patadas con él ya en el suelo.
Pero fueron los mordiscos de su perro, azuzado por el dueño, los que causaron las heridas que aún cicatrizaban en sus piernas.
Atrás habían quedado los uniformes coloniales de color caqui de los guardianes, la alambrada que rodeaba los marabouts, los camellos de los goumiers.
Tras el desembarco aliado, Bocanegra y sus secuaces abandonaron sin miramientos en medio del desierto a aquellos espectros vestidos con harapos azules de mirada hundida y costillas marcadas.
Cuando al fin llegó la orden de evacuación hacia Colomb Bechar, los prisioneros marcharon sin mirar atrás, con la certeza de que el Sahara guardaría por siempre el secreto de la cantidad de huesos que quedaban enterrados en sus arenas.
* * *
—¿No intentasteis escapar? —preguntó Estrella, recordando los hombres a los que Encarna y el Tato habían ayudado a buscar una oportunidad. Claro que ninguno provenía de Hadjerat M’Guil.
—¿Y adónde íbamos a ir? Estábamos en medio de ninguna parte, y si pese a todo algún inconsciente lo intentaba, los guardias salían a buscarlo en sus caballos y camellos y no tardaban en regresar con él —respondió Martín, ahorrándole la descripción del cuerpo de Francisco Pozas plagado de heridas de bayoneta tras marcarle la cara a uno de los guardias con media hoja de afeitar y darse a la fuga.
Días después, su tumba y las cicatrices del guardia eran cuanto quedaba de él—. De Hadjerat M’Guil no escapaba nadie.