Capítulo 46 #2
—¿Qué cosas? —Aurora levantó una ceja. Pese a su corpulencia, le pareció que algo en él se resquebrajaba. Ya no veía a ese hombre inalcanzable y hermético, sino uno de carne y hueso, con sangre corriéndole por las venas al igual que ella.
—¿Recuerdas aquella madrugada cuando fui a buscarte a la pensión Valencia?
A pesar del tiempo transcurrido, ninguno olvidaba la tosca despedida en la que se habían separado sin saber si volverían a verse, con la tensión flotando en el aire como si del siroco se tratase.
Un punto de inflexión tras el cual nada volvió a ser lo mismo.
Después, Aurora se unió a la compañía Alegría para recorrer un país que la amedrentaba tanto como la fascinaba, en tanto que Rodrigo se esforzaba por silenciar su conciencia arriesgándose a salvar presos del desierto.
—Fui a verte para revelarte el paradero de tus hermanas —soltó sin rodeos.
La mirada de Aurora mostró su desconcierto, mientras que hacía un esfuerzo por comprender lo que acababa de escuchar.
—¿Lo sabías y no me lo dijiste?
—Mi intención era contártelo todo, pero…
—Pero dejaste que me fuera sin hacerlo.
—No sabes cuánto me arrepiento —reconoció Rodrigo.
Contrajo el gesto y se pasó la mano por la cara.
En los últimos años había ansiado ese momento tanto como lo había temido.
La culpa se le había enredado en los pies a cada paso que había dado desde entonces y ya solo ansiaba librarse de ella.
Aunque temía el precio que fuera a pagar por aquella liberación—.
Lo he hecho cada día y, si no he dejado de buscarte, es, en parte, para reparar el error que cometí aquella noche.
Aurora se levantó de la cama tratando de contener el torbellino que arrebataba su interior. Sintió un leve mareo, pero no se permitió volver a sentarse.
—¿Qué estás haciendo?
—Esto no está bien, Rodrigo. Cada vez que estamos juntos nos hacemos daño, las cosas no deberían ser tan complicadas.
—Pero no puedes irte, aún te estás recuperando.
Rodrigo sujetó su muñeca para detenerla y ella se revolvió con las mejillas encendidas.
—Confié en ti —el resentimiento deformaba su voz—.
Después de Paloma y doña Tecla, fuiste la única persona a la que me atreví a mostrar mis sentimientos, mis miedos y mis flaquezas.
Deposité en ti todas mis esperanzas, de verdad pensé que ibas a ayudarme.
No sé cómo pude ser tan estúpida. Parece que, después de todo, no andaba tan desencaminada cuando creí que no eras más que un egoísta que solo se preocupa por sí mismo.
—No digas eso, por favor.
—No te atrevas a decirme lo que puedo o no puedo decir. No después de haberme traicionado así.
Durante unos instantes, ninguno de los dos se movió, él seguía reteniéndola de la muñeca y Aurora bajó los ojos un instante hacia esa mano que impedía su marcha.
—Vas a tener que atarme a la cama si pretendes que me quede.
—Sabes que yo nunca haría algo así.
—Tampoco te creí capaz de ocultarme dónde estaban mis hermanas —lo retó, las mejillas arreboladas y la respiración agitada— y me equivocaba.
—Si callé… —Sus dedos se aflojaron, liberándola—. Si callé, fue porque no podía soportar la idea de que te alejaras de mí. Aunque al final haya conseguido todo lo contrario.
La inesperada confesión dejó sin habla a Aurora. Había visto a Rodrigo bajo distintos prismas, desde diferentes perspectivas y, sin embargo, jamás se había detenido a mirarlo como hacía en ese preciso instante.
—¿Es que no te has dado cuenta todavía? —bufó Rodrigo, mesándose el cabello con desesperación—.
Estoy loco por ti, ¡maldita sea! No he dejado de pensarte ni un solo día desde que te conocí.
Lo he intentado todo y no hay manera de sacarte de mi cabeza.
Averigüé el paradero de tus hermanas solo porque quería verte feliz, pero me di cuenta de que, si te lo decía, te irías y no volvería a verte.
¡Esa posibilidad me nubló el juicio! Luego te enfadaste conmigo, me dijiste cosas horribles y yo…
simplemente tomé la decisión errónea. —Aurora lo escuchaba sin apartar la vista de aquellos ojos cobrizos que chisporroteaban como brasas prendidas—.
Me equivoqué. Para cuando fui consciente de mi estupidez y quise arreglarlo, habías desaparecido.
—No quiero seguir escuchando. —La indignación impedía a Aurora pensar con claridad. Necesitaba alejarse de allí cuanto antes—. Te mereces…
—¡Dilo! —gritó en un intento de aliviar ese aguijonazo que lo martirizaba desde que permitió que se alejara de su lado—. Di que más me valdría que Blanchard descubriera lo que hago con los prisioneros del desierto y así acabara conmigo de una vez por todas. Di que es lo único que merezco.
El simple contacto de su piel la hizo estremecerse. La disputa había aproximado sus cuerpos de tal forma que el olor a uva madura y tierra seca la aturdió. Pese a todo, Aurora levantó la barbilla para enfrentar su mirada incandescente.
—Di que soy un idiota por enamorarme en el peor momento de todos —murmuró Rodrigo sin moverse, los músculos en tensión y la mandíbula apretada—, y más aún por hacerlo de quien no debo.
Aurora entreabrió los labios, dispuesta a corroborarlo, pero Rodrigo se lo impidió con un beso furioso en el que se concentraban las amarguras y los anhelos acumulados desde la primera vez que sus caminos se cruzaron.
Durante unos instantes, el mundo quedó en suspenso, como si más allá de aquellas paredes no se estuviera luchando una guerra, como si Blanchard no les pisara los talones, como si todo cuanto conocían no estuviera a punto de derrumbarse bajo sus pies.
Tal vez fuera precisamente aquella urgencia, en la que la vida y la muerte se dan la mano tras cada esquina, la que les arrebató la prudencia y les impidió pensar en lo que hacían o en las consecuencias que tendría.
Demostrando una voluntad propia, las manos de ambos se buscaron con desesperación.
Las de él la sujetaban por la cintura, como si temiera que al soltarla el encanto se desvaneciera como la ilusión que era.
Las de ella, sobre el pecho fuerte y firme de él, asiéndose para no naufragar.
Sus respiraciones se aceleraron al ritmo que marcaban sus desbocados latidos y, lo que había arrancado siendo un simple beso, acabó desatando una tormenta que amenazaba con arrasar con todo a su paso. Empezando por ellos dos.
El amor en tiempos de guerra cambia su significado, se redimensiona, puede esfumarse como el vaho del agua al romper a hervir o expandirse hasta llenarlo todo sin dejar resquicio para la cordura.
Así sucumbieron Rodrigo y Aurora a la enajenación de tenerse cerca, de poder saborearse con la premura que impone el no saber cuándo podrían volver a hacerlo.
Esa noche Aurora se dejó llevar. Abrazó, besó y mordió con furia, consciente de que la vida pocas veces hace regalos que luego no se vaya a cobrar.